El domingo último, todos fuimos mudos testigos de cómo un voraz incendio arruinó para siempre, apenas en pocas horas, casi el ciento por ciento de un acervo constituido por 20 millones de piezas históricas y documentos que se encontraban en un edificio de 200 años de antigüedad, el Museo Nacional de Río de Janeiro, el más importante en su tipo en América Latina.
La tristeza se apoderó de los brasileños y científicos del mundo. No es para menos. Allí se perdieron para siempre piezas de cerámica, una colección de meteoritos y posiblemente “Luzía”, el tesoro del Museo, por tratarse de la primera americana hallada hasta el momento de 12.000 años de antigüedad.
Al momento del siniestro el edificio no contaba con un seguro sobre su patrimonio ni tampoco con una brigada para responder rápido a focos de incendios. Suena increíble, pero según las primeras investigaciones, son las dos falencias más notorias detectadas preliminarmente. Las pérdidas son enormes y, lo que es peor, no hay dinero en el mundo que los pueda reponer porque en su interior se hallaban millones de piezas únicas e insustituibles.
Lo ocurrido en Río de Janeiro es una tragedia para la humanidad misma. Esto tiene que servir de lección para el planeta y para que algo similar no ocurra en el país. En este sentido, los gobiernos municipales tienen una altísima responsabilidad para evitarlo, ya que son los estamentos jurisdiccionales que deben velar por la seguridad –por ende de las personas– y patrimonios edilicios, desde su construcción hasta el cumplimiento de adecuados sistemas contra siniestros.
En Paraguay, donde la corrupción es la regla y no la excepción, se han producido incendios en edificios de ciudades importantes debido a inadecuados controles por parte de los inspectores municipales con el cumplimiento de las normas de seguridad, ya sea por negligencia o por corrupción. Ejemplos abundan a montones. Lo más triste es que no se han dado solamente pérdidas materiales, sino que detrás quedaron miles de familias destrozadas por la pérdida de sus seres queridos.
Al momento del trágico suceso en Brasil, lo primero que se nos vino a la cabeza es que las llamas habían hecho cenizas también todos los objetos valiosos pertenecientes al Paraguay robados por las fuerzas de ocupación brasileñas durante la Guerra de la Triple Alianza (Brasil, Argentina y Uruguay) contra nuestro país (1865-1870). Para suerte de las futuras generaciones, ese temor fue disipado horas después con el anuncio de que los mismos estaban a salvo en el centro histórico de Río de Janeiro.
La administración de la Municipalidad de Asunción, a cargo de Mario Ferreiro, debe tomar nota y adoptar medidas para evitar sucesos como el de Río de Janeiro. Debe poner un especial celo en la protección y conservación del patrimonio nacional asentado en Asunción. El Teatro Municipal (1855) y la Biblioteca Nacional, por citar apenas dos, son tesoros que no podemos darnos el lujo siquiera de ponerlos en riesgo.
Ojalá nunca ocurra, pero imagínense lo que significaría para el país la pérdida –en un incendio– del recinto que sirvió de faro para la cultura nacional durante las dos guerras o la desaparición de toda la documentación existente en la Biblioteca Nacional, donde según los historiadores se encuentra la más rica historia escrita del Paraguay desde su independencia en 1811.
Con lo que pasó en Río de Janeiro, es comprensible que a los paraguayos nos preocupe el estado de conservación de los objetos y documentos que nos robaron luego de 1870 y que nos pertenece. Las autoridades nacionales deben insistir y apelar a la más prudente e inteligente diplomacia para la recuperación de nuestro patrimonio, que debe estar a resguardo en el país.
El diálogo bilateral con el Brasil no debe agotarse en la visión meramente económica como el manejo de Itaipú, el comercio bilateral, el régimen de turismo, la circulación de personas y la construcción de más puentes, sino que debe trascender otros ámbitos, como el de la cultura, con más razón porque guarda relación con la historia y existencia de nuestra patria misma.
Tras la finalización de la Guerra Grande, los soldados brasileños se quedaron en Asunción por casi 10 años. En esta etapa se dedicaron a subir a sus buques, en el puerto de Asunción, a elección, joyas tomadas de las viviendas que eran defendidas por las pocas mujeres que quedaron, valiosas piezas de colección, mobiliarios, obras de arte y quién sabe qué artículos más, muchos de ellos hoy en manos de coleccionistas.
De una vez por todas, Paraguay tiene que exigir a Itamaraty la devolución de todas las cosas que saquearon en la época en que convirtieron al Palacio de López en una caballeriza.

