• Por Paula Carro
  • Twitter: Carro_PaulaM

En medio del torrente de malas noticias que inundan últimamente nuestras mañanas, esta semana nos enteramos de la exportación de una mipyme paraguaya de dulces, que envió su primera carga de manteca de maní al Uruguay, por valor de 25.000 dólares. La noticia de que una mipyme crece y comience a exportar no deja de ser una brisa fresca en estos días en los que la desaceleración económica, los incendios forestales y los interminables problemas políticos han subido considerablemente la temperatura del país.

Las mipymes constituyen más del 90% de las empresas, pero tienen solo alrededor del 10% del mercado. Según datos del Ministerio de Trabajo, las mipymes también generan alrededor del 70% del empleo. En el caso que señalé más arriba estamos hablando de una mipyme industrial, en un país en el que la mayor parte de las exportaciones se compone de alimentos en estado natural, vale decir, al que no le agregamos valor, no añadimos etapas al proceso, no pagamos más impuestos ni dejamos más empleo o dinero.

Por otro lado, habiendo pasado la mayor parte del año y con la confirmación casi inequívoca de que para fin de año la economía paraguaya habrá crecido muy poco (algunos hablan incluso de un crecimiento negativo del -1,5%), es oportuno recordar que el primero en advertirlo fue el Fondo Monetario Internacional (FMI), no tanto por la proyección, sino por sus recomendaciones.

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En marzo de este año, el FMI reducía la expectativa de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) de 4% que se esperaba entonces a 3,2%. En esa misma oportunidad recomendaba poner el foco sobre la industria porque decía que el modelo económico sostenido principalmente por el sector agrícola estaba muy cerca de agotarse y la desaceleración económica, motivada principalmente por la reducción de las exportaciones de soja, debía considerarse un llamado de atención.

En ese contexto, la necesidad de industrializar más el país es un discurso que conocemos, pero que en esta ocasión nos interpela a tomar partido y pasar de la demagogia a la acción, si esperamos que en el futuro el comportamiento de la economía dependa de factores que sí están bajo nuestro control y menos del agro, las condiciones climáticas favorables o no y, por supuesto, los precios internacionales de los commodities.

Como los datos son útiles a la hora de focalizar políticas públicas, es conveniente recordar que pese al contrabando, la informalidad, la burocracia estatal y tantos otros males que frenan el mayor crecimiento del sector industrial, este ha ido ganando cada vez mayor espacio dentro de la contribución al Producto Interno Bruto (PIB) donde ocupa un 20% y si se le añade el sector de la construcción, un 25%.

Si acercamos la lupa a la población joven (de 15 a 29 años), el 21% trabaja dentro del sector secundario, es decir, industria, según la Encuesta Permanente de Hogares Continua 2018. Ese porcentaje se mantiene casi invariable, extendido a la población en general.

Quizá el golpe de timón que esperamos para darle mayor previsibilidad a los escenarios futuros, mejor distribución del ingreso y más empleo pase por el apoyo, desde las políticas públicas, a las pequeñas iniciativas que todos los días se van generando. Al menos es lo que nos indican los números, con la autoridad que nos confiere el fracaso de nuestro modelo actual en el presente ejercicio.

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