La posibilidad de estar a un paso de alcanzar el grado de inversión es un concepto del cual se viene hablando con fuerza en los últimos siete años. Mucho se conferenció sobre el tema, pero el anhelado estado sigue siendo esquivo al Paraguay. Pareciera ser que el crecimiento económico de los últimos 18 años no fue suficiente, ni el tener políticas claras para enfrentar los adversos ciclos económicos, y es que todos esos elementos importantes de la macroeconomía resultan insuficientes ante un país que insiste en no alcanzar su estabilidad ni en despejar las incertidumbres que generan la brecha social, política, jurídica, entre otras indispensables para caminar por la senda de la previsibilidad y el crecimiento sostenible.
Los inversionistas extranjeros saben bien que la colocación de capital en otros países conlleva enfrentar una serie de problemas, por eso estudian minuciosamente las características políticas, económicas, sociales, legales, fiscales, culturales y hasta psicológicas de esos países con los cuales intentan establecer relaciones. En nuestro caso el resultado de ese examen sigue siendo solamente bueno, que es el rango de calificación otorgado por las calificadoras internacionales de riesgo.
Seguimos siendo un país de grado especulativo, las respuestas a esta situación son variadas, desde los problemas generados por los factores del medio ambiente, pasando por las crisis regionales, especialmente las de nuestros vecinos cercanos, y hasta por las guerras comerciales de las grandes potencias económicas y políticas del globo.
Pero al Paraguay aún le falta enfrentar muchos déficits que arrastra, entre ellos los relacionados con la certeza jurídica y la política partidaria, mejorar estas carencias nos permitirá tener un país estable, previsible y con crecimiento sostenible. Entonces a los esfuerzos por mantener una economía sana deben sumarse los de construir la unidad nacional, eso implica poner énfasis en la equidad social, terminar con la justicia selectiva y con la política del puñal bajo el poncho.
Las festividades navideñas y de fin de año son el caldo de cultivo para que los políticos ensayen sus discursos de unidad y reconciliación que no tienen ningún efecto real, porque forman parte de un ritual y no de una expresión sincera que busca en la práctica el cumplimiento de lo expresado.
El pasado viernes el titular del Ejecutivo explicaba que, para atraer a los inversionistas, se debe ofrecer estabilidad desde el Gobierno en corresponsabilidad con todos los sectores ciudadanos, la frase es absolutamente acertada. Todos esperamos que la cabeza de la administración del Estado con hechos marque el camino para la construcción de la unidad nacional. Es decir, es el momento de abandonar el infantilismo político.
Debemos lograr un escenario sin vencedores ni vencidos, donde las ambiciones y caprichos personales que conlleva el espejismo de haber obtenido un efímero cargo se abandonen por priorizar la solución a las necesidades de la gente. No sirven mejores circunstancias macroeconómicas sin estabilidad en todos los órdenes. Ello implica tener una justicia imparcial; una economía que se desparrame hacia la clase media y sectores vulnerables; un gasto público equilibrado y una inversión en infraestructura que mejoren la calidad de vida de la población e impulsen el progreso del sector industrial y de servicios. Pero sobre todo debemos abandonar el ejercicio de la política del puñal bajo el poncho. Porque sin estabilidad no habrá grado de inversión.