Desde hace tiempo, Yemen perdió el título de "Arabia Félix", o "Arabia afortunada". Ha sufrido guerras civiles, tribalismo, violencia yihadista y una pobreza atroz. Sin embargo, nada de esto se compara con la miseria que le ha traído al país la guerra entre la coalición liderada por los sauditas y los hutíes, una milicia chiíta respaldada por Irán.

Las Naciones Unidas han reconocido que tres cuartas partes de los 28 millones de habitantes de Yemen necesitan algún tipo de ayuda humanitaria. La basura acumulada, el deterioro del alcantarillado y la falta de agua potable han llevado a la mayor epidemia de cólera de la historia reciente. El país se encuentra al borde de la hambruna. La economía se ha derrumbado, dejando a la gente con opciones inverosímiles. Todos los días en el hospital al-Thawra, en Hodeia, los médicos toman la decisión de cuál de sus equipos usar, por la falta de combustible.

Y quizá lo peor de todo es que gran parte del mundo permanece impávido ante lo que sucede, insensibilizado por los años de derramamiento de sangre en Siria y otras partes de Medio Oriente, y falto de confianza en su habilidad para efectuar cambios. Siendo cínicos, Yemen se encuentra mucho más lejos de Europa que Siria, así que su atormentada población no busca asilo en Occidente.

No obstante, el mundo ignora a Yemen a su propio riesgo.

Dejando de lado por un momento la obligación de aliviar el sufrimiento de los civiles y protegerlos, hay en riesgo altos intereses de seguridad. El mundo no puede permitirse otro estado fallido, un nuevo Afganistán o una nueva Somalia, que se convierta en un caldo de cultivo para el terrorismo global. Además, Yemen domina el estrecho de Bab al-Mandab, un cuello de botella para los buques que utilizan el Canal de Suez. Nos guste o no, Occidente está involucrado. La coalición liderada por Arabia Saudita está luchando con aviones de guerra y municiones occidentales. Los satélites occidentales guían sus bombas.

Como muchas otras historias en esa región del mundo, la agonía de Yemen se remonta a las insurrecciones de la "Primavera árabe", en el 2011. Las protestas masivas, el intento de asesinato del presidente Ali Abdullah Saleh y la presión de los estados petroleros vecinos forzaron a Saleh a dimitir en el 2012, a favor del vicepresidente Abd Rabbo Mansour Hadi. Un proyecto de constitución propuso en el 2015 un sistema federal y una división parlamentaria entre norte y sur, pero los rebeldes hutíes que habían enfrentado a Saleh lo rechazaron.

Los hutíes, que siguen la rama zaydi del chiismo (como lo hacen tal vez el 40% de los yemeníes), se quejaron de que, entre otras cosas, la constitución los limitaba a una región con pocos recursos y sin acceso al mar.

Ahora aliados con Saleh, quien vio una oportunidad para regresar, los hutíes expulsaron a Hadi de Sana'a, la capital, y lo persiguieron hasta Adén. Arabia Saudita reunió a una coalición de estados árabes y milicias locales (entre ellas islamistas, salafistas y separatistas del sur) y forzó a los hutíes, en parte, a retirarse. Sin embargo, durante todo el año pasado apenas se movieron las líneas de combate. Los hutíes son demasiado débiles para gobernar Yemen y demasiado poderosos para ser derrotados por los sauditas.

Como resultado, los habitantes de Yemen se han convertido en los peones de la lucha por el poder regional entre Arabia Saudita e Irán. Alarmados por la creciente influencia de los iraníes, los sauditas han comenzado a referirse a los hutíes como hacen los israelíes con la milicia libanesa Hezbolá: como un peligroso ejército iraní sucedáneo en sus fronteras.

En realidad, los sauditas tienen mucho que aprender de la experiencia de Israel. Incluso con las armas más sofisticadas, los israelíes han aprendido que es casi imposible vencer a una milicia cuando está estrechamente arraigada entre la población civil. Se culpa a la parte más fuerte en el conflicto por el sufrimiento de esos civiles, y para la parte más débil la simple sobrevivencia es una victoria.

De este modo, aunque los hutíes son los principales responsables del inicio de la guerra, y además son capaces de una gran crueldad, son los sauditas a quienes se acusa de crímenes de guerra. A menudo tal acusación está justificada. En la campaña aérea han sido descuidados e incompetentes, en el mejor de los casos, y probablemente cínicos. Las organizaciones de derechos humanos sostienen que las bombas han sido dirigidas a escuelas, mercados, mezquitas y hospitales. El bloqueo levanta sospechas de que los sauditas estén usando la comida como un arma de guerra.

Cuanto más dure la guerra, más los aliados occidentales de los sauditas serán cómplices de sus actos. El presidente Donald Trump, de Estados Unidos, le ha dado carta blanca a Arabia Saudita para actuar de manera imprudente. Quizá piense que todo es parte de la misma confrontación con Irán, o quiera apoyar las reformas del príncipe Muhammad bin Salman. O simplemente espere beneficiarse de la venta de "grandes cantidades de hermoso equipamiento militar". Cualquiera que sea el caso, está dañando los intereses estadounidenses. Precisamente por la importancia de Arabia Saudita (el mayor exportador de petróleo del mundo y el hogar de los dos lugares más sagrados del islam), Occidente debería conminar a la restricción al impetuoso príncipe y ayudarlo a desligarse de una guerra imposible de ganar.

¿Cómo? Ya han iniciado pláticas de paz lideradas por las Naciones Unidas, con la demanda de que los hutíes se rindan, pero eso es poco realista. Quizá sea mejor congelar el conflicto y encontrar otro mediador, como Kuwait u Omán.

Un acuerdo de paz debería involucrar una retirada gradual de los combatientes hutíes de Sana'a y la frontera saudita, junto con el fin del bloqueo. Yemen necesita un gobierno inclusivo, elecciones y una nueva estructura de Estado. Arabia Saudita necesitará garantías de que las armas iraníes no fluyan hacia Yemen. Posteriormente deberá ayudar a pagar la reconstrucción del país.

Nada de esto será fácil. No obstante, es más probable que una oferta razonable de paz doblegue a los hutíes, que la continuación de los bombardeos. Sin el pretexto de que están respondiendo a la agresión saudita, tendrán que responder por sus errores. La opinión pública se vuelve cada vez más en su contra, la alianza con Saleh se está disolviendo y ellos mismos están divididos.

En estos momentos, en lugar de detener la expansión de la influencia de Irán, la guerra ha profundizado la dependencia de los hutíes con ese país, que ha encontrado un medio fácil y económico de atormentar al reino del desierto. Además, dado que Arabia Saudita está empantanada en Yemen, Irán tiene mayor libertad para negociar los términos de un acuerdo en Siria.

La guerra es una sangría para los sauditas en un momento de austeridad y difíciles reformas económicas en casa. Podrían entonces aprender otra lección de la experiencia de Israel en la lucha contra Hezbolá: si las guerras tienen que ser libradas, deben ser cortas y tener objetivos limitados. La disuasión es mejor que el caos debilitante.