Para el cantante de jazz, el rock fue "la forma de expresión más brutal que pudo escuchar". Sin embargo, la vida de uno de los mejores intérpretes de todo los tiempos, tuvo más rock de lo que incluso él se hubiera podido imaginar.

Por: Micaela Cattáneo

De rock and roll, Sinatra sabía muy poco. De hecho, en los 60, se mostraba molesto al ver cómo la música daba un giro inesperado hacia ritmos más enérgicos, principalmente en las voces de The Beatles y Elvis Presley. Aún así, su disgusto con el género, no lo privó de tener un poco de la magia del estilo. La popularidad que alcanzaba, conforme pasaban las décadas, era digna de una estrella de rock. Sus tres matrimonios fallidos daban a entender que su vida, también lo era. Un sube y baja de éxitos y errores que lo alertaban a buscar lo que quería: estar siempre en la cima.
Es curioso cómo, casi todos, lo recordamos por su emblemática versión de New York, New York; siendo que esta formó parte de sus últimos años de carrera y no de sus comienzos. Su nombre empezó a sonar fuerte en la escena, cuando el trompetista Harry James lo invitó a formar parte de su banda, luego de haberlo escuchado cantar en un programa de radio.
La elegancia de su voz y la soltura con la que se desenvolvía frente al micrófono lo condujeron a un llamado inesperado: el músico Tommy Dorsey lo quería en su banda.
El futuro de su carrera como cantante estaba casi asegurado, faltaba sólo un empujón para que lo reconocieran como “uno de los mejores del mundo”. La canción I’ll never smile again –que compartía con el grupo– selló el inicio de algo muy bueno.
En él, la fama significaba talento, ingenio y carisma. Después de renunciar a la banda de Tommy Dorsey, entendió que su carrera de solista debía ser prioridad. La década del 40 lo sorprendió en todo sentido, a nivel personal, porque inició un romance con la actriz Ava Gardner, y a nivel profesional, porque el título de “ícono musical del momento” ya era parte de su realidad. Y ante eso, no tenía competencia.
Aunque quizás, los nombres de los cantantes populares de la época, como Bing Crosby y Perry Como, lo asustaban. Y no porque estuviera jugando una carrera con ellos para saber “quién era el mejor en esto”, sino porque buscaba hacer shows diferentes; presentaciones que ni por si acaso “fueran más de lo mismo”.
A decir verdad, muchas de sus canciones, con el ritmo, hablaban de su personalidad: era un artista con mucho humor. Era ocurrente para conseguir lo que quería y creativo con las palabras para conquistar al auditorio. Sin embargo, no había monólogos de risas que superen el impacto que generaba la proyección de su voz, la que –sin duda– se llevaba todos los aplausos finales.
La musicalidad de su actuación
A principios de los 50, la música pasaba por otra etapa, el rock and roll tenía todas las de ganar frente a un jazz organizado y tradicional, motivo suficiente para que, de a poco, la caída de ventas de los álbumes de Sinatra, dejara de ser una suposición. Tal situación lo llevó a probarse en una nueva vocación: la de ser actor.
Quería desafíos actorales de verdad; retos de ficción que lo mantengan distanciado de su costado artístico con la música. Fue difícil al comienzo, porque no querían saber nada de esa faceta que decía tener, hasta que un día, improvisando frente al presidente de Columbia Pictures, definió uno de sus personajes más importantes: Maggio, para la película De aquí a la eternidad.
Lo que quizás no se imaginó con Maggio, un borracho que debía enfrentarse a un hombre en una taberna, es que le daría su primer Óscar como Mejor actor de reparto. Sin duda, un buen arranque para un cantante por el que casi nadie daba fichas. Desde entonces, el séptimo arte lo recibió con los brazos abiertos, hasta los años anteriores a su partida. Más de 50 películas en su haber confirman que en él , “parar” no era una opción.
Los compases de la actuación no lo distraían de la música, al contrario, le abrían la mente a nuevas ideas. De Sinatra, surgió la creación de los álbumes conceptuales: una serie de canciones con una temática central, como en las películas. Pero su interés por estar a la vanguardia y hacer las cosas distintas requerían de una libertad que no todos los sellos discográficos le daban. Ante esa disyuntiva, creó uno propio: Reprise Records.
Reprise grabó muchos éxitos, suyos y otros artistas. Uno en particular fue el disco que hizo junto al compositor de bossa nova, Tom Jobim, en 1967. A Sinatra le gustaba reinventarse todo el tiempo. Los estilos musicales que exploraba en los duetos que hacía, redoblaban esa característica en él. Tal es así que en 1993, grabó –aunque ya no con su compañía discográfica– junto a artistas como Aretha Franklin, Julio Iglesias, Bono (de U2), Tony Bennet, entre otros, un álbum histórico para la industria de la música: Sinatra Duets.
Sinatra sabía que en su destino tendría más aciertos que fracasos. Al menos con lo que le gustaba hacer. La vida le hizo un guiño pese a sus desaciertos y lo mantuvo en la boca de todos hasta después de su muerte. No hubo década en la que no se hablara de él y del trabajo que lo reafirmaba en su puesto de “el mejor de todos los tiempos”.