Desde el poder, muchas veces, se pierde la perspectiva de las prioridades para centrarse en cuestiones que son necesarias, pero que no tienen la categoría de la urgencia. Generalmente esto acontece cuando el Gobierno no cuenta con las piezas requeridas para enfrentar una lacerante situación que se ciñe sobre la sociedad como un cinturón de hierro ardiendo.

Entonces, se acude al gastado argumento de la distracción. Es el recurso más rápido que ofrecen algunos asesores improvisados. La administración del presidente Mario Abdo Benítez está moral, técnica e intelectualmente quebrada. Era el final previsible de alguien que prefirió articular su círculo de confianza con personas mediocres y/o corruptas. Armó un cogobierno con algunos partidos de la oposición, preferentemente el Democrático Progresista (PDP); sin embargo, no eligió a los mejores, sino a los más dóciles. Aquellos que blanquearon operativos y esquemas de putrefacción administrativa en el Ministerio de Salud Pública y Bienestar Social (MSPyBS) en medio de una pandemia que empezaba a golpear con fuerza a una población indefensa a causa de nuestro precario sistema sanitario. No había equipamientos, ni insumos, ni medicamentos.

Es triste recordar, pero es necesario hacerlo, sobre todo porque tenemos un mandatario que se jacta de “grandes” obras, cuando en aquellos tiempos los pacientes del covid-19 morían en los pasillos de los hospitales por falta de oxígeno. Que la memoria sirva para identificar a los villanos que ahora pretenden vestirse con traje de superhéroes.El gobierno de Abdo Benítez nunca tuvo capacidad de reacción. Eso quedó demostrado durante la crisis provocada por la reciente pandemia. Pretendió ocultar su ineficiencia bajo un supuesto récord en infraestructuras, según la versión oficial, principalmente en extensiones de rutas que todavía no fueron verificadas ni en kilometraje ni en calidad.

Eso sí, con precios sobrefacturados y licitaciones amañadas para que ganen las empresas amigas. Dos de ellas acapararon millonarios contratos con el Estado. Hoy la falta de respuesta del Poder Ejecutivo a la inseguridad ciudadana es absolutamente nula, que el presidente de la República ni quiere referirse al tema. No tiene nada que decir porque no sabe lo que tiene que hacer. Pareciera acorralado y desesperado. Entonces, se escuda en el silencio. Un silencio que aumenta la frustración y desconfianza ciudadana hacia quienes deberían encargarse de su protección, transmitiendo tranquilidad a la población.

El viernes, en la ciudad de Ayolas, evadió las preguntas de los periodistas sobre la inseguridad y los repetidos sicariatos y, luego, huyó de ellos perdiéndose entre las obras que estaba habilitando. No obstante, apenas tuvo micrófono, se pavoneó de sus “logros” y los comparó con gobiernos anteriores en su afán por guiar la agenda hacia otros temas. Como siempre, en su incapacidad argumentativa, se refugió en el autoelogio y la descalificación hacia sus oponentes políticos. Para su mayor desazón, su discurso no tuvo ninguna repercusión mediática.

En el mundo de la estrategia política es muy conocida y difundida la expresión: “¡La economía, estúpido!”, que en su utilización frecuente tuvo el añadido de “es”. Fue una frase creada por James Carville, asesor de Bill Clinton para las elecciones presidenciales de 1992 en los Estados Unidos. Pero fue una frase casual, una ayuda memoria, entre otros puntos, que fue colgada en las oficinas de campaña más importantes del Partido Demócrata. Y terminó convirtiéndose en un eslogan. Su oponente, el presidente en ejercicio, George Bush (padre), parecía imbatible por la extraordinaria imagen y popularidad que se había ganado dentro de su país por la política exterior aplicada durante su primer mandato. Pero había algo local más importante: el bolsillo de las familias norteamericanas. Algunos analistas consideran que esas tres palabras sirvieron de palanca para el triunfo de Clinton.

Es de suponer que en la administración de Abdo Benítez todavía queda alguien que aún razona, aunque más no sea mínimamente. Alguien que pueda explicarle que las obras son importantes, pero que ahora mismo lo urgente es preservar la vida de las personas, que está por encima de las cosas materiales. O que, al menos, le deje un memo que diga: “¡Es la inseguridad, Presidente!”.

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