- Dr. Miguel Ángel Velázquez
- Dr. Mime
No es ningún secreto que las malas condiciones laborales deprimen severamente no solo el ánimo, sino también la salud de quienes padecen un jefe insufrible, unos compañeros de trabajo tóxicos y, sobre todas las cosas, el contacto excesivo con personas que tornan bastante hostil el cotidiano deber de llevar el pan a la mesa familiar.
Esto desencadena un mecanismo de estrés permanente que hace que nos volvamos irritables, estemos permanentemente cansados y malhumorados, y por ende, disminuyamos nuestra productividad y eficacia. Estos son, en esencia, los síntomas de la afección a la que los colegas anglosajones (no muy versados en ponerles nombres creativos a sus síndromes, aunque con este se lucieron) dieron en llamar “occupational burnout” (algo así como “quemado por culpa del trabajo”). Y nunca mejor dicho algo: “quemado”.
Sin lugar a dudas, el burnout es un trastorno emocional donde tiene mucho que ver no solo el ambiente laboral, sino el estilo de vida de la persona, ya que la ausencia de mecanismos que le impidan desahogar las tensiones colabora a una mala salud. Se ve principalmente en las personas que han elegido sus profesiones de manera vocacional y, sobre todo, en quienes por medio de sus trabajos tienen mucho contacto con otras personas: médicos, enfermeras, docentes, deportistas de elite, operadores de telecentros, empleados de mostrador, por ejemplo. Y está originado principalmente por el sometimiento al estrés crónico en personas que tienen altas expectativas respecto a sus labores y una alta dosis de responsabilidad autoagregada generalmente, pero en todos, el estrés.
Vamos, como siempre lo digo en mis conferencias, que el estrés nos ha permitido sobrevivir a las fieras salvajes en épocas anteriores y sobreponernos a peligros inminentes mediante la brusca activación de nuestro sistema de alerta mediado por las llamadas catecolaminas y el cortisol, las cuales propenden súbitamente a prepararnos para la huida del peligro: un aumento de la frecuencia cardiaca y de la tensión arterial, un cierre de los vasos sanguíneos no importantes para la huida como los faciales (que causan palidez y sudor frío) y los de los sistemas digestivos y urinario (que causan constipación o súbitos deseos de ir al baño, de ahí el famoso “me c... todo”), entre otros síntomas, enviando la sangre a los sitios clave para la huida: el corazón, la musculatura esquelética (para correr o defendernos) y el cerebro (para pensar qué hacer). Terminada la causa del estrés (se fue la fiera, terminó el peligro, ya no nos siguen), las catecolaminas y el cortisol (entre otras sustancias) disminuyen en su secreción y nos relajamos: el peligro ha pasado, el estrés se ha ido.
Pero ¿qué nos pasa en el día a día? Si al estrés que está ahí, constante, en el trabajo con ambiente tóxico, al cual le sumamos un carácter poco resiliente (la resiliencia es la capacidad de sobreponerse a las adversidades con relativa facilidad) y un estilo personal de vida poco saludable desde el punto de vista emocional, el resultado es la secreción constante de las sustancias del estrés que producen todos los signos y síntomas del burnout: presión alta, taquicardia, insomnio, gastritis, alternancia de constipación con flojera de vientre y colon irritable, dolor de cabeza, distanciamiento emocional, ansiedad, depresión, cansancio general, la persona que lo padece se vuelve anhedónica (incapaz de sentir placer a las cosas que antes le encantaban), en síntesis... ¡estamos quemados...!
¿Qué hacer? No todos podemos cambiar de trabajo, nos da el sustento y es lo que (mal o bien) hemos elegido como medio de vivir... NO DE SOBREVIVIR. ¡Ahí está el quid de la cuestión...! El tratamiento del burnout no es solo farmacológico, ya que los medicamentos ahuyentan el humo, pero no apagan el fuego y el incendio cerebral (y general) sigue.
Tratar el burnout requiere de más que eso. Muchas veces consultar con psicólogos para abordar nuestro enfoque de las cosas es una enorme ayuda. Igualmente, la espiritualidad o la práctica de disciplinas de tranquilidad mental como el yoga o las respiraciones, el tener actividades al aire libre, el hacer deportes, caminatas, el bailar salsa o bachata (perdón por el fanatismo, los salseros somos así), o incluso viajes cortos o cambios de aire, aunque sea por algunas horas.
El rodearnos de los afectos de la familia, la pareja, los amigos, todo eso contribuye a apagar el fuego cerebral que nos consume por causa laboral. Y bueno, obviamente, mejorar las condiciones laborales. Como siempre les digo a mis pacientes: si falleces, con suerte te enviarán una corona, pero la empresa seguirá funcionando durante ese día y los siguientes. Así que no vale la pena sufrir, sino luchar para hacer del ambiente laboral algo menos estresante.
O sino, terminaremos todos DE LA CABEZA...

