• POR AUGUSTO DOS SANTOS
  • Analista

Fue impresionante la reac­ción a la homilía de mon­señor Ricardo Valenzuela, obispo de Caacupé, por­que demuestra fehaciente­mente, una vez más, aque­lla sabia expresión sobre muertos que se asustan de degollados.

En primer lugar siempre hay que aplaudir a una Igle­sia que critica. Ella ha sido siempre –con sus luces y sus sombras– un faro que ilu­minó la cultura occidental y dentro de ella la política. Pero ese no es el motivo de esta comentario, el motivo es la reacción.

Es impresionante cómo la clase política en situación proselitista llevó agua en todas las direcciones y dentro de este esfuerzo no hizo otra cosa que caer en el ridículo por algunos ribe­tes que vale la pena conver­sarlos.

Es cierto que normalmente estas homilías cuestionan la gestión del Gobierno, pero no es menos cierto que verlos a conocidos malhe­chores y forajidos de la polí­tica aplaudiendo la homilía o haciendo sesudos análi­sis sobre ella, después de vaciar instituciones y pro­ducir descarados latro­cinios, brinda una clara perspectiva sobre cómo funciona la memoria polí­tica en el Paraguay.

¿Qué opina de la homilía? le consulta un periodista a un candidato opositor cuyos casos de robo al Estado no terminan de ventilarse en la Justicia por obra y gra­cia de la coima chicanera; y este, toma aire y responde arreglándose la corbata: -"Me encantó, creo que este es el país que estamos tratando de construir por sobre la corrupción impe­rante".

Es interesante cómo estas ocasiones sirven para ver cómo los intereses políti­cos-mediáticos sirven para el recauchutaje de dinosau­rios que no tienen ningún problema en ponerse serios ante una cámara de televi­sión y cuestionar al mundo prehistórico. Es que todo "sirve" en campaña, porque su prodigiosa cosmética es capaz de maquillar un coco­drilo y convertirlo en sire­nas que nos inunden con su canto de inocencia.

Bueno el mensaje de la Igle­sia. Deplorable el intento de varios "ángeles" de este momento político que hasta hace pocos meses nomás eran capaces de vender la dentadura de oro de la abuela y hoy son corde­ros balando amén con sus caritas de niños de primera comunión.

Proselitismo, oh, proseli­tismo.

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