Hace muchos años leí un cuento llamado “El gallo colorado”. Trataba sobre un viejo gallo que los años y la astucia lo habían convertido en amo del gallinero, a pesar de que otros gallos, mucho más jóvenes, intentaron pasarlo “a retiro”.
Comienza cuando el dueño del establecimiento compra un joven gallo para reemplazar al desgastado “Colorado”. Claro, como todo joven, lo primero que hizo al trasponer la alambrada fue poner en claro quién sería el que mandaría a partir de ese momento.
Brioso, fuerte, esbelto, todo un metrosexual con plumas, encaró al viejo colega plumífero. Tras escuchar las órdenes del nuevo macho alfa, con humildad el Colorado imploró un último favor: Luego de tantos años, dejaría su puesto al recién llegado pero pidió mantener su dignidad ante el harén que le dejaba como herencia. Le desafió una carrera a tres vueltas alrededor del gallinero, pero como era viejo solicitó una pequeña ventaja de algunos metros.
El joven iluso aceptó. Ese viejo decrépito no sería rival para él, así que con desprecio aceptó el pedido de clemencia y comenzó la carrera. El anciano Colorado, inició la competencia a todo lo que le daban las piernas... ¡y sus pulmones!
Tanto gritaba el pobre animal que tras la primera vuelta, toda la granja había puesto su vista en esa singular persecución. El viejo gritando y el joven echando babas detrás. Incluso el dueño del establecimiento se fijó en el extraño evento y luego de cerciorarse durante unos largos segundos de lo que ocurría tomó su arma y ¡pum!, mató al gallo joven.
Con tristeza murmuró: “Es extraño, este es el cuarto gallo trolo que compro. En lugar de perseguir a las gallinas, gusta de los de su mismo sexo...”.
Esta breve lectura me hizo recordar lo peligrosos que son los gallos viejos que tienen una privilegiada verba. Unos pueden ser amos de un gallinero y otros ordenar que disparen contra manifestantes desarmados. Siempre tienen una buena explicación. Y saben convencer.
“Hacer cumplir la ley”. Esa es la excusa para utilizar la fuerza de manera cobarde. Pero no habría manifestantes ni quejas ni protestas si el Gobierno cumpliera con su deber en lugar de utilizar los cupos de poder para hacer negociados y conseguir empleos privilegiados a los parientes y fieles.
Muchos buenos ciudadanos dieron su vida porque creyeron en el sistema de gobierno llamado democracia, que es la soberanía del pueblo y el derecho de este de controlar a sus gobernantes.
Los gobernantes y los gallos deben atender los reclamos, no reprimir con gases y balines de goma. ¿Qué clase de democracia es la que tiene escuadrones especializados en amedrentar y herir a ciudadanos que exigen sus derechos?

