Las Fuerzas Armadas de la Nación han tenido un rol protagónico en la defensa de la soberanía territorial en distintas épocas y en la construcción de nuestra misma historia, principalmente en los últimos 200 años. Nunca se acobardó, con apenas 16.000 soldados en sus filas, cuando debió sacar pecho para enfrentar a más de 30.000 componentes de los ejércitos de Brasil, Argentina y Uruguay, en lo que dio en llamarse la Triple Alianza (1864-1870).

Apenas 50 años después de acabada esa contienda terrible, que casi acabó con la población paraguaya, de nuevo las FFAA debieron ser reorganizadas para un nuevo desafío: defensa del Chaco paraguayo. Entre 1932 y 1935, Paraguay y Bolivia libraron una guerra que favoreció a nuestra heredad porque acabó con el retroceso al norte de las tropas bolivianas hasta la zona de Tarija, ya en lo que hoy serían las zonas gasíferas. Un triunfo incuestionable paraguayo ante el atropello inconsulto de bolivianos. Fueron actos heroicos de la milicia paraguaya y son reconocidos por el pueblo paraguayo. Las incursiones paraguayas contra los aliados y bolivianos se transmitieron de generación en generación, pasando a formar parte de nuestra cultura: la música, la poesía y numerosas otras obras artísticas.

Tras la Guerra del Chaco, la institución militar poco a poco fue debilitando y fue víctima de la voracidad política que la usó ocasionalmente para revueltas contra su propio pueblo. Un dictador lo controló y lo mantuvo en silencio cómplice durante 35 años, que tiñó aún más aquel rol sublime que había tenido hasta la última contienda.

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Las Fuerzas Armadas, jamás, pero jamás, hubiesen alcanzado logros tan importantes en su historia de no haber sido por la participación directa de civiles, en que hasta mujeres –honorables y valientes– y niños se sumaron a sus filas en diferentes etapas para la defensa territorial.

Con la caída de la dictadura, las FFAA –¡por suerte!– despertaron de su letargo y sometimiento para pasar a constituirse en una de las instituciones más relevantes del proceso de consolidación de nuestra democracia. Aprendió de su historia y ya no se prestó a los políticos mesiánicos de turno que solo buscaron usarlas para sus apetencias de poder personalistas. Me remito a solo dos casos como ejemplos: Lino César Oviedo y Fernando Lugo.

En el caso de Oviedo, este intentó un golpe de Estado a mediados de la década del 90, pero institucionalistas de corazón lo impidieron. La embajada de EEUU tuvo aquí también un papel fundamental, no interrumpiéndose el proceso rumbo a la democracia. En el 2012, hace poco más de 6 años, Lugo permitió que el canciller venezolano Nicolás Maduro, hoy presidente y opresor de su pueblo, en pleno Palacio de López, arengue a comandantes de Fuerzas (Ejército, Marina y Aviación) para que salgan en defensa de Lugo para que este no caiga. Sin embargo, el comandante de las Fuerzas Militares, Gral. del Aire Miguel Christ Jacobs, exigió por escrito una autorización del Comandante en Jefe, pero este se acobardó y no firmó la autorización. De esta manera, de nuevo, institucionalistas evitaron seguramente otro derramamiento de sangre.

A lo que voy es que las FFAA de la Nación están entre las pocas instituciones más creíbles de los últimos 30 años, tiempo en que han sabido adecuarse a los nuevos tiempos. Es por eso que hoy, en que se da un debate público –pero necesario– sobre su rol, forma de enrolamiento y profesionalización, las mentes más capaces deben ponerse a trabajar y diseñar una organización militar paraguaya según los desafíos del presente y futuro.

Acabamos nomás el 2018 y comenzamos el otro discutiendo y perdiendo tiempo sobre el polémico Servicio Militar Obligatorio (SMO), cuya reglamentación data de 1975. El Artículo 129 de nuestra Carta Magna, en lo que respecta a “DEL SERVICIO MILITAR”, dice: “Todo paraguayo tiene la obligación de prepararse y de prestar su concurso para la defensa armada de la Patria. A tal objeto, se establece el servicio militar obligatorio. La ley regulará las condiciones en que se hará efectivo este deber. El servicio militar deberá cumplirse con plena dignidad y respeto hacia la persona. En tiempo de paz, no podrá exceder de doce meses. Las mujeres no prestarán servicio militar sino como auxiliares, en caso de necesidad, durante conflicto armado internacional. Quienes declaren su objeción de conciencia prestarán servicio en beneficio de la población civil, a través de centros asistenciales designados por ley y bajo jurisdicción civil (…)”. Es la parte más resaltante.

Pues bien, en la próxima constituyente ese artículo debe ser revisado y ajustado a lo que necesita hoy el país. Decenas de miles de jóvenes que en estos días nomás se declararon objetores, son la prueba de una “señal” inequívoca de que es tiempo de modernizarse. El Paraguay de hoy, ya no es aquel de hace 50 años atrás, en que necesitábamos tener ejércitos activos y prestos para ataques imprevistos a la soberanía; Paraguay no está tampoco en el Oriente Medio, como Israel, cuyo Ejército debe integrar de manera permanente a civiles –reservistas– para tenerlos preparados ante cualquier agresión extranjera; Paraguay tampoco es Venezuela, cuyo líder, enceguecido por la ambición y la codicia, necesita tener un ejército de fieles criminales que salen a matar a su propia gente para mantener un sistema corrupto y fallido que solo beneficia a unos pocos.

Paraguay está escribiendo otra historia; Paraguay debe dar el gran salto hacia el futuro y comenzar a diseñar unas FFAA profesionales, con soldados por convicción en sus filas y no por obligación.

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