La educación es una condición básica para todo crecimiento. Las sociedades del primer mundo han comprendido que sin ella es imposible lograr mejores condiciones de vida, por lo que sus estados ponen mucho énfasis en dotar las herramientas adecuadas y los esquemas educativos actualizados para una mayor educación de sus poblaciones.

No es secreto que cuanto mayor educación tenga un pueblo, mayor será el beneficio para el mismo pueblo. Las instituciones responsables de la educación, ante esto, tienen la obligación de brindar el sistema educativo apropiado y la infraestructura adecuada para el desarrollo de la enseñanza. Solo así, los niños y jóvenes podrán consolidarse como buenas personas y excelentes profesionales que forjen un mejor futuro para el país.

La situación de la educación paraguaya sigue en debate en todos los niveles. Los esfuerzos desde el poder central para lograr mejores condiciones y brindar posibilidades para elevar la enseñanza, como por ejemplo el programa de becas para capacitación en el exterior establecido para docentes, de momento no son suficientes para levantar la pesada estructura de mediocridad que se ha heredado. Tampoco alcanzan las becas para estudiantes universitarios que son otorgadas por la Itaipú Binacional, y otras tantas que ahora están a disposición principalmente de los jóvenes. Ni los esfuerzos del MEC en solucionar los problemas de infraestructura causados por la desidia de gobiernos anteriores.

Cabe decir que este tipo de programas de beneficios y esfuerzos estructurales indudablemente ayudan muchísimo a intentar elevar la educación, pero el esfuerzo de mejoramiento no debe partir solamente del Estado, sino también de los actores principales del proceso de enseñanza. Estamos hablando de las autoridades de las instituciones educativas, de los docentes, de los estudiantes de todos los niveles y de los padres. No es posible pensar en que el mejoramiento solo vendrá de uno de estos estamentos. Se debe decir, sin embargo, que debe darse en el marco del respeto, porque al salirse de este esencial requisito, se pierde todo argumento para pelear por lo que se desee.

La "revuelta estudiantil", como La Nación llama a la movilización de estudiantes universitarios poniendo incluso en sus páginas un banner para graficar el tema, debe ser de vuelta tomada como un ejemplo de un ejercicio que necesitan con más asiduidad las instituciones de educación: el debate. Una universidad no puede rehuir a una permanente discusión crítica sobre temas que hacen al saber, porque una de sus funciones específicamente se refiere a la obligación de generar pensamiento. Es decir, más allá de las posturas respecto a los estatutos de la Universidad Nacional de Asunción (UNA), que en este momento son el punto central de la discusión, la revuelta impulsada por los estudiantes debe ser motor para seguir insistiendo en la necesidad de un amplio debate sobre la educación superior, de la educación en general, que se encuentra en terapia intensiva en varios de sus niveles.

A esta revuelta, se suma nuevamente la marcha organizada por estudiantes secundarios, rememorando las manifestaciones que iniciaron el año pasado que permitieron un antes y un después en la relación de las autoridades con los jóvenes. Hay que decir que el pensamiento crítico de los alumnos secundarios es también el reflejo de algo bueno que se estaba haciendo. Hoy tenemos adolescentes y jóvenes probablemente más comprometidos para exigir y reclamar cuando ven que las cosas no funcionan. Y eso, es un elemento muy importante para el crecimiento como sociedad. Sí falta una mayor responsabilidad de ellos mismos en el compromiso en el estudio y el respeto para todos.

La situación de la UNA no es un mero recuerdo de una revuelta estudiantil, sino la continuidad de un reclamo que los estudiantes vienen haciendo desde hace muchísimo tiempo. Las estructuras que se han creado en torno a los beneficios de la universidad pública deben ser derrotadas, y cómo hacerlo debe ser el foco de discusión más allá de los temas puntuales exigidos por los estudiantes.

Lo que se ha notado hasta ahora es que los actores políticos no se han sumado con fuerza al reclamo estudiantil. A modo de ejemplo, en el caso de los secundarios, se debe mencionar que en el Congreso sigue pendiente de resolución el pedido de emergencia educativa que habían pedido de manera urgente. En la instancia parlamentaria se sigue discutiendo los términos en que saldrá el proyecto, mientras la necesidad sigue siendo imperiosa.

En lo que respecta a la UNA, se puede notar que los estudiantes están solos en su lucha. Si bien una parte de los docentes apoya decididamente las discusiones planteadas, otros sectores de la sociedad, incluso el político, se mantienen en una suerte de silencio. Esto es incomprensible porque el resultado de una mejor educación superior será beneficio para todo el país. Es decir, todos saldremos ganando si las condiciones mejoran. Algunas empresas del sector privado han comprendido la importancia del debate y la necesidad de encaminar a la UNA por senderos más acordes a su función, pero como sociedad misma es poco lo que se está haciendo.

La educación debe ser un tema que supere las posturas políticas e ideológicas. Tiene que ser necesariamente un punto en el que cada sector ponga su granito de arena. Solo así podremos pensar en lograr una sociedad más capacitada para impulsar un mayor crecimiento.

La revuelta estudiantil nos recuerda el compromiso que tenemos todos, desde el lugar que nos corresponde. Nos refriega que con la educación no se juega. Si hay quejas, cuestionamientos y movilizaciones como las que estamos viviendo, sencillamente es porque algo no está funcionando. La solución debe ser encontrada de manera urgente si pretendemos lograr un mejor futuro.

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