Michael J. De La Merced y Peter Eavis

WeWork, el gigante de los espacios de oficina compartidos, se ganó el respaldo de algunos de los máximos inversionistas del mundo, pero tuvo una recepción mucho más fría cuando intentó vender sus acciones en Wall Street.

En la segunda quincena de setiembre esperaba comenzar una presentación itinerante –eventos en que ejecutivos y banqueros promocionan la oferta a inversionistas potenciales–, mencionaron dos personas con conocimiento del asunto. Eso habría puesto las acciones de WeWork en camino para empezar a cotizar en el mercado bursátil Nasdaq antes de fin de mes. Sin embargo, en una reunión celebrada el 16 de setiembre, ejecutivos y asesores decidieron archivar esos planes después de enterarse de que los inversionistas tenían poco apetito por las acciones de la empresa, comentaron las personas, quienes pidieron no ser identificadas como informantes de deliberaciones internas.

En un comunicado del 16 de setiembre, WeWork señaló que esperaba que la oferta esté lista para finales del año. Una demora –ya sea de semanas o meses– tal vez no apacigüe las preocupaciones de los inversionistas que habían cuestionado la valuación de la empresa.

WeWork había sido valuada de manera privada en 47.000 millones de dólares en enero, cuando SoftBank de Japón realizó una gran inversión. La oferta problemática de WeWork enfatiza lo que puede suceder cuando empresas privadas que obtienen valuaciones estratosféricas intentan cotizar en la bolsa, opinó Len Sherman, un profesor de asignatura en la Escuela de Negocios de Columbia. “WeWork es el ejemplo más extremo –casi gracioso de lo ridículo que es– de una tendencia que se ha ido desarrollando desde hace tiempo”, comentó. “Pero los mercados públicos por fin están diciendo: ‘No más’”.

La empresa ha intentado rescatar su oferta pública de varias maneras. El 13 de setiembre, la firma anunció que iba a reducir el poder de su cofundador y director ejecutivo, Adam Neumann, por las críticas de que ejerce demasiado control sobre el negocio.

WeWork, el arrendatario privado más grande de Manhattan, alquila grandes cantidades de espacios para oficinas y los convierte en áreas elegantes de trabajo que renta a profesionales, empresas emergentes y corporaciones. Aunque la empresa ha crecido con rapidez, sigue siendo muy poco rentable.