- Por Carlos Mariano Nin
- Columnista
A la entrada, durante el recreo, a la salida o cuando sea que las chicas deban bajar o subir las escaleras los chicos estaban ahí, agazapados esperando con un guiño de maldad sacar una foto íntima no consentida.
Sucedió en un colegio de la capital, tradicional, católico.
Después de tomar las fotos los chicos las intercambiaban con fotos de otras niñas de otros colegios, las pasaban en grupos de whatsapp y luego las subían a internet donde tenían un extenso registro.
No es nuevo y quizás no suceda solo en este colegio, solo que un grupo de alumnas hizo prevalecer sus derechos y alzó su voz.
Fue un día atípico. Hicieron carteles que colgaron de las pareces del colegio donde denunciaban a sus compañeros, luego hicieron una sentata de protesta y después se movilizaron para reclamar el abuso al que estaban siendo sometidas.
“Nos quitaron tantas fotos que terminaron quitándonos el miedo”.
Muchos pudimos leer después esos carteles en la televisión como un grito escrito contra el hartazgo. La noticia corrió como un reguero de pólvora y despertó una indignación colectiva que va más allá del sistema.
Una de las alumnas advertía: “Las estudiantes actualmente estamos viviendo un caso de acoso sexual en las instalaciones y eso estamos denunciando”.
Los abusos siempre son graves y más aún sin van precedidos de espantosas estadísticas. Durante el 2018 la Fiscalía recibió 2.208 denuncias de abuso sexual en niños y niñas y la policía habla de 231 casos sin detenciones.
Según reportes, 985 niños y adolescentes fueron víctimas de abuso sexual desde enero hasta abril de este 2019. Y solo son los casos denunciados. Un subregistro hace saltar las cifras por los aires.
Y cuando estaba terminando la semana el mundo educativo volvía a sorprendernos con otra terrible noticia.
En un colegio de Ñemby se suicidaba una alumna que, según denuncias, había sido víctima de bullying. Unos días después, otro estudiante, del mismo colegio y que compartía la misma aula, decidía terminar con su vida.
Según datos proporcionados por el Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos en base a un estudio presentado en el 2015 y publicado en el 2017 por la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico, el acoso escolar es una de las mayores preocupaciones en las escuelas y esto es visible a través de una encuesta a 540.000 estudiantes de 15 años de edad de 72 países.
Cerca del 11% de los estudiantes reveló que, al menos en varias ocasiones al mes, fueron víctimas de las burlas de otros compañeros, mientras que el 4% afirmó haber sido golpeado o empujado por otros alumnos, varias veces al mes.
Como promedio, alrededor del 42% de los estudiantes que con frecuencia fueron víctimas del acoso en la escuela, se siente como un intruso en la misma, frente a solo un 15% de aquellos que nunca estuvieron expuestos a situaciones de acoso.
Un ex presidente muy popular decía: “En la casa se aprende a: saludar, dar las gracias, ser limpio, ser honesto, ser puntual, ser correcto, hablar bien, no decir groserías, respetar a los semejantes y a los no tan semejantes, ser solidario, comer con la boca cerrada, no robar, no mentir, cuidar la propiedad y la propiedad ajena, ser organizado. En la escuela se aprende: Matemáticas, lenguaje, ciencias, estudios sociales, inglés, economía y se refuerzan los valores que los padres y madres han inculcado en sus hijos. Muy difícil es hacer que el latón brille como el oro”.
Las números en ambos casos, abusos y bullying, nos ayudan a dimensionar un problema que por momentos parece estar escapando a las competencias de nuestras autoridades, incapaces de poner freno a una juventud que, en la mayoría de los casos, no encuentra contención en la familia, y desnuda en los colegios su falta de amor propio.
Las redes y el descontrol cibernético hacen el resto. Es solo el comienzo. Muchos aseguran que nos esperan días grises. Y no lo dudo. Quienes tengan hijos adolescentes lo van a entender. Lo viven a diario, pero no hacen nada, creen que en los colegios muchos van a enderezar sus caminos cuando la verdad es que se pierden en el trayecto.
Pero esa, es otra historia.