Mientras los diputados dedicaban ayer la sesión a aprobar –no se puede decir debatir o analizar– una gratificación millonaria para los funcionarios de la institución, quienes decretaron prácticamente feriado saliendo a festejar por los pasillos como si fuera Carnaval, dándose por terminada la jornada legislativa, sigue pendiente un proyecto de emergencia educativa que afecta a cientos de miles de estudiantes y docentes y de familias enteras que viven pendientes de la amenaza de derrumbe de gran parte de las escuelas y colegios nacionales; emergencia que, tras una larga jornada en el freezer del Senado, se prolonga, con esta nueva postergación, en el freezer de Diputados.
La fiesta triunfal de los pocos beneficiados, una prebenda más que engorda el prebendarismo, contrastó con el olvido de lo que es realmente una emergencia a lo largo y ancho del país, salvo en la minúscula cápsula del Palacio Legislativo.
Paralelamente, en la Cámara Alta también se declaraba so'o, por la vía rápida del abandono de la sala dejando sin quórum al Senado, donde debía tratarse otro tema de capital importancia para el país, la pobreza, una inversión millonaria para ayudar a 25.000 pequeños productores para promover la agricultura familiar.
Hasta aquí el registro de falta de actividades legislativas en el Congreso durante una semana. A la que se restan, como ya es el caso de la emergencia educativa, la dilación de los fondos previstos para apoyar a los sufridos agricultores, que una vez más tienen que esperar.
El saldo en rojo de la actividad realizada para otorgar un aumento privilegiado a los funcionarios de los diputados –que en buena medida son más bien parientes, chongos y correligionarios– lo tendrá que pagar toda la ciudadanía.
¡Por suerte los bomberos no se rigen por este sistema de "incumplimiento y dilación" de sus funciones! ¡El país estaría ardiendo en llamas!
Sin embargo, aunque no sea tan evidente, el atraso legislativo no deja de ser grave y peligroso, cuando se trata de temas de verdadera emergencia y de principal importancia para una gran parte de la población, que en los discursos políticos suenan frecuentemente como prioridades, y hasta son preocupaciones exaltadas con elocuencia y rimbombancia. En la práctica, esos incendios se congelan en el freezer, en el anonimato colectivo, pues ninguno de esos legisladores justificaría en público la postergación de la emergencia educativa ni la necesidad de apoyo a la agricultura familiar.
Sabemos que la mayoría de estas medidas son parte de la lucha política entre partidos, entre bancadas de partidos, entre facciones de partidos, en conflicto con el accionar del Ejecutivo, con un trasfondo inequívoco: el electoralismo.
Se boicotea un proyecto, una inversión o una acción de gobierno porque eso puede ser rentable para el partido o el grupo en el gobierno. No se piensa en país ni en realidades; se piensa en cómo debilitar a los contrarios, cómo paralizar las acciones que puedan dar crédito a un equipo o un funcionario de gobierno.
Asistimos ahora mismo al triste espectáculo de que la nueva directiva liberal quiere cambiar a funcionarios liberales porque no son de su carpa.
Los principales dirigentes de partidos y movimientos, de facciones y carpas, están ya en campaña para las próximas elecciones. Este es un viejo vicio de la política que en la mayoría de las democracias modernas se ha corregido con la regulación de los períodos y las campañas electorales.
Lastimosamente, aquí no hay fechas, ni límites ni sanciones. Tal vez la urgencia más importante que tenemos en materia legislativa es revisar la legislación electoral y plantearse corregirla. Que, como en las democracias civilizadas, tengamos tiempos y límites para la actividad electoral. Y que se cumplan; porque, como podemos ver, las violaciones a las pocas limitaciones electorales que existen no se cumplen; por el contrario, se incumplen con frecuencia y no se conoce hasta la fecha alguna sanción importante que haya afectado a los asiduos violadores electorales.
Tal vez, si se limitara el electoralismo eterno, la emergencia escolar y un préstamo para los pequeños agricultores, tan exaltados en los discursos políticos y tan abandonados en la realidad, fueran más urgentes e importantes que aumentar el ingreso de los correligionarios.