- Por Fernando Filártiga
- Abogado
Hoy volvemos sobre cierto mensaje que mereció alguna mención en esta columna y consideramos debería sobrevivir a los instintivos y valiosos, pero al fin efímeros recuentos o crónicas de cierre de año, porque de comprenderlo depende el futuro. Nos referimos al mensaje de globalización y solidaridad que nos deja el 2018.
Globalización. Si bien a nivel retórico populismos de izquierda y de derecha ya nos tenían acostumbrados a la cantinela antiglobalizadora, este año las negociaciones para concretar el Brexit han develado el verdadero laberinto al que conduce la desintegración. Por lo visto, el lindo discurso que incitó el divorcio entre británicos y el proceso integracionista más exitoso de la historia partía de datos imprecisos y obviaba indicar cómo hacerlo sin experimentar graves perjuicios, además de quedar aislados.
Gran Bretaña recibe entonces el 2019 esencialmente confundida, descreída del liderazgo político y dividida entre quienes continúan apoyando el Brexit, sus opositores originales y las multitudes de separatistas arrepentidos que día a día engrosan las filas de oposición, todos empantanados en la misma incertidumbre…
En paralelo, las dos economías más grandes del mundo convinieron tregua en una guerra comercial cuyos daños también evidencian las dificultades de desmantelar la integración económica.
De esta manera, el 2018 nos presenta un alegato en favor de la globalización como principio, pero también de la necesidad de perfeccionarla para evitar ese escenario de confusión y conflicto que perjudica bastante a naciones poderosas y puede ser peor en países de menor desarrollo relativo.
Solidaridad. La caravana migratoria centroamericana hacia los Estados Unidos, el drama de los últimos meses, ha realimentado el debate en torno la nueva muralla fronteriza que el presidente Trump prometía en su campaña electoral. Ahora mismo, el gobierno norteamericano está en paro porque republicanos y demócratas no logran acuerdo sobre el financiamiento para continuar la muralla. Algo curioso en la “Nación de Inmigrantes”, como el presidente Kennedy definía a los Estados Unidos.
En el fondo, la cuestión es que con o sin muralla la migración continuará, como vaticina Mario Vargas Llosa desde su columna de opinión en El País: “Los inmigrantes seguirán entrando por el aire o por el subsuelo mientras Estados Unidos sea ese país rico y con oportunidades, el imán que los atrae. Y lo mismo puede decirse de Europa. La única solución posible es que los países de los que los migrantes huyen fueran prósperos, algo que está hoy día al alcance de cualquier nación, pero que los países africanos, centroamericanos y de buena parte del tercer mundo han rechazado por ceguera, corrupción y fanatismo político” (11/11/18).
Sin duda ceguera, corrupción y fanatismo político son componentes de la problemática. Pero aun suponiendo (¡y ojalá sea pronto!) que los países con niveles emigratorios alarmantes los superen, otro componente esencial del problema es la insuficiencia o ineficacia de la cooperación para el desarrollo. Y no hablamos de limosna, sino de mejorar la efectividad de la cooperación tanto directa como la institucional de organismos multilaterales, y que los países con mayor participación accionaria y poder de voto en estos organismos, que coincidentemente son el destino de los migrantes, incrementen sus aportes.
Estados Unidos conoce este camino mejor que el de los muros. Basta un vistazo a los anales de la segunda postguerra mundial para corroborar que las naciones reconstruidas con ayuda norteamericana se han convertido desde entonces en sus mayores aliadas. También, entre otros, el caso de Corea del Sur donde el desarrollo no hubiera sido posible, por lo menos a la velocidad que se dio, sin cooperación externa en sintonía con la voluntad y capacidad nativas. Y últimamente, Estados Unidos gestiona el financiamiento de Arabia Saudita para la reconstrucción de Siria, algo en lo cual ha insistido ni bien anunció el retiro de tropas de este país.
El 2018, pues, renueva el valor de la solidaridad como factor clave en el desarrollo de los pueblos, en un contexto globalizado donde el atraso de algunos tiene efectos inmediatos y nocivos que rápidamente traspasan a los más avanzados. En los países de donde parte la “marcha del hambre” que refiere Vargas Llosa, problemas como la explotación incontrolada de recursos naturales comprometen el delicado equilibrio de un planeta que por el momento nos sostiene a rezagados y adelantados por igual…, hasta que un día deje de hacerlo.
En perspectiva, este año ha dado poderosas señales de una sociedad global intensamente conectada, donde además de los intercambios comerciales y culturales; las oportunidades, la información y el entretenimiento asociados a Internet, compartimos el gran desafío de organizar un mundo mejor a partir de la solidaridad.