¿Quién dirige Europa? Al comienzo de este año, la respuesta era obvia. La canciller de Alemania, Angela Merkel, avanzaba sin parar hacia su cuarta victoria electoral, mientras que el Reino Unido estaba afuera, Italia decaída y Francia estancada y con temor de que Marine Le Pen pudiera convertirse en la Donald Trump gala.

Esta semana todo se ve diferente. Merkel ganó las elecciones el 24 de setiembre, pero con un conteo tan corto de votos y escaños que es una figura reducida. Alemania se enfrentará a meses de delicadas conversaciones entre una coalición de tres facciones. Unos seis millones de votantes respaldaron a un partido xenofóbico de extrema derecha, muchos de ellos en protesta por las políticas de Merkel hacia los refugiados. Antes sin escaños, Alternativa por Alemania, una fuerza polarizadora y turbulenta, ahora es el tercer partido más grande en la Bundestag.

Al oeste del Rin, sin embargo, con un parlamento dominado por su propio partido, devoto y recientemente formado, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, exuda ambición. Esta semana usó un discurso sobre la Unión Europea para reclamar su derecho a los reflectores. El que Macron pueda regresar a Francia al escenario central de la UE, después de una década de haber sido solo parte del coro, no solo depende de sus planes para Europa, sino también de su éxito en casa para reformar un país considerado durante mucho tiempo irreformable.

Comencemos con Europa. Su discurso de esta semana rebosaba ideas, incluyendo un presupuesto militar compartido y una agencia para la "innovación radical", así como el deseo de fortalecer la eurozona. En cierta forma, un nivel la apuesta de Macron por el papel de innovador intelectual de Europa concuerda con una antigua tradición francesa. Lo que es más, algunos elementos de su discurso –un nuevo impuesto al carbón en las fronteras de la UE, una propuesta de gravar a las compañías extranjeras de tecnología donde ganen dinero, y no donde estén registradas, una cruzada en contra del "dumping social" con tasas de impuestos corporativos armonizadas– seguían de acuerdo con la postura de los franceses que desde hace tiempo intenta impedir a los Estados miembro competir de manera "desleal" entre sí.

No obstante, las metas de Macron son más sutiles y radicales que eso. Como para si quisiera probarlo, acordó esta semana que Alstom, un fabricante de trenes de gran velocidad, pudiera zafarse de la influencia de Estado y fusionarse con Siemens, su rival alemana del sector privado. Su objetivo es desterrar al populismo logrando un equilibrio entre proporcionar una seguridad laboral a los ciudadanos, por una parte, y animarlos a adoptar la innovación, a la que muchos temen por pensar que puede costarles el empleo, por la otra. Macron también defendió la innovación digital y la conclusión de un mercado digital único. Una reforma a la eurozona haría a Europa menos vulnerable ante la próxima crisis financiera.

El mérito de estas ideas depende de si conducen a más emprendimiento, una Europa más emprendedora, abierta y con confianza en sí misma, o a una fortaleza proteccionista. Sin embargo, puede que no se pongan a prueba en absoluto, a menos que Macron pueda tener éxito con sus políticas en su país. Si Francia sigue siendo una amenaza a la estabilidad económica de la UE, en lugar de una fuente de fuerza, su presidente nunca podrá ser más que un actor secundario al lado de la canciller alemana.

La política interna de Macron podría parecer haber tenido un mal comienzo. Ha conseguido titulares gracias al monto de sus pagos por maquillaje, a la caída de su popularidad y al vaho de arrogancia de su acercamiento "jupitereano" al poder. Como era de esperarse, los malhumorados franceses ya están discutiendo la legitimidad de los planes para cuya realización eligieron a Macron. Al parecer, la reforma en Francia sigue un patrón: hay oposición en las calles, el gobierno se retracta y se instala la parálisis.

Pero si vemos más de cerca, sin embargo, y Macron puede estar a punto de romper el patrón. Algo extraordinario, aunque poco notado, sucedió este verano.

Mientras la mayoría de los franceses estaban en la playa, Macron negoció con los sindicatos y obtuvo un reforma laboral de largo alcance y liberalizadora que firmó como ley el 22 de setiembre, todo ello sin escándalo. Hasta ahora, ni los sindicatos militantes de Francia ni su feroz extrema izquierda han llevado a las calles el apoyo masivo con el que esperaban contar. El 59% de los franceses dicen que apoyan la reforma laboral.

Seguirán más protestas. En el futuro hay batallas más difíciles sobre las pensiones, los impuestos, el gasto público y la educación. Macron necesita mantenerse ecuánime pero, sorprendentemente, ya aprobó su primera prueba importante.

De muchas manerasEn gran medida, Macron, de 39 años, no ha sido bien comprendido todavía. Detrás de su altivo exterior, está surgiendo un dirigente que parece ser valiente, disciplinado y reflexivo al mismo tiempo. Valiente porque las sus reformas laborales que, como Alemania y España saben, toman tiempo para traducirse en la creación de empleos, y por lo general entregan recompensas políticas a los sucesores de quienes hacen el ingrato trabajo de lograr que se acepten. Disciplinado porque presentó con claridad antes de ser elegido lo que planeaba hacer, y se ha apegado a lo que dijo. Se consultó ampliamente a los sindicatos, y dos de los tres más grandes aceptaron la reforma. Hay que comparar esto con lo que sucedió con su predecesor, el presidente François Hollande, quien trató de reformar de manera furtiva y solo se encontró con acusaciones de mala fe.

Por último, reflexivo: Macron no se acerca a las políticas como a un menú a la carta. Ha captado la manera en la que la tecnología digital está dislocando el mundo laboral. Su filosofía de gobierno es adaptar el anticuado sistema francés de normas y protecciones adecuadamente.

En los últimos años, una Francia debilitada ha sido un socio crónicamente poco fuerte de para Alemania, lo que ha empujado a Merkel a un papel en solitario que ni buscó ni disfruta. Si pretende cambiar esa dinámica, Macron necesita moverse rápidamente para que sus leyes laborales concuerden con la revisión del ineficaz presupuesto francés para la capacitación, aumentar la cantidad de plazas remuneradas para aprender de oficios y renovar los adormecidos servicios de empleo estatales. También debe explicar, en un tono menos desdeñoso, por qué sus planes de recortes de impuestos, incluyendo el impuesto al patrimonio y el impuesto corporativo, no están diseñados solo para beneficiar a las empresas y a los acomodados. En Europa debe asegurar a las economías más abiertas del norte que no está tratando de construir muros.

Los primeros pasos de Macron bajo los reflectores pueden ser vacilantes. Las apuestas por un dirigente que reforme a Francia nunca son altas. Luchará Le costará trabajo convencer a Alemania de adoptar su visión de una reforma a la eurozona. Sin embargo, si este año ha mostrado algo, es que es un error apostar en contra del formidable Macron.