• Por Aníbal Saucedo Rodas
  • Periodista, docente y político

Toda pretendida reestructuración del Estado será insuficiente sin la Reforma. Así, con mayúscula. Eso no significa permanecer paralizados sin intentar salidas de emergencia. Pero aquello que pueda modificarse por la vía de la ley precisará un reaseguro de continuidad para que no quede expuesto al capricho de los hombres, tal como hoy acontece. La constituyente es imprescindible para redefinir una coexistencia más equilibrada entre los poderes y un control recíproco que realmente funcione. Actualmente, en algunos asuntos vitales para la República, es notoria una relación casi extorsiva. No se resuelven los conflictos con deliberaciones racionales, la lógica de los argumentos y lo que más le conviene al país, sino con base en intereses partidarios y privilegios de grupos. En esa pulseada constante que debilita a las instituciones ganan unos pocos en detrimento de la población más carenciada. Y la gente se satura. Se cansa de mirar el mismo y repetido paisaje. Sin que nada cambie. Es por eso que el hastío inundó las calles de varias ciudades latinoamericanas hasta que apareció esta pandemia. Y todos tuvimos que quedarnos en casa. El futuro dibuja dos escenarios hipotéticos: una tregua solidaria o una explosión mayor. Este tiempo que detiene al mundo debe movilizar a las mentes más lúcidas para que los graves problemas sociales tengan una propuesta y una respuesta antes, incluso, del día después. O, al menos, inmediatamente.

Esta crisis ha evidenciado otras crisis, históricamente soterradas por la indolencia o, cuando menos, tratadas con parches o presentadas con un rostro cargado de maquillajes. Todas las medidas que se tomen, tanto en el Ejecutivo como en el Congreso, en estas circunstancias siempre serán medidas coyunturales, si son el resultado de mayorías también coyunturales. Una “reestructuración permanente del Estado”, como plantean los senadores de la oposición para hacer el vacío (al que se sumaron algunos oficialistas) al proyecto presentado por uno de sus colegas, solo será posible con un amplio y creativo debate que no puede agotarse en una o dos semanas. Un debate donde lo ideológico no podrá estar ausente y que tampoco puede evadir los componentes de movilidad social, desigualdades y redistribución (de las riquezas) como categorías de análisis (Alain Touraine, 2006). Lo ideológico es lo que va a determinar qué tipo de Estado y de sociedad pretendemos. Hay una sola mirada posible: ir liquidando paulatinamente las viejas y opresivas estructuras que alimentan el crecimiento de la pobreza y la discriminación.

UN ESTADO CON MÁS ATRIBUCIONES SOCIALES

Cuando se habla de achicar el Estado, no debe confundirse con reducir sus funciones y atribuciones sociales. Salvo que, realmente, ese sea el objetivo. Es decir, aplicar las resacas de un neoliberalismo tardío que ha fracasado en todo el mundo, como solía denunciar el doctor Luis María Argaña. Lo que precisamos es un Estado fuerte, capaz de articular y garantizar la equidad y la justicia social, tan esquivas hasta el presente.

Los recortes y topes para los salarios en la administración del Estado son un buen punto de partida. Pero debe ser una racionalización inteligente y equilibrada entre cargo, capacidad y remuneración, una que permita seguir atrayendo, o manteniendo, a profesionales altamente competitivos, con autonomía moral para manejar responsablemente la cosa pública. No obstante, las iniciativas tienen que apuntar más alto. Empezando –solo como ejemplo– por la composición en números de las cámaras del Congreso de la Nación, reducir a cuatro años el mandato presidencial o habilitar la reelección. Es necesaria una reforma profunda en lo social, político y cultural que tenga un impacto transformador en lo económico. De ahí la justificación de una revisión de nuestra Ley Fundamental. De perfeccionar o eliminar algunas instituciones, a más de improductivas, altamente onerosas para la República.

El rediseño del Estado debe ser producto de un incluyente pacto social. Es necesario acordar respuestas estructurales a problemas estructurales. Caminar hacia lo que expresa la declaración de principios del partido político al cual pertenece el presidente de la República: “Una sociedad igualitaria, sin privilegios ni clases explotadas”.

La crisis del coronavirus ha provocado un estallido en nuestro país. Un estallido que, por ahora, expande sus ondas en las redes. La cuarentena es un tiempo de aprendizaje rápido. Este particular proceso pedagógico se fundamentó mayormente en la experiencia. Ha modificado el pensamiento y la conducta de hombres y mujeres de todas las edades. El estado social de derecho garantizado en la Constitución Nacional fue un experimento fallido en los últimos treinta años. Algunas instituciones fueron un hermoso sueño hasta que fueron devoradas por la incompetencia, el latrocinio y la impunidad. Las grandes epidemias que destrozan las utopías de una sociedad más justa, más equitativa y más solidaria.

DESDE ABAJO VENDRÁN LAS EXIGENCIAS

Esta crisis evidenció esa realidad que todos sabíamos, pero con la que preferimos convivir y no enfrentarla: las grandes desigualdades sociales entre una élite político-económica revestida de privilegios y la muchedumbre de los desheredados, y, entre estos últimos, los que viven encandilados por los espejitos de la posmodernidad y la tecnología. Una ilusión de la que hoy despiertan abruptamente. Lo ideal sería que asumamos consciencia de estas injustas estructuras que aplastan a los más humildes y se empiece a demandar desde abajo políticas de protección que reconozcan los derechos sociales hoy violentados. Que difícilmente saldrán de las frías oficinas de una burocracia anquilosada, moral e intelectualmente.

Tampoco es nuevo lo que afirmamos en líneas precedentes. Es la historia de la humanidad. Como bien lo clarifica Touraine: “El modelo de modernización occidental ha consistido en polarizar la sociedad acumulando recursos de todo orden en las manos de una élite y definiendo de forma negativa las categorías opuestas, consideradas inferiores. La eficacia de este modelo ha sido tan grande que ha conquistado gran parte del mundo. Pero, por naturaleza, ha estado cargado constantemente de tensiones y de conflictos que oponían a ambos polos”.

Por eso, concluye el sociólogo francés, las categorías infravaloradas se han constituido en movimientos sociales para liberarse.

Es momento de liderazgos comprometidos con el destino del pueblo. De aquellos que son capaces de redefinir su propio papel para transformar su contexto, abandonando la rutina de seguir siempre la misma huella. Que sean hábiles para “hacer explícitos los sentimientos de la masa” (Conway). El humo de los discursos vacíos se ha dispersado con el viento demoledor de una desgracia que se hizo carne en los sectores eternamente postergados. Sectores que hoy asumen, como nunca antes, la amargura de su condición de excluidos sociales.

Es tiempo de hacer los cambios truncados por la minoría privilegiada. O los cambios vendrán por nosotros.

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Cuando se habla de achicar el Estado no debe confundirse con reducir sus funciones y atribuciones sociales. Salvo que, realmente, ese sea el objetivo. Es decir, aplicar las resacas de un neoliberalismo tardío que ha fracasado en todo el mundo, como solía denunciar el doctor Luis María Argaña. Lo que precisamos es un Estado fuerte, capaz de articular y garantizar la equidad y la justicia social, tan esquivas hasta el presente”.

El modelo de modernización occidental ha consistido en polarizar la sociedad acumulando recursos de todo orden en las manos de una élite y definiendo de forma negativa las categorías opuestas, consideradas inferiores. La eficacia de este modelo ha sido tan grande que ha conquistado gran parte del mundo. Pero, por naturaleza, ha estado cargado constantemente de tensiones y de conflictos que oponían a ambos polos” (Alain Touraine).

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