- Por Matías Ordeix
- Socio del Club de Ejecutivos
Es muy fácil acusar al otro sin mirarnos primero. Es simple hablar de la corrupción de los políticos y decir que los empresarios somos todos santos. Como cita el Libro Sagrado: “…Vemos la paja en el ojo ajeno y no vemos la viga en el nuestro…”. Deberíamos vernos en el reflejo, con total sinceridad y respondernos a preguntas como “¿Nunca has coimeado a un zorro o has pagado un “gestor” para que acelere tu trámite, o apurado a tu despachante para que la carga la tengas a tiempo? Si tu respuesta es nunca a esta y otras preguntas similares figuras dentro de un ilustre y honrado ínfimo porcentaje.
Pero si tu respuesta a estas o preguntas similares han sido positivas, no te juzgo, sino digo: ¿Qué tal si nos vemos al espejo antes de cuestionar? O qué tal si comenzamos desde ya un cambio profundo en nuestro actuar, continúo por mi empresa (mis colaboradores ayudando con educación), sus familias, sigo con mis proveedores exigiéndoles transparencia y buenas prácticas, para luego pasar a la comunidad que me rodea y todos mis stakeholders. Solo luego de eso estaré preparado para ir a exigir a mi elegido, al funcionario público o municipal que la coima no corre con nosotros y que al mínimo intento lo denuncio.
¿Por qué el político corrupto le debería hacer caso a un empresario que no hace las tareas correctas en su propia casa? Con qué argumentos uno se enfrenta a una corrupción sistémica y descentralizada (definición de Daniel Mendonça), cuando él mismo y cuando le conviene, utiliza esta venenosa rosca.
La corrupción es un problema de todos los paraguayos y debemos asumir también nuestro rol para combatirla. La misma nos ha condenado a un subdesarrollo terrible, con niveles de educación y salud paupérrimos. Todo porque el poco dinero que debería entrar al Estado no solo es desviado para los bolsillos de unos pocos (agentes públicos y también privados), sino otra vez mal usados.
Según el Foro Económico Mundial, la corrupción es el factor más problemático para hacer negocios en la región. Este fenómeno está deteriorando la competitividad y el desarrollo productivo, pues genera competencia desleal, reduce la inversión nacional y extranjera, agudiza la desigualdad, impide la solución de las necesidades de la población, deteriora la confianza ciudadana en el Estado y causa inestabilidad política en el país. O sea, es un problema que afecta directamente a nuestras empresas, a nuestro clima de negocios.
Días pasados hemos aprendido algunas lecciones del modelo colombiano de lucha contra la corrupción. Colombia, un pueblo sufrido, con graves problemas de terrorismo, secuestro y narcotráfico, está hoy día en mejora constante. También la corrupción es un problema grave y lo han venido trabajando duramente estos últimos años. El experto colombiano Andrés Ucros (director de Seguridad, Paz y Justicia de la Cámara de Comercio) nos comentaba que no es suficiente y no mejoran los niveles de corrupción realmente con el aumento de penas o más castigos.
Su sugerencia está en generar un “un cambio de hábitos” y trabajar sobre la cultura de la gente. Y coincidimos, lo normal (mínimos actos de falta de transparencia o habituales pequeños actos corruptos) están como casi “permitidos” y no castigados socialmente en nuestro país. Y esa es la base, si no trabajamos sobre una concienciación de todos los ciudadanos, en pequeños hábitos que son “normales”, pero que no son correctos, seguiremos viéndolos como aceptados y permitidos (porque así nomas es luego en Paraguay).
Necesitamos crear una “cultura de la legalidad”. De esta forma, todo aquello que está en contra de la ley no solo podrá ser reprimido y castigado por la Justicia, sino que gran parte del cambio y el trabajo será hecho por el propio repudio ciudadano. Creemos que el cambio es posible, tenemos esperanza. ¡Ayudemos y apostemos a ello!

