• Por Marcelo Pedroza

Vivimos un tiempo extraordinario. Su rasgo, impregnado de especiales circunstancias, transforma el hábitat mental y social de cada uno de nosotros. Somos el abanico de experiencias que unen sin cesar el constante presente de nuestras vidas. En ese fluir cotidiano, los cambios se originan por causas del pensar, por decisiones de la voluntad, por el azar de las situaciones, por el devenir de acontecimientos externos; es inherente a la vida la certidumbre de su permanente transcurrir, su andar puede identificarse con el calendario temporal, aunque basta abrir y cerrar los ojos para comprender que en ese instante lo sorprendente se manifiesta una y otra vez.

En la cabida de las comprensiones hay dolores que llevar, en ese trayecto, con el peso inexplicable del sufrir, se acentúan las razones para el sentir, dando motivos para vivir; es también así como se nace en el amanecer, como se aprende a entender, como se descubre el canto de los pájaros o la presencia del silencio que acompaña.

La estadística, de muertes ocasionadas por la pandemia, indica el número de víctimas en el mundo, cifra que aumenta y genera tristeza. Una vida no es un número, una vida es identidad, familia, afectos; una vida es extraordinaria en el tiempo. Su excepcional concepción yace en la grandeza de su presencia al nacer, es el rostro de la humanidad, que representa a todos los seres que han vivido, y con su llegada afirma una vez más la humana trascendencia, la que hoy vive y se encamina a crecer.

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Es triste lo que ocasiona la pandemia, es la pérdida de una vida, es el fin de quien alguna vez nació, es el bebé que fue, es uno de nosotros, es un ser querido en el seno de una familia, de un vecindario o de un trabajo. La tristeza siempre tuvo ojos con lágrimas, como los que tienen las niñas con hambre, o los niños sin escuelas, o la de aquel que es víctima de algún hecho empapado de injusticia.

En ese fluir cotidiano los cambios serán extraordinarios, es el tiempo de las transformaciones. Ante tanto dolor, la potencia innata del ser humano logrará sobrevivir, permanecerá, se adaptará, aprenderá a superarse, se hará fuerte, tomará dimensión del valor de la salud, comprenderá la importancia del otro y vivirá inmerso en la construcción solidaria de nuevas formas de convivencia social.

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