El presidente Donald Trump al parecer piensa que puede superar cada desafío insultando a su eventual oponente. Esto funcionó espléndidamente durante la campaña presidencial.

Sin embargo, las instituciones estadounidenses no son enemigas políticas unas de las otras. A medida que avanza una investigación dirigida por Robert Mueller sobre posibles vínculos entre Rusia y la campaña presidencial de Trump, el presidente ha lanzado cada vez más insultos contra el cumplimiento de la ley. Sus acciones corren el riesgo de infligir un gran daño al país que él dirige.

Desde Twitter, Trump acusa a los ex jefes del FBI y de la CIA, así como a un ex director de inteligencia nacional y a los demócratas en los comités de inteligencia del Congreso, de "mentirosos y soplones". Afirma que "investigadores del FBI y el Departamento de Justicia han politizado el sagrado proceso investigativo a favor de los demócratas y en contra de los republicanos".

El desencadenante de este estallido es un memorando escrito por los republicanos en el Comité de Inteligencia de la Cámara sobre la vigilancia de Carter Page, un consultor de petróleo y gas que se convirtió en asesor de política exterior de la campaña de Trump. El memorando afirma que el FBI y el Departamento de Justicia no revelaron que "una parte esencial" de la evidencia utilizada, en octubre del 2016, para obtener la orden que les permitía vigilar a Page provino de un expediente compilado por Christopher Steele, un ex espía británico, cuya investigación había sido financiada por la campaña de Hillary Clinton y el Comité Nacional Demócrata.

El memo cita a Steele diciendo que estaba "desesperado porque Donald Trump no fuese elegido y trabajaba con pasión para que no sea presidente", y alega prejuicios contra Trump en el FBI. Trump, quien aprobó la divulgación del memo –que era clasificado– el 2 de febrero, afirmó que el mismo lo "reivindica por completo".

En verdad, Page es solo una parte de una investigación extensa y compleja, que comenzó no con él, sino que, tres meses antes de que cayera bajo vigilancia, con George Papadopoulos, otro asesor de política exterior ligeramente calificado, que desde entonces se ha declarado culpable de mentir a investigadores federales. La nota no dice que el FBI y el Departamento de Justicia se basaron por completo en la evidencia de Steele para solicitar una orden de vigilancia. Afirma que Andrew McCabe, un ex subdirector del FBI, le dijo al Comité de Inteligencia de la Cámara que "no se habría buscado ninguna orden de vigilancia" sin el expediente de Steele. Los demócratas en el comité dicen que esto es una distorsión.

La nota no explica bien por qué no se debe confiar en Steele. Dirigió la oficina encargada de asuntos rusos para el servicio de inteligencia exterior de Gran Bretaña y proporcionó una inteligencia sólida para el FBI. Su objeción a Trump parece haber surgido de su creencia de que el candidato había sido afectado por la inteligencia rusa. Eso no es lo mismo que el sesgo político. Lo mismo podría decirse de los agentes del FBI que investigan los supuestos vínculos de la campaña de Trump con Rusia.

En cuanto a Page, había estado en el radar del FBI desde el 2013, cuando la inteligencia rusa intentó reclutarlo. El tribunal encontró causa suficiente para renovar la orden de vigilancia de 90 días en tres oportunidades.

Sin embargo, los republicanos del Congreso cerraron filas en torno al memorando. El representante Matt Gaetz (R.-Fla.), quizás el partidario más fuerte de Trump en el Congreso, dijo que mostraba "un patrón sistémico de abuso" en el FBI y el Departamento de Justicia.

Eso no es sorprendente. Como la ex agente del FBI Asha Rangappa, que ahora enseña en la Universidad de Yale, señala: "Para las personas que ya estaban convencidas, el memo podría haber dicho 50 veces, 'Soy Jesús' en crayón púrpura y habría demostrado que Mueller estaba equivocado".

Los demócratas en el Comité de Inteligencia de la Cámara afirman que los republicanos eligieron la evidencia que iban a presentar. Han escrito una nota de refutación, que el presidente debe desclasificar antes de que pueda ser divulgada al público. Si Trump lo hace, probablemente tendrá poca importancia política: los demócratas creerán una versión de la verdad, los republicanos otra.

El daño ya estará hecho. La versión republicana de la historia retrata al principal organismo de aplicación de la ley de EEU, cuyo ex director, James Comey, puede haber inclinado las elecciones hacia Trump cuando reabrió públicamente una investigación sobre Clinton pocos días antes de la votación en el 2016, así como al Departamento de Justicia, dirigida por la persona designada por Trump, como nidos de sinuosos liberales conspirando para derrocar al presidente. Esta falsedad parece haberse extendido: una encuesta de Reuters publicada el 4 de febrero sugiere que el 73% de los republicanos cree ahora que el FBI y el Departamento de Justicia están "trabajando para deslegitimar a Trump a través de investigaciones políticamente sesgadas".

Eso le queda perfecto a Trump. Despedir a Mueller sería extremadamente arriesgado. Incluso podría recordarle a los republicanos del Congreso que son miembros de una rama igualitaria del gobierno que juramentó apoyar y defender la constitución, no a Trump y a su familia. Embarrar las aguas es probablemente una estrategia más efectiva. Si el sesgo anti-Trump prevalece en los cuerpos federales de aplicación de la ley de EEUU, ¿por qué creer todo lo que dice Mueller?

Sin embargo, esa pregunta tiene un lado opuesto. Si las fuentes de inteligencia creen que el presidente podría revelar información confidencial cada vez que lo considere políticamente ventajoso, ¿por qué revelar algo a EEUU?

"Lo que ha hecho la nota", dijo Rangappa, "es anunciar que el FBI no puede protegerte".

Israel ya está reconsiderando su intercambio de información después de que Trump revela alegremente la inteligencia clasificada a los funcionarios rusos. Otros países pueden hacer lo mismo, no inmediatamente, por supuesto, y no del todo, porque todavía necesitan la inteligencia y la recopilación de datos de los EEUU. No obstante, cuando las personas con información vital tienen que decidir entre ir a EEUU –adonde la información sensible puede ser filtrada– o ir a otro lado, esos otros lugares pueden parecer cada vez más atractivos.