Tres días de ecoturismo en el departamento de Itapúa construyeron esta crónica que promete una aventura A Todo Pulmón.

Por: Micaela Cattáneo
micaela.cattaneo@gruponacion.com.py
Fotos: Gentileza (A todo pulmón)
Me llama siempre la atención que la respuesta de los extranjeros que visitan nuestro país, ante la pregunta de qué es lo que encuentran más atractivo, frecuentemente, sea la de "el verde de los paisajes". Y es que Paraguay presenta una notable biodiversidad, aún cuando en los últimos años ha sido evaluado con altas cifras de deforestación, lo cual deja una cuota esperanzadora ante el inminente "todo está perdido".

El pasado fin de semana —el que incluía el feriado por la Paz del Chaco— acompañé a la excursión de ecoturismo de la onegé A Todo Pulmón – Paraguay Respira, con la idea de encontrarme a esa naturaleza que permanece viva. El viaje, que reunía a periodistas de otros medios y público en general, registraría paradas puntuales por diversos atractivos turísticos de Itapúa, entre ellos las Dunas de San Cosme y Damián, el Cerro Indio Dormido de Nueva Alborada y el Coloso de la Tierra de Gral. Artigas.

Raras veces, como turistas, nos planteamos cuál es el impacto que puede dejar un paseo por el interior del país. Y no creo que la comodidad tenga cartas en el asunto, sino más bien, esa necesidad de prestarle atención a detalles que, quizás, no sean los más importantes. Lo que quiero decir es que, más allá de "lo lindo" o "disfrutable" de un destino, es interesante tomar un aprendizaje de la experiencia vivida.

El ecoturismo o turismo ecológico es una ventana para llegar a esa forma de viaje, una oportunidad para entender las condiciones en las que se encuentran los ecosistemas que nos rodean y, a partir de eso, hacer algo por ellos. Dicho esto, la aventura de aquel fin de semana, puede empezar.

En la punta del país

Las dos veces que, con el equipo de la revista, planeamos visitar las Dunas de San Cosme y Damián, el clima se había manifestado en contra. Y es que como este destino se encuentra alejado de la playa de la ciudad, la única vía para llegar hasta él es una lancha que tarda 45 a 50 minutos en cruzar el Río Paraná. Y el cruce depende, única y exclusivamente, de cómo esté la temperatura. Un poco de lluvia y viento es suficiente para saber que el traslado no será posible.

Sin embargo, la revancha llegó con este viaje. El sábado había amanecido fresco pero, con el pasar de las horas, el sol se mostraba cada vez más radiante. La primera travesía estaba a un paso y, todos los que estábamos a punto de subir a la lancha, éramos conscientes de eso. Vestidos con chalecos salvavidas, partimos ansiosos a las tan esperadas Dunas de San Cosme y Damián.

La ida tuvo sorpresas. Durante los diez primeros minutos, el bote, a cada tanto, se balanceaba de un lado a otro. Era la fuerza del agua haciendo de las suyas. Muchos de los presentes, que visitaban por segunda vez el lugar, aconsejaban mirar el cielo para evitar mareos. Y funcionaba. Cualquier intranquilidad por la situación iba desapareciendo a medida que las montañas de arena se hacían visibles. El descenso estaba cerca, muy cerca.

Cuando pisamos tierra firme, automáticamente, entramos a otro mundo. Un mundo que respeta el sonido del agua y resguarda las huellas de quienes han llegado hasta ahí en busca de paz. Esta isla en "medio de la nada", alguna vez, fue más grande de lo que es ahora. Lo repetían los que la habían visitado hace pocos años. La subida del río, debido al embalse de la Represa de Yacyretá, de a poco, la convirtió en una pequeña cima de arena blanca, que corre el peligro de desaparecer.

Caminar por las dunas fue como pisar terreno desconocido, pero sabiendo que se trataba de una naturaleza genuina que quiere seguir despeinando a sus visitantes, llenándoles de arena los zapatos y obsequiándoles armonía al son de las olas que la rodean. Después de esta experiencia, la vuelta en lancha —que navega contracorriente— provoca sentimientos encontrados: para algunos, más ligeros; para otros, de gran conmoción.

La segunda parada fue en el Centro de Interpretación Astronómica Buenaventura Suárez —nombre que recibe en honor al primer astrónomo de América del Sur, también misionero jesuita de la localidad—, donde nos explicaron el significado de las constelaciones y del cielo guaraní. El cierre de la primera jornada estuvo a cargo de Las Ruinas Jesuíticas de la ciudad, especialmente del reloj solar que, hasta el día de hoy, marca la hora con la ayuda del astro rey. La sombra proyectada hacia el lado izquierdo del polo indicaba una cosa: el atardecer se aproximaba y el destino turístico de la mañana siguiente, nos esperaba.

Un día verde

No es extraño escuchar que las montañas y los cerros de algunos rincones del mundo, sean reconocidos por sus extrañas formas. Así como en Islandia existe una formación rocosa al estilo Batman, en Paraguay, hay una con la figura de un indio dormido. Está ubicada en Nueva Alborada y se divide en tres partes: pies, panza y cabeza. La excursión, en su segundo día, llegó al vientre, sitio donde —según los pobladores— "la naturaleza se vive".

El ascenso presentaba dos propuestas: un camino más largo, que incluía escaladas por rocas y caminatas por cuevas, o un camino más corto, que sólo comprendía lo primero. Por supuesto, la alternativa con mayores desafíos sonó más interesante para todos e, inmediatamente, la subida comenzó.

El trayecto al primer mirador no fue complicado; el que dirigía al segundo, tampoco. De hecho, para llegar a ambos, una cuerda gruesa asumía el rol de barandilla cada vez que las ramas de los árboles se ausentaban sin avisar. La vista desde el segundo mirador regalaba una mejor panorámica que la del primero. Las fotos con ese fondo de tonos verdes, no tardaron en llegar. Eran la antesala del verdadero atractivo del cerro: las cuevas del Indio Dormido.

Una flecha nos indicaba la entrada a ese submundo. Unos escalones de gran altura daban la bienvenida a esa especie de túnel de piedras que, con la marcha, se hacía cada vez más angosto. A mitad de camino, dos rocas ponían a prueba la flexibilidad de los cuerpos. Pero, la frialdad de la cueva y la perspectiva infinita —formada por la vista desde abajo—, acompañaron lo desafiante del tramo final: sumergirse a un espacio de no más de 20 centímetros para poder salir. Al escapar de las paredes de esa cueva, tuvimos nuestro merecido premio: un espectáculo natural desde el tercer mirador. No podíamos pedir más.

La misión por Nueva Alborada no terminaba allí. La planta apícola Flor Dorada nos esperaba para enseñarnos lo mejor de la miel del municipio. Unos 500 metros de caminata después, entre vacas que nos recibían por la senda, llegamos al rincón más dulce de la ciudad. En este lugar, el producto de las abejas encuentra el debido tratamiento antes de salir a la venta. Y es que en manos del apicultor, el aroma, el sabor y el color se mantienen intactos.

Una historia de raíz

La organización A Todo Pulmón, cada año, realiza un concurso denominado Colosos de la Tierra, que premia a los árboles más grandes de nuestro país, como una forma de concientizar sobre la importancia de preservar los bosques nativos y, por supuesto, el cuidado de los árboles. El año pasado, el Yvyra Pyta del munipio de Gral. Artigas fue el ganador del segundo puesto pero, hace una semana, se ganó el primer lugar en el corazón de los que en este viaje, lo conocieron.

Este Coloso de la Tierra, en sus 400 años de antigüedad, alcanza alrededor de 45 metros de altura y 6 metros de ancho. Mientras que su circunferencia de copa supera los 90 metros. Llegamos hasta su rincón en medio del bosque, luego de pasar caminos de tierras y senderos recién abiertos. En esta ruta, las ramas de la plantas trataban de interrumpir nuestro andar, pero el poder de atracción del Yvyra Pyta era más fuerte. Su grandiosidad, de lejos, no pasaba desapercibida. De cerca, mucho menos. Era emotivo ver cómo las personas lo abrazaban con una sonrisa en el rostro, como si se tratara de un refugio del cual no se quiere salir. Ese abrazo a la naturaleza es mucho más que una simple literalidad. Es un deseo colectivo de protección al medio ambiente, un llamado de atención que repite lo mucho que nos queda por hacer.