Una de las preocupaciones perma­nentes que ha demostrado el papa Francisco durante su pontificado es la familia como el lugar privile­giado en que hay que cultivar el amor, construir la fraternidad entre las personas y proyectar así una sociedad mejor. Como un simple cura de barrio, el Pontífice ha dado numerosas cateque­sis sencillas dirigidas a miles de personas para insistir en la importancia de la familia para educar a los hijos, reverdecer el cariño y cuidar a los ancianos.

En ese sentido, ha señalado que la mejor edu­cación de los hijos es la que se inicia en el seno del grupo en que vive, recibe alimentos y es cobijado desde pequeño con afecto. Y que las enseñanzas que les dan en ese sagrado reducto forman parte del amparo más completo que les pueden otorgar para enfrentar con éxito los desafíos de la vida.

Se ha quejado de que en los nuevos tiempos se está dejando de lado la vida en familia y que por diversos medios se está golpeando y hasta bas­tardeando peligrosamente al núcleo familiar. Por eso en cuanta ocasión le cabe sigue insis­tiendo en cultivar la vida en familia, en poner ese valor por encima de cualquier otro.

Como conocedor de la vida y de la sociedad moderna, el Papa tiene razón cuando se preo­cupa por la familia actual, muchas veces deva­luada y tenida de menos, cuando que es la pie­dra fundamental de la comunidad humana. Y aunque en las leyes y tratados se la considera importante, en los hechos reales no se le da la trascendencia que tiene para construir una sociedad más generosa, equilibrada y justa.

La preocupación del sumo pontífice de la Igle­sia Católica no es vana y tiene razón cuando dice que a esa célula fundamental no se le está dando la importancia que tiene en medio de las tantas preocupaciones del hombre y la mujer modernos. Por ello, cuando pide que se culti­ven las buenas relaciones familiares y se reva­lorice la unidad entre padres e hijos en medio del afecto entre miembros de esa elemental agrupación está predicando uno de los mensa­jes más necesarios y oportunos del momento. Por su actualidad y valor, esa comunicación trasciende las creencias confesionales porque apunta directamente al corazón del cuerpo social en que vivimos.

Desde las cosas más simples como insistir a los padres en que pasen más tiempo con sus hijos hasta la recordación del cuarto mandamiento del decálogo de honrar al padre y a la madre, como una ley divina, el Papa siempre está pidiendo darle el peso que tiene a esa célula ori­ginal de la vida en sociedad.

En cuanta ocasión le cabe hablar a los matri­monios, les insiste en que “pierdan el tiempo” jugando con sus hijos porque sostiene que esa es la mejor fórmula para demostrar amor a los niños y hacerles sentir personas importantes. Y lo que podría parecer el simple consejo de un sicólogo o de un consultor matrimonial se convierte en un sabio y oportuno mensaje que proviene de lo más alto de la investidura reli­giosa. Y es así, pues la verdadera doctrina cris­tiana está enraizada justamente en el más puro humanismo. Porque nadie que dice que ama a Dios, a quien no ve, puede hacerlo si no ama pri­mero a su hermano a quien ve, como dice uno de los escritos bíblicos.

Recientemente, en ocasión de la visita que le hizo el ex presidente de la República Hora­cio Cartes, el papa Francisco le ha pedido que defienda siempre la familia y la vida como valo­res fundamentales del mundo en que vivimos. Porque si se desvaloriza un elemento tan cru­cial de la comunidad humana como la familia, también perderán importancia el hombre y la mujer como componentes fundamentales de un mundo cada vez más invadido por la tecnología y las máquinas deshumanizantes.

A la familia no solo hay que revalorizarla apre­ciando su papel en la comunidad. Debemos prote­gerla y estimarla como lo que es, el núcleo que no solo da vida y afecto a cada persona, sino el sitio desde donde podamos soñar y esforzarnos para construir una sociedad más humana para todos.