Por Jorge Torres Romero, periodista

No solo a los políticos les debe pasar, sino a todos en general, que juzgar, condenar o repudiar a nuestros enemigos o desconocidos resulta mucho más fácil que hacerlo con nuestros propios amigos, cuando sabemos que en su condición de servidores públicos incurrieron en una falta grave.

En situaciones como estas es cuando se miden la solidez de nuestros principios y valores y, sobre todo, definimos de qué lado estamos. Para el político es menos traumático atacar al adversario denunciado o salpicado por algún hecho de corrupción, pero cuando se trata de uno de su mismo sector se complica, el delito ya no es tal, la culpa se aliviana o se usa la típica y trillada frase de que está siendo víctima de una “persecución política”.

El famoso “chancho de nuestro chiquero”. Esto mismo se traslada en lo que la prensa proyecta y esto se evidenció en estos días con las movilizaciones o escraches a políticos.

Es hasta natural que tal o cual personaje que tiene una carga pública nos caiga mejor, o que haya generado mayor empatía, quizás por las coincidencias de pensamientos, posiciones, actitudes o incluso con una hoja de vida que lo coloca en una posición distinta al resto. Pero el bandido es bandido y el corrupto es corrupto. No deberían establecerse escalas de bandidajes, basadas en grados de amistad.

Es difícil comprender por qué el que robó 50 es menos escrachado que el que robó 30. En esto tiene mucho que ver la campaña que le imprimen los medios de prensa, los líderes de opinión o el termómetro de las redes sociales. Aquí no existe equidad en el escrache, que debería ser proporcional al delito que se habría cometido.

En este escenario es cuando se plantea lo que sería no toquen a “mi corrupto favorito”. Cada uno tiene sus razones. Ante el escrache realizado a la senadora Desirée Masi, montado o no, como también podrían ser los demás, hemos leído que la lucha de Desirée en tiempos de la dictadura fue tal que hoy gracias a ella disfrutamos estos aires de libertad. Podríamos coincidir con eso, pero eso no le da licencia para actuar a la par que un González Daher, advirtiendo a ministros de Corte con detener tratamientos de juicios políticos a cambio de enfriamientos a los procesos que pesan sobre su marido.

El tráfico de influencias es uno solo. Quizás uno lo haga toscamente y la otra, con más modales, pero el daño a la justicia es el mismo. Lo mismo ocurrió con un senador que se había comprometido a “barrer con la vieja política” que por ser otro de los “corruptos favoritos” la sacó barata. Uno llamó a una jueza para operar por su amigo corrupto, el otro llamó a preguntar si el juez era “hablable” para luego hacer lo mismo que el otro.

Y así como estos casos hay una larga lista. Lo positivo de esta ola de escraches, además de tener una ciudadanía movilizada, con o sin intereses particulares o sectarios, es que vemos cómo desde la misma prensa, todas en general, se juegan intereses propios alejados de aquel compromiso de objetividad y ecuanimidad.

La consigna pareciera ser que mientras sea útil al objetivo ocasional de ataques a la víctima de turno o al enemigo elegido, no importa los antecedentes del tiroteador. “Si le atacas a mi enemigo, ya serás mi amigo, aunque seas un bandido”.

En este ambiente de furia y crispación que vivimos, alentados en gran parte por los medios que debemos seguir haciendo rentable el negocio de la “noticia”, aunque muchos no lo asuman, poco favor le estamos haciendo a la sociedad como formadores de opinión.

Si desde los medios nos volvemos en simples activistas de causas ocasiones, la gran jungla de libertinaje que son las redes sociales, terminarán por devorarnos.

Para que la prensa pueda subsistir hay que volver a la esencia del periodismo. Como lo señala Bieto Rubido, prestigioso periodista español, los valores del periodismo auténtico son universales y permanecen en el tiempo aunque podamos envolverlos en el papel de parafina del progreso tecnológico, avance que, no cabe duda, nos amplía públicos, nos obliga a más, pero que en absoluto debe cuestionar ni aún menos alterar la médula del oficio: informaciones auténticas, rigurosas y fieles a la realidad. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.