- Dr. Juan Carlos Zárate Lázaro
- MBA
Si bien hasta ahora los niveles de inflación en nuestro país continúan manteniéndose relativamente estable, no podemos permanecer ajenos de los reclamos de la ciudadanía acerca de los constantes incrementos en los precios de ventas de los diversos productos que conforman la canasta básica de consumo.
Hace algunos días, la Secretaría de Defensa del Consumidor y el Usuario (Sedeco) dio a conocer cifras de precios que justifican lo señalado precedentemente.
La Sedeco y el BCP coincidieron en que los alimentos que forman parte de la dieta diaria de los seres humanos vienen observando constantes ajustes en sus precios incluso con más celeridad que los que se observan en los demás productos.
Basta con ir a hacer compras a un supermercado y se podrá constatar que ello no es ningún mito, sino toda una realidad.
Compramos menos que antes a fin de poder racionalizar “supuestamente los gastos de nuestra canasta familiar”, pero al final salimos gastando igual. O sea consumimos mucho menos y sin encontrar economía en nuestro presupuesto familiar.
Es bien sabido que ante la imparable escalada alcista del dólar que se viene observado en nuestro mercado de divisas los dueños de supermercados no iban a quedarse “de brazos cruzados”, pues la reposición de su stock ya los deben hacer a los valores actuales del dólar, lo cual forma parte de la esencia de cualquier tipo de negocios. Pues trabajamos para ganar o mínimo empatar, pero perder plata no figura en la “agenda comercial” de ningún empresario.
Por más que digan de que aparentemente se darían diferencias metodológicas en los cálculos realizados por parte del BCP y de la Sedeco, la realidad es que los precios de nuestra canasta básica de consumo aumentan cada vez más, conspirando obviamente en contra del poder de compra de nuestra gente, siendo las del segmento medio-bajo las que mayor impacto sienten en sus muy alicaídos bolsillos.
Si bien nuestro país es rico en recursos naturales con una tierra noble que siempre nos han generado muy buenos productos hortícolas, lamentablemente los pequeños productores agrícolas hasta ahora dentro de su cadena productiva y de comercialización no encuentran el apoyo técnico y logístico necesario, que les permitan diversificar sus líneas de cultivo, produciendo todo el año y llegando ellos mismos hasta los centros de consumo con sus productos a precios mucho más remunerativos, evitando la “odiosa intermediación” que tanto daño ya ha hecho y que son los que encarecen los precios de venta al consumidor final.
El Gobierno a través de sus organismos técnicos (MIC, MAG, STP, entre otros) son los que en forma activa tienen que estar “elucubrando” minuto a minuto qué es lo que se puede hacer de positivo a fin de superar esta difícil coyuntura por la que venimos pasando desde hace varios meses y que a la vez permitan que estos esforzados productores puedan ser sujetos de créditos dentro del sistema financiero formal.
La inflación constituye una de las variables económicas de mayor preponderancia dentro del espectro macroeconómico de cualquier país, pues mucho de la salud económica y capacidad adquisitiva de su gente depende de ella.
Una menor capacidad de compra implica en forma directa una depresión en los niveles de facturaciones de las empresas, y por ende a su gestión económica-financiera-patrimonial.
Bien sabemos que la fuente primaria de repago de los sueldos al personal y cobertura de gastos fijos mensuales derivan del producido de las ventas, y ante la sensible disminución observada ya varias de ellas han venido racionalizando su plantilla de personal, dejando sin fuentes de trabajo a mucha gente, en momentos en que nadie tiene la capacidad de decir: Tranquilo, total mañana mismo ya podré estar trabajando en la empresa de la competencia. “Nada que ver”, pues todas están casi en idéntica situación por efecto de esta severa desaceleración.
Si no hay previsibilidad sobre el comportamiento de los precios o existe una percepción errada o sobredimensionada, las familias serán más reacias a tener planes a largo plazo que impliquen la construcción de una vivienda, la inversión para la jubilación, el acceso a crédito para producir, entre otras acciones que contribuyen no solo a su bienestar y seguridad particular, sino también a dar dinamismo al mercado, impulsando el crecimiento económico, la generación de empleos y la reducción de la pobreza, ninguno de los cuales hoy lo estamos visualizando con claridad.
El aumento real de los precios o la sola percepción de su existencia constituyen factores adversos al desempeño económico, por lo que deben accionarse las políticas públicas necesarias y que deberían ser estructurales y no meramente aisladas.
Como lo diría Pablo Herken: “Duele decirlo, pero hay que decirlo”.

