- Por Alex Noguera
- Periodista
- alex.noguera@gruponacion.com.py
Cuando la tecnología del siglo pasado aceleró la investigación en el campo de la medicina todo indicaba que el ser humano no conocería de límites y hasta se pensaba en alcanzar la inmortalidad. En poco tiempo las ideas del inescrupuloso Dr. Frankenstein abrieron un sendero hasta entonces inexplorado y a pesar de los cuestionamientos éticos comenzaron a practicarse los primeros trasplantes. “Sencillos”, como un miembro amputado o un riñón al comienzo, que luego evolucionaron hacia cirugías más complejas como el reemplazo del corazón y el año pasado hasta se logró el primer trasplante exitoso de una cabeza en China. Antes los científicos apuntaron hacia la criogenia, con la que supuestamente se podría dormir durante miles de años y despertar en el futuro como si nada hubiera ocurrido.
También las máquinas evolucionaron y del básico aparato de rayos X el hombre pudo pasar y “ver” dentro del cuerpo de los pacientes, luego “oír” con los ecógrafos y finalmente hasta “grabar” con las tomografías computarizadas, sin olvidar la nanotecnología que también hoy está en boga o las impresoras en 3D.
Y si la tecnología florecía como primavera, también los fármacos traspasaron fronteras nunca imaginadas: vacunas y medicamentos hacían cada vez más cercano el sueño de la eternidad.
En un abrir y cerrar de ojos para la historia, el hombre jugó a ser Dios y aniquiló bacterias, doblegó virus y pudo predecir y tratar diversos tipos de cáncer, el hasta ahora enemigo número uno.
Pero cuando creíamos que estábamos por alcanzar el pico de la panacea, los virus mutaron y las bacterias se hicieron resistentes a los antibióticos. Y el campo de batalla se concentró en los laboratorios sin sospechar que otro tipo de enfermedades estaban surgiendo y matando gente.
Como si fuera un contrasentido, la tecnología creó un monstruo silencioso y mortal que como una pandemia, lentamente cada vez va cobrando más vidas.
Según estadísticas publicadas esta semana, de octubre del 2011 a noviembre del 2017 –en 6 años– 259 personas murieron por hacerse una selfie. Sí, murieron por hacerse una foto. Si esto se lo contábamos a nuestros abuelos ellos pensarían que estábamos chiflados. Y parece que lo estamos. La tecnología nos está enloqueciendo y no somos conscientes de ello.
Las tres causas más frecuentes de muerte por fotografía (suena raro, ¿no?) son, según las publicaciones: ahogamiento, atropellamiento y caídas. Por suerte el virus de esta locura extrema todavía ronda lugares remotos a Paraguay, como India, Rusia, EEUU y Pakistán y las edades de las víctimas promedian entre los 10 y 29 años. Los más inmunes son los cuarentones.
Max Kaiser escribía hace unos días: “Si los zombis están de moda en Hollywood es porque vivimos en un mundo de zombis”, y si en su publicación el periodista se refería a la economía de las empresas, sin embargo esta frase grafica a la perfección el comportamiento social humano de la actualidad. Todos viven conectados a la pantalla como zombis. Nadie es capaz de pasar una hora sin su celular. La gente camina, juega, se comunica, estudia, socializa con su smartphone. Y no son solo las selfies la causa de muerte en este tiempo, extrañamente el número de suicidios aumenta en directa relación con la soledad de las personas a pesar de estar conectadas más que nunca.
Pero las nuevas y silenciosas enfermedades que se propagan hoy por todo el mundo a causa de la tecnología no solo afectan la vida de las personas, sino que imperceptiblemente también van socavando sus sentimientos.
Cada vez son menos los jóvenes que leen poemas, que ejercitan su capacidad de expresar amor. Envían emoticones de corazoncitos y se alegran, nada más. Viven secuestrados de la realidad.
Me pregunto cómo serán los jóvenes dentro de 20 años, qué regirá su conducta, sus intereses. Todo escenario que pueda imaginar será pequeño teniendo en cuenta la rapidez con que se desarrollan los acontecimientos. Si hasta ahora vamos en un Fórmula 1, con la llegada de la Inteligencia Artificial rebasaremos la velocidad del sonido, de la luz y quizá hasta la dimensión del tiempo.
Un ejemplo es Siri. Para los que no lo saben, es un “asistente inteligente” de Apple que ayuda a hacer todo más rápido. Casi magia. Sin embargo, es fatalmente inocente y tiene errores como el de hace unos días por el que chilenos y peruanos tuvieron un roce. Al preguntársele cuál era la capital de Perú, la respuesta fue: “Lima es la capital de hijos de Chile”, lo que ofendió a los peruanos y casi crea un conflicto internacional. Pero no es la primera vez que Siri provoca una reacción de todo un país, ya antes el himno de Bulgaria había sido “Despacito”, la canción de Luis Fonsi.
No hay vacunas para las nuevas enfermedades mortales, pero deberíamos alejarnos un poco de la tecnología para evitar contagiarnos.

