POR ANDREW ROSS SORKIN

Alex Karp creció en un hogar liberal y se considera un progresista. Votó por Hillary Clinton y vive y trabaja en Silicon Valley.

Sin embargo, Karp, director ejecutivo de Palantir, está cada vez más en desacuerdo con sus pares en la industria tecnológica en tanto que se distancia públicamente del gobierno del presidente Trump, en especial del Departamento de Defensa.

Karp admite sin reparos que preferiría que Trump no ocupara el Despacho Oval. Sin embargo, cree que Silicon Valley –que ya enfrenta una crisis de confianza de los usuarios sobre temas que incluyen la privacidad y la influencia extranjera– está precipitando su propia caída.

“Va a ser un problema muy importante para Silicon Valley”, confesó Karp, quien rara vez hace declaraciones públicas, en una entrevista en su oficina de Manhattan.

“No sé cómo alguien se puede plantar frente a un infante de marina o un agente de operaciones especiales y explicarles que tienen una pieza de software que les permitirá regresar a casa –o que hace más factible que puedan regresar a casa–, pero que no les van a permitir usarla”, mencionó. “Creo que es un argumento casi imposible de sostener fuera de Silicon Valley sin que la gente se moleste mucho y con justa razón”.

PROYECTO MAVEN

Los empleados de empresas como Google, Microsoft y Amazon no lo creen así. Google, bajo presión interna, abandonó su contrato con el Pentágono para el proyecto Maven, que usaba software de inteligencia artificial para mejorar el análisis de las imágenes de los drones. El director ejecutivo de Microsoft, Satya Nadella, ha enfrentado oposición de los trabajadores que quieren que la empresa ponga fin a un contrato con el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas. Asimismo, los empleados de Amazon se han opuesto a proveer tecnología de reconocimiento facial a los departamentos de policía y otras agencias gubernamentales.

Todo esto ha desatado un debate discreto pero creciente en el mundo empresarial estadounidense en la era de Trump: ¿qué significa ser una empresa patriota cuando se está en desacuerdo vehementemente con el dirigente del país?

Dentro de la industria tecnológica, el debate se ha formulado como uno “moral y ético”: “Creemos que Google no debería estar en el negocio de la guerra”, escribieron los empleados en la solicitud que hizo que la empresa se retirara del proyecto Maven.

A decir verdad, los argumentos éticos son una distracción. Esto es político.

Además, existe un peligro verdadero en dejar que la política debilite la relación histórica entre el gobierno y Silicon Valley –Hewlett-Packard construyó equipo de sonar, radar y aviación para el gobierno durante la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo–, que ha dado lugar a buena parte de la innovación de la que gozamos hoy.

Adam Grant, profesor de la Escuela Wharton y miembro del Consejo de Innovación para la Defensa, un comité consultivo federal independiente creado durante la presidencia de Barack Obama, comentó que creía que el partidismo que estaba contribuyendo con el debate reprimiría en última instancia la innovación.

“Me preocupa que esto paralice los avances”, dijo. “Desde hace décadas, la innovación ha estado impulsada por las asociaciones entre el sector público y el privado. Esta medida parece tener el efecto de empeorar las cosas. Aunque el presidente no sea de tu agrado, puedes servir a tu país”.

Karp, cuyos padres se conocieron en una manifestación a favor de los derechos civiles, comentó que creía que las empresas estadounidenses, incluidas las de Silicon Valley, tenían el deber moral de apoyar al país y a su Ejército, sin importar quién viviera en el número 1.600 de la avenida Pennsylvania.

“Nos sentimos orgullosos de trabajar con el gobierno estadounidense”, afirmó. Claro que Karp ciertamente tiene interés en mantener las relaciones entre el gobierno y el sector tecnológico. Palantir, empresa que usa tecnología para analizar inmensas minas de datos, se fundó con la ayuda de dos millones de dólares de la rama de capital emprendedor de la CIA, y buena parte de su modelo de negocios fue usar datos con el fin de ayudar al gobierno tras los ataques del 11 de setiembre. No obstante, eso hace que su disposición a ser tan directo sobre su opinión del presidente sea refrescante, mientras que sus pares que probablemente tengan opiniones similares se quedan callados.

“Es evidente que tengo un gran sesgo”, aceptó. “Tengo problemas si voy a una fiesta en Silicon Valley porque me hacen preguntas: ‘¿Es cierto que tu producto se usa contra terroristas?’. Así es, y algunas personas no están de acuerdo con ello. Lo cual está bien, dicho sea de paso. No espero que todos estén de acuerdo con eso”.

Su franqueza sorprende todavía más debido a que el cofundador de Palantir es Peter Thiel, un emprendedor tenaz que ha apoyado a Trump públicamente.

“No votamos por la misma persona”, afirmó sin pizca de duda Karp. “Y no vamos a votar por las mismas personas”.

TEMORES

A pesar de ello, incluso si son las lealtades políticas las que han motivado a los trabajadores tecnológicos a dar un paso atrás, los problemas éticos en torno a la inteligencia artificial no son menores. Todos, desde Elon Musk hasta Stephen Hawking, han planteado cuestionamientos sobre la guerra tecnológica en el futuro. No obstante, lo más seguro es que todavía falten décadas para que esos tipos extremos de preocupaciones se hagan realidad.

Para ser justos, los temores de algunos trabajadores tecnológicos de que su trabajo se use para el mal tienen fundamentos históricos… en otros países. Ferdinand Porsche diseñó tanques para los nazis y Hugo Boss les hizo los uniformes. ¿Eso fue patriotismo? ¿Importa?

Reid Hoffman, quien fundó Linkedin y lo vendió a Microsoft, donde ahora es parte del consejo de administración, dijo que había preocupaciones reales sobre qué uso les daría el gobierno a tecnologías poderosas como la inteligencia artificial.

“Me parece que la mayoría de la gente de Silicon Valley tiene una fuerte preocupación/reflejo contra las armas”, mencionó Hoffman, quien es miembro del Consejo de Innovación para la Defensa, junto con Grant. El gobierno de Trump, dijo, ha “amplificado” las preocupaciones sobre los “posibles malos actos del gobierno”.

No obstante, Karp mencionó que los argumentos de que un presidente podría conducirnos a un mundo autoritario accionado por la inteligencia artificial eran demasiado extremos.

“Estados Unidos es una democracia moderna compleja con varios pesos y contrapesos, de tal modo que ninguna persona tenga la capacidad de hacer insensateces”, explicó Karp. Con el trabajo gubernamental, agregó, “inviertes en el tejido y la estructura inherentes del país”.

La propia historia de Silicon Valley se pierde en la conversación. Internet mismo fue fundado originalmente por una división del Departamento de Defensa que ahora se llama Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados. No hace mucho, en el gobierno de Obama, los más grandes gigantes de Silicon Valley asumían funciones para asesorar al gobierno.

No obstante, hay una diferencia entre los gigantes de la tecnología de hoy, como Google y Facebook, y los que convirtieron el valle de Santa Clara en Silicon Valley. El vínculo con el gobierno “claramente no era parte de la fundación del internet de los consumidores de ninguna forma relevante”, manifestó Karp.

Los empleados que ahora presionan para eliminar este vínculo deberían entenderlo mejor. Esas mentes brillantes son capaces de sostener este debate en parte debido al trabajo que hicieron sus predecesores.

Dadas las preguntas muy genuinas que han surgido sobre los beneficios –o falta de ellos– que las empresas tecnológicas más grandes realmente ofrecen a la sociedad, esos trabajadores tal vez quieran reconsiderar su postura.

Como Karp señaló cuando habló sobre las grandes empresas tecnológicas: “Si realmente el discurso fuera ‘Estamos ayudando también con nuestra defensa’, entonces la gente entendería el valor de esas otras cosas” que hacen.

Podría llegar el momento en el que Silicon Valley desee estar ondeando esa bandera.