En una reflexión retrospectiva he apreciado los enormes pasos de mejora que hemos realizado en nuestra convivencia entre áreas de poder para avanzar en proyectos vitales para el país. La construcción de consensos y objetivos comunes entre los dos principales actores de esta historia, la historia del desarrollo del Paraguay, exige esa articulación.

Por un lado, un actor bastante complejo, muchas veces difuso, otras muy presente hasta diría avasallador como lo es el Estado y, por el otro, un actor que aglutina todas las iniciativas y acciones del sector privado, sector que debe liderar y apostar definitivamente a hacer lo que sabe: generar riqueza y dignidad a través del trabajo.

Hemos aprendido en muchos casos cuál es el rol que le cabe a cada uno. Y, en cierto modo, hemos hecho muchos de los deberes “juntos” construyendo cambios positivos en general. La frase repetida hasta el cansancio para nuestra economía es que no recibimos riqueza como otros países de fuentes naturales disponibles. La generamos sí constantemente a través de la inversión, la innovación y la apuesta de iniciativas privadas. No podemos negar muchos de los avances que hemos hecho, pero tampoco sería correcto decir que todo es maravilloso, ya que muchas cosas aún no han cambiado suficientemente para ponernos en una espiral de crecimiento sostenido.

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Es este crecimiento que requiere nuestra reflexión. ¿Qué nos falta en este proceso? Un punto creo que pasa por entender que el Estado tiene interlocutores que van en lo mejor de los casos cambiando cada 4 años y en el peor en un tiempo menor. Esta ventana de construcción de iniciativas, planes y acciones es muy corta para sostener una política de Estado. El Estado tiene la capacidad propia y su legitimidad de disponer y establecer el marco más propicio para un desarrollo y expansión de iniciativas lideradas por el sector privado. Procesos como la maquila, el desarrollo de las pymes, las cadenas de valor en segmentos competitivos como la carne permiten entender que la dinámica del desarrollo puede ser acelerado.

Lo que falta es que el Estado tenga más interlocutores que miren al sector privado como lo que es: una máquina eficiente de generar riqueza. Una máquina que no debe ser frenada o anulada. Produce riqueza que luego puede ser distribuida y, por lo tanto, servir para el desarrollo del país. No podemos más permitir en el Estado interlocutores ausentes en la construcción de una estrategia de desarrollo, sea porque es una persona que no tiene la visión o no tiene la preparación para entender su rol.

Grandes limitaciones en inversiones de proyectos o anulaciones de procesos de negocios se han dado por esta perversa situación, que en el sector privado denominamos “falta de seguridad jurídica”. Básicamente se refiere a que alguna persona con autoridad suficiente en función de poder en el Estado modifica y articula una regla de negocios para favorecer y, a la vez, perjudicar algún proceso de generación de riqueza.

Estos cambios generalmente son motivados por intereses personales, cambio de favores o incluso por una visión de que el cargo le permite hacer lo que le da la gana. Debemos definitivamente trabajar más juntos, buscar interlocutores con la sabiduría de entender qué debemos hacer cada uno y, lo principal, apoyarnos el uno al otro. Ir dejando progresivamente los espacios de desconfianza a través de transparentar los intereses coyunturales de una situación determinada. Ser claros, precisos y sobre todo cumplir con lo que acordamos.

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