A una semana de la crisis que sur­gió por el rechazo del cuestionado acuerdo energético bilateral con Brasil, las cosas parecen haberse calmado, por lo menos superficialmente. Aunque el tema de fondo sigue intacto, por­que todavía hay que negociar para mante­ner los derechos de Paraguay como compra­dor de energía. El Gobierno ha decidido que las negociaciones pertinentes las hagan los técnicos, contrariamente a lo decidido ante­riormente por el canciller defenestrado. Esto porque no hizo bien las cosas y luego anun­ció su propósito de rectificar y de hacerlas como siempre se habían realizado y que últi­mamente, por la presión brasileña, se había dejado de lado.

Las autoridades deben asumir formalmente que se han equivocado y comenzar a perge­ñar una estrategia que pueda dar confianza a la ciudadanía con objetivos y propuestas bien definidos para desterrar el descreimiento y la intranquilidad.

La rectificación que el Ejecutivo dijo que rea­lizaría en la negociación de la agenda binacio­nal es apenas una pequeña porción de todo lo que queda por hacer.

Por todo lo acontecido, más que una simple corrección superficial en un asunto determi­nado, es el momento de aprovechar la oportu­nidad para encarar soluciones estructurales en todo el universo de los intereses del país, por encima de cambios cosméticos y medidas coyunturales de menor trascendencia.

Aparte de asegurar la tan necesaria estabili­dad política, debe también garantizar el buen desempeño de la economía. Para ello tiene que emprender una serie de ajustes en todos los niveles de la administración gubernamen­tal y tomar medidas para lograr que la gestión sea más efectiva. Paraguay tiene que reto­mar el buen crecimiento económico que ha perdido en los últimos doce meses y recrear un clima político sin sobresaltos de ninguna laya. La crisis que se ha vivido últimamente es una óptima oportunidad para dibujar nue­vas estrategias, ajustar rumbos de produc­ción y comercialización y tomar las medidas pertinentes en el campo político para supe­rar la inestabilidad y mejorar el clima general del país. Para corregir los errores no hay nada mejor que la acción inteligente y la creación de nuevas oportunidades para todos.

Es el momento propicio para ello no solo por los acontecimientos vividos, sino porque está cumpliendo un año la administración estatal y, como todo aniversario, es adecuado para hacer balances y realizar ajustes.

Haciendo un recuento de lo acontecido en los casi doce meses transcurridos desde el 15 de agosto del 2018, se hace imprescindible admi­tir que no se puede seguir del mismo modo y que hay que realizar decididas rectificacio­nes en todos los órdenes de la vida nacional. La dura retracción económica que vive el país obliga a actuar con rapidez y mucha energía para remediar los problemas, como la fuerte caída del consumo, la disminución de la acti­vidad productiva tanto agropecuaria como industrial, el bajón del comercio y los servi­cios, las disminuciones de las exportaciones y las importaciones, y la escasa expansión de las recaudaciones fiscales, entre los principa­les asuntos.

La administración Abdo Benítez tendrá que enfrentar también inevitablemente los ajustes en el personal jerárquico del Estado. El balance indica que el 15 de agosto habrá que hacer muchos relevos en la conducción de numerosos organismos públicos. Varios ministros y altos funcionarios ineficientes tendrán que marcharse a sus casas para dar lugar a nuevos elementos capaces de condu­cir con mayor capacidad de trabajo y decisión las responsabilidades públicas. La mejora en la eficiencia no se puede realizar con perso­nas que demostraron ser incapaces en sus responsabilidades. La gestión de los grandes negocios del país es de tal relevancia que no admite dudas en la materia y los incompe­tentes se tienen que ir no importa su condi­ción partidaria, para dar lugar a la gente más capaz y trabajadora.

No tienen importancia las simpatías perso­nales ni la cercanía política para designar a los nuevos funcionarios de alta responsabili­dad, sino su capacidad técnica, su experiencia en el trabajo desempeñado, su honestidad y su patriotismo.

El Presidente debe evaluar serenamente la situación y tomar las decisiones necesarias confiando las responsabilidades a los mejo­res. De ese modo, difícilmente se vaya a equi­vocar. El año que se ha perdido ha tenido un alto costo para el país, que ya no puede seguir en medio de la incertidumbre.