El relajo moral y la subestimación del conocimiento necesario para ocupar determinados cargos públicos o de elección popular convirtieron a la política en tierra de nadie. O de todos. Así fueron incursionando aventureros, charlatanes, improvisados, mediocres, audaces, enemigos declarados de la teoría y algunos de buena fe que pensaron que gobernar o administrar la cosa pública no requería mucho aprendizaje ni buenos consejeros. Que el solo antecedente de surgir de un ámbito “diferente” bastaba. Y terminaron devorados por la corrupción.
En medio de esta invasión alentada por el relativismo que marca nuestro tiempo, permanecen los que con buen criterio, aptitudes y habilidades han demostrado cabal comprensión del quehacer político. Y sus gestiones tuvieron la aprobación de la ciudadanía. En mayoría, obviamente. Porque el consenso es imposible en una sociedad donde la cultura cívica todavía está por construirse. Es decir, aquella capacidad de juzgar una acción con racionalidad crítica y no por afinidades o enemistades personales.
La política tiene su propia lógica interna. La reflexión sobre esta actividad humana, que arranca ordenadamente de Aristóteles, ha evolucionado notablemente en los últimos años, marcando parámetros claros para definir un buen o mal gobierno. Algunas normas son de carácter prescriptivo que determinan límites entre lo correcto y lo incorrecto, entre la discrecionalidad y la recta conducta, entre la ética y la corrupción, entre los valores y los vicios que evidencian la mala práctica de la política. Nadie puede alegar desconocimiento de estas reglas para justificar procedimientos que riñen con las más elementales conductas morales y regímenes legales.
Los cargos y las funciones políticas se ejercen desde la política. Aunque parezca una obviedad, nadie es asépticamente puro a una determinada ideología. Algunos que optaron por la política desde fuera de sus líneas tradicionales supieron interpretar sus códigos. Eligieron el buen camino y combatieron sus prácticas nefastas. Otros pretendieron hacer política desde la antipolítica, pero repitiendo viejos vicios, y fracasaron estrepitosamente.
La primera señal de honestidad es definir si es competente o no para el cargo. En este país nadie rehúsa un ofrecimiento de esa naturaleza.
Obviamente existen ejemplos muy fáciles de localizar también en la administración central, basta solamente hojear las páginas de los diarios para sentir el trato amargo de las autoridades sospechadas de corrupción, cotidianamente.
Lamentablemente Mario Ferreiro vivía en una torre de marfil. Con un manejo ineficiente y desprolijo en el cuidado de la ciudad y con un esquema de recaudación paralela, con tentáculos que se expandían, incluso, dentro de la Junta Municipal.
Pensó, quizás, el ahora ex intendente de Asunción que por su extracción diferente a los cuadros políticos acostumbrados, la ciudadanía le haría concesiones cuando dejó de cumplir su contrato con la sociedad. Pagó caro por su desidia.
La Justicia deberá determinar con precisión quiénes son los responsables directos y beneficiados con este escandaloso caso de corrupción. El pacto de impunidad que se está gestando dentro de la institución no tardará en ser desmontado por la presión social. Esperamos que los órganos de control hagan su parte. La gente se hartó de la incompetencia, de la corrupción y la impunidad. Un mensaje que deberían recoger no solo las autoridades de hoy sino todos aquellos que se plantean postularse para cargos municipales, regionales o nacionales y pretendan seguir ejerciéndolos con el mapa de ruta de la vieja política.

