Gaby Rojas Teasdale

Presidenta de la Fundación

Transformación Paraguay.

@gabyteasdale

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En nuestro hermoso idioma guaraní, utilizamos la palabra chera’a para referirnos a un amigo. Es muy agradable escuchar ese típico “hola chera’a”, “cómo estás chera’a”, “estoy contigo chera’a” o “qué grande sos, chera’a”. Lo que más me llama la atención de esta palabra es su significado: cuando le decimos chera’a a una persona le estamos diciendo “mi espejo, mi imagen”. Hace solo unos días y gracias a Rorro Ruiz Díaz, un talentoso músico paraguayo que trabaja duro a diario para ser un mejor profesional y, lo que es más importante, una mejor persona, pude entender el poder que tiene esta palabra. Su significado me llevó a pensar Inmediatamente en la empatía, una característica muy importante del liderazgo. La empatía nos lleva a ponernos en el lugar del otro dejando que el juicio no ocupe espacio en nuestras vidas. Entender a la otra persona desde su propia experiencia, valores, carácter y sueños nos lleva a entrar en su propia piel, a mirar a través de sus ojos, a comprender y colaborar desde ese profundo sentir que se da solo cuando somos capaces de conectar mente y corazón.

El psicólogo estadounidense Daniel Goleman realizó una investigación en cerca de 200 compañías multinacionales y descubrió que los líderes verdaderamente efectivos se distinguen por un alto grado de inteligencia emocional. Sin este elemento, una persona puede tener mucho conocimiento, una mente incisiva y muy buenas ideas, pero, aun así, no será un gran líder. Los principales componentes de la inteligencia emocional son la conciencia en sí mismo, la autorregulación, la motivación, las habilidades sociales y la empatía. En un artículo publicado por el Harvard Business Review titulado “Qué hace un líder”, Goleman afirma que los líderes con empatía hacen algo más que simpatizar con la gente de su alrededor: usan sus conocimientos para mejorar sus empresas de una manera sutil, pero importante, y tienen en consideración los sentimientos de los empleados –junto con otros factores– para tomar decisiones inteligentes.

El 13 de mayo de 1981, el papa Juan Pablo II cruzaba la Plaza de San Pedro, en el Vaticano, cuando un hombre lo atacó. Este hombre llamado Mehmet Ali Ağca disparó cuatro veces en contra del Papa con una pistola 9 mm: dos de las balas le dieron en el intestino, una en el brazo derecho y la otra en un dedo de la mano izquierda. Dos personas que estaban en el público también resultaron heridas.

Dos años después del atentado, Juan Pablo II visitó a quien pudo haber sido su asesino, le estrechó la mano y lo perdonó, dando al mundo con su ejemplo un mensaje potente sobre el amor, el perdón y la empatía.

Todos, de alguna manera u otra, podemos sentir el corazón del otro si estamos predispuestos y si practicamos la paciencia y el respeto.

Albert Einstein decía que la empatía no se aprende en la escuela, sino que se cultiva durante toda la vida. Este mensaje nos desafía a practicar y convertir esta virtud en un hábito, viviendo y disfrutando de su proceso de aprendizaje, aunque este se torne un poco difícil en estos días donde la individualidad y el egoísmo parecen ganar la batalla. Y así sentirnos capaces de medir nuestra capacidad de amar a través de esta práctica. Para que cuando digamos “chera’a” pensemos verdaderamente en el otro, dejando de lado nuestro propio ego y juicios.

Busquemos con humildad poder comprendernos al mirarnos en el otro, al escuchar y entender ese maravilloso y poderoso vínculo que se crea cuando somos capaces de conjugar mente y corazón.

Vamos que se puede, chera’a.