• Por Jorge Torres Romero

En realidad nunca se han ido. Siempre estuvieron ahí, agazapados, mimetizados en algún ente o simplemente aguardando el momento justo para devorar cuanto se atraviese frente a ellos a costa del erario público.

La red de justicia nunca pudo pescarlos y con todo lo que se han tragado pudieron escupir algún resto para repartirlos y seguir impunes. No perdemos aún las esperanzas de que sean pescados y que ninguna veda les permita seguir procreando.

Los manguruyeses de nuestra fauna política y empresarial están al acecho. Un claro ejemplo es lo que hoy ocurre en el Ministerio de Obras Públicas y Comunicaciones y que nuestro diario detalla en su edición de hoy.

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Después de mucho derroche de dinero público en beneficio de empresas contratistas vinculadas al rubro de la construcción y sin que se halle nunca una solución definitiva al drama del río Pilcomayo, el año pasado se corroboró dónde estaba el meollo de la cuestión. Exprofeso se hacían mal los trabajos para así cada año mantener el negocio y seguir facturando.

Era raro que justo Paraguay sea el único país que siempre salía perdidoso con las aguas de un río compartido con un país vecino, cuando en el mundo ya se han encontrado soluciones para este tipo de problemas. El problema era sencillo, había sido. La limpieza del Pilcomayo necesariamente debió hacerse sacando los sedimentos fuera del lecho del río a fin de que no vuelva a taponarse el curso con el mismo material que exprofeso las contratistas dejaban al costado del canal.

Adrede hacían mal el trabajo porque eso les permitía volver a entrar año tras año en las millonarias licitaciones y encima cada vez más con mayor presupuesto para las obras por parte del MOPC. En promedio, el ministerio destina US$ 10 millones al año para este efecto.

Era una rosca maldita instalada, en contubernio con funcionarios del MOPC y empresarios viales. Esta rosca se llegó a quebrar en el 2017 gracias al impulso del sector privado, con gente de la Gobernación de Boquerón y otros actores. Las autoridades del ministerio se dieron cuenta de que la metodología debía ser diferente y por las pruebas que se hicieron cambiaron las exigencias y el sistema de trabajo con resultados altamente beneficiosos y observados a simple vista. Prueba de esto es que este año en junio se llegó a tener agua en tiempos de sequía en la zona de Gral. Díaz, Chaco.

Simplemente se limpió correctamente el cauce y sacaron los sedimentos fuera del lecho del río. Pero qué pasó ahora. Volvieron quienes vieron perder el eterno negocio, aprovechando quizás la ingenuidad de un ministro teólogo, incapaz de comprender el fondo de la cuestión, para nuevamente acaparar las licitaciones y repetir la historia: generar el problema para luego ellos mismos ofrecer la solución.

Se tiró por la borda lo que costó descubrir y desbaratar en beneficio, por un lado del Estado, al permitirle un ahorro de US$ 10 millones por año, y, por el otro, a un grupo de gente de trabajo cuya operatividad anual del río es negocio para sacar sus productos hortícolas, a ganaderos de la zona, y a la fauna y flora del lugar.

Arnoldo Wiens en sus tiempos de periodista logró recorrer la zona y conoce bien las consecuencias de un cauce seco y taponado. Aunque las adjudicaciones ya se dieron el jueves pasado, todavía está a tiempo de rever la situación y exigir a las empresas contratistas hacer el trabajo como se debe. De lo contrario, esas imágenes repetidas y recurrentes de los jacares muertos las volveremos a tener. Anímese, ministro, y no permita que los manguruyuses nos sigan devorando. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.

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