• Por Mariano Nin
  • Columnista

Murió cuando nadie lo esperaba. Supongo que la muerte es así. Siempre es una sorpresa que no debía de serlo. Al fin y al cabo la muerte es la única certeza de la vida misma.

No la conocía entonces, más que por la tragedia que vivió su familia en una época oscura que no debemos olvidar para recordar nuestras raíces.

Dicen que estaba en plena formación del colegio que dirigía dando unas palabras cuando de pronto se desvaneció y cayó al suelo.

Maricarmen Schaerer Prono había sufrido un aneurisma. No hubo tiempo. Llegó al hospital con muerte cerebral. En esos momentos en que el dolor apura, hubo un gesto que iba a reafirmar el sentido de su propia vida.

En nuestro país actualmente 131 pacientes esperan un trasplante renal, 115 de córneas, 7 de hígado y 8 de corazón.

Siempre pienso que la coherencia marca esa frágil línea de nuestras vidas. Admiro a quienes viven y mueren dentro de sus principios, porque al final esa es la huella que dejamos.

Marcos y José (nombres ficticios de personas reales) vivían atados a una máquina, aunque vivir es un decir. La burocracia, la falta de recursos y la precariedad de nuestros servicios de salud convirtieron sus vidas en una tortura diaria.

Cuando la función renal se va haciendo más lenta y el riñón se lesiona, se desencadena la incapacidad de este para realizar su trabajo, lo que se denomina insuficiencia renal crónica. Cuando ambos riñones fallan, el cuerpo comienza a retener líquido y sustancias nocivas, entonces la presión sanguínea sube, aparecen edemas y el organismo ya no produce suficientes glóbulos rojos (comienza a producirse anemia).

Para que lo entiendas mejor: las personas con una enfermedad renal terminal deben eliminar los desechos del torrente sanguíneo a través de una máquina (diálisis) o un trasplante de riñón para mantenerse con vida.

En nuestro país la mayoría de los pacientes renales viene del interior del país. Muchos no tienen recursos y migran a las ciudades para terminar viviendo en los hospitales cerca de las máquinas de diálisis.

Así la lucha diaria es por sobrevivir a la espera.

Pero para Marcos y José la espera había terminado. En algún momento de la historia se cruzaron esas lágrimas del dolor ante lo inevitable y las que salen del alma ante la esperanza.

Ambos recibieron un trasplante que los libera del dolor y el miedo.

La misión había cerrado su círculo. Fue quizás una de las últimas lecciones que dejan esas personas destinadas a perdurar.

Las córneas de Schaerer y sus huesos fueron entregados además al Banco de Tejidos del Hospital de Clínicas para que otras personas vuelvan a tener esperanzas.

Paraguay, con poco más de 7 millones de habitantes, es uno de los países con las tasas más bajas de donación de órganos, 7 por millón de personas y ocupa uno de los últimos lugares en Latinoamérica.

Revertir los números es difícil, pero lentamente vamos tomando conciencia. Al final, seas de la religión que seas, en todas fluye el amor como meta de esa interminable lucha entre el bien y el mal, y donar es, de entre todos los gestos, el más altruista.

Hoy en el Colegio Técnico Javier hay silencio. Ese silencio que se logra con admiración y entrega, pero en cientos de corazones late el ejemplo, ese que desborda de alegría.

Valió la pena. Alguien le pagó a la muerte con la moneda de la vida dando una clase que no siempre se aprende en la escuela.

Pero esa… es otra historia.

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