La que termina fue una semana dura. Como un mensaje del más allá, el martes de noche inquietos murciélagos agitaron sus negras alas imaginarias presagiando funestos acontecimientos, evitando que pudiera conciliar el sueño. La lucha fue tenaz, con idas y venidas a la sala, a la cocina, a la heladera, encendiendo y apagando la tele y la computadora, hasta que finalmente, a las 5:00 de la madrugada, una poco comprensible cama que hacía rato me había perdido la paciencia a fuerza de dar vueltas y vueltas sobre ella, se apiadó de mi necesidad y me hundió en las tranquilas aguas de la inconsciencia.

Juraría que solo habían transcurrido unos minutos cuando una llamada telefónica despertó el día, así como una cadena luctuosa de acontecimientos. Era una vecina que me avisaba que don Almada, un insigne residente del barrio, había fallecido.

Como es natural, rápida y mentalmente organicé el ajedrez de movimientos para poder ir a despedir al amigo y dar los pésames a la familia, mas una pérdida de combustible frustró esas buenas intenciones y me llevó al taller. Una vez más.

Ese miércoles gris se sintió más frío aún luego de recibir un mensaje de Whatsapp que, con imágenes, evocaba recuerdos del pasado. Había una foto de un recreo en época de colegio cuando todavía no existía el celular y la charla era entre compañeros y no con el teclado de los smartphones. También se veía a un niño que era bañado en una latona, otra figura evocaba la travesura de comer leche en polvo con cuchara sin que la mamá lo supiera y juegos de antes, además aparecía una radiograbadora con cassette y hasta un carrete con tinta de máquina de escribir.

En medio de la desazón y de la humedad que presentaba el lugar de reparación de vehículos, para alegrar un poco la tarde –con el mayor espíritu inquisidor posible– acerqué el aparato celular a un joven de aproximadamente 20 años de edad y le pregunté qué era esta última imagen. Pensé que su contestación sería un “¡wow, qué viejo! ¡Una cinta para máquina de escribir!” o algo parecido. Y sin embargo, para mi sorpresa, como respuesta me preguntó con curiosidad que para qué era eso, que él nunca había visto un rollo de película de ese tipo.

En vano intenté explicarle su función, que gracias a esa cinta las teclas que golpeaban el papel que estaba sobre el rodillo de goma le daban impresión a las letras. Me sentí viejo.

Al día siguiente, el jueves de mañana, recibí otro golpe a través del WhatsApp: Ulfi, un querido compañero de colegio había sufrido un mortal ataque al corazón. El dolor de esa pérdida se agravó con un alarmante comentario en el grupo: “¡Gran P... ya empezamos!”.

Resulta que, como cuando se cocina pororó, después del medio siglo de vida la convocatoria a los funerales de amigos y conocidos comienza con el “pop” de la primera palomita de maíz que explota y luego vienen seguidos los “pop-pop”, “pop-pop-pop”... para formar un humeante recipiente lleno de blancas túnicas de ángeles. Hasta que le toca a uno.

La muerte invita a la reflexión. “Era tan joven” es la frase que resuena en cada generación, aunque el que parte hacia el viaje eterno tenga 20 o 60 años. Coincidentemente, ese día jueves otro ángel subió al cielo. El poeta Carlos Federico Abente, a sus 103 años, se cansó del mundo terrenal y fue a buscar inspiración desde otro ángulo.

En vano los hombres intentan engañar a la calavera ataviada de guadaña, ya que por más espíritu de acero que tengamos, a la larga ella siempre acaba ganando.

El juego de la vida es tan adictivo que todos los que participan olvidan que tarde o temprano debe concluir. Les guste o no. Y los que quedan son los que se encargan de juzgar a los que abandonan el tablero.

La historia guarda el recuerdo del “fair play” de los buenos participantes o el de los tramposos que se creyeron más vivos que los demás, aunque igual terminaron muertos.

A veces habría que pensar en los seres queridos que dejamos y en la carga que deben soportar tras la partida. Aunque la mayoría piensa en la herencia, en esos bienes materiales que los parientes se reparten como cuervos, el legado más difícil de dejar es la imagen del de una persona íntegra.

Muchos son ignorantes y se creen más que “los comunes”. Pierden el tiempo en ostentar lo que tienen, como si eso les diera más fichas para seguir jugando.

Otros se creen eternos y hasta reniegan de su dios a cambio de privilegios. Olvidan que les espera el inevitable lecho de la extrema unción. En vano ocultan sus desenfrenos, ya que sus víctimas los reconocerán en este mundo y en cualquier otro.

La frase atribuida supuestamente a Vladimir Putin sobre los terroristas: “Perdonarlos a ellos es cosa de Dios, enviarlos con él es cosa mía” debería recordarnos que la muerte es insobornable y es mejor que nos encuentre en paz y no intentando destituir a Dios; que el fuego está debajo y en el recipiente comienza a escucharse el primer “pop”.