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Liu Xiaobo, quien murió el 13 de julio, difícilmente era un nombre conocido en Occidente. Sin embargo, entre aquellos en China que han demandado democracia, resistiendo los despiadados esfuerzos del Partido Comunista para evitar que se establezca, destaca el nombre de Liu. Sus solemnes, serenos y persistentes llamados a favor de la libertad para el pueblo de China hicieron de Liu uno de los gigantes mundiales de la disensión moral. Pertenece al grupo de Andréi Sájarov y Nelson Mandela; y como ellos fue prisionero de conciencia y ganador del Premio Nobel de la Paz.

Liu murió de cáncer de hígado en una cama de hospital en el noreste de China. El sufrimiento soportado por Liu, su familia y sus amigos fue agravado por sus circunstancias miserables. Liu, un académico y autor especializado en literatura y filosofía, había cumplido ocho años de una sentencia de 11 por subversión. Su delito fue escribir una petición demandando democracia, una causa que había estado defendiendo durante décadas; fue prominente en las protestas de la Plaza Tiananmen de 1989.

Aunque estaba en un hospital civil, seguía siendo prisionero. El gobierno rechazó su petición y la de su familia de que se le permitiera buscar tratamiento en el extranjero. Apostó guardias alrededor de su sala hospitalaria, desplegó su ejército de censores de internet para borrar cualquier expresión de simpatía por él y ordenó a su familia permanecer en silencio. El Partido Comunista quiere que el mundo olvide a Liu y lo que representaba. Existe el peligro de que así sea.

Los gobiernos occidentales tienen una larga historia de timidez y cinismo en sus respuestas al pésimo tratamiento que da China a los disidentes. En los años 80, mientras China empezaba a abrirse al mundo exterior, los líderes occidentales estaban tan ansiosos por conseguir su apoyo en su lucha contra la Unión Soviética que hacían poco alboroto en torno de los prisioneros políticos de China. ¿Por qué molestar a un Deng Xiaoping de mentalidad reformista insistiendo en personas como Wei Jingsheng, que entonces cumplía una sentencia de 15 años por su papel en el movimiento Muro de la Democracia, el cual había visto extenderse las protestas en toda China y el cual Deng había sofocado en 1979?

Las actitudes de los líderes occidentales cambiaron en 1989 cuando Deng suprimió la agitación de Tiananmen, que resultó en cientos de muertos. De pronto, se puso de moda quejarse sobre el encarcelamiento de los disidentes, y ayudó que China pareció menos importante cuando la Unión Soviética se estaba desmoronando.

De vez en cuando, el gobierno liberaba a alguien, con la esperanza de rehabilitarse ante los ojos del mundo. Los líderes occidentales se sentían agradecidos: querían demostrar a sus propios pueblos, aun indignados por la matanza en Pekín, que la censura estaba funcionando.

Para mediados de los 90, la economía de China estaba en auge, y el comercio consignó una vez más a los disidentes a los márgenes. En opinión de los funcionarios occidentales, China se estaba enriqueciendo demasiado para hacerla enojar. Las empresas más grandes del mundo se tropezaban unas con otras por entrar en su mercado. Estados Unidos, Gran Bretaña y otros países establecieron "diálogos de derechos humanos"; útiles para separar los detalles humanitarios de las negociaciones de alto nivel.

La crisis financiera mundial del 2008-2009 inclinó más la balanza. Occidente empezó a ver a China como su salvador económico. A principios de este mes, los líderes del grupo de países G20, incluido el presidente de China, Xi Jinping, se reunieron en Alemania para su encuentro anual. Ninguno de ellos dijo ni pío sobre Liu, cuya enfermedad terminal había sido dada a conocer poco antes de que se reunieran.

¿Por qué quejarse? China toma represalias contra los países que critican su historial de derechos humanos. Restableció relaciones con Noruega apenas el año pasado, tras haberlas suspendido en el 2010 luego de que Oslo celebró la ceremonia del Nobel en la que se concedió a Liu su premio de la Paz. Como China no lo liberaría, fue representado por una silla vacía.

Además, es poco probable que Xi escuche. Antes de asumir el poder en el 2012, se burló de "unos cuantos extranjeros, con el estómago lleno, que no tienen nada mejor que hacer que tratar de apuntar con el dedo a nuestro país". En el cargo, ha intensificado la presión sobre los disidentes y otros que molestan al Partido Comunista, ayudado por nuevas leyes de seguridad. También está adoptando nuevas tecnologías, como la inteligencia artificial, la cual promete monitorear más eficazmente a quienes causan problemas.

Sin embargo, hay razones por las cuales los líderes occidentales deberían expresarse en voz alta a favor de los disidentes de China de todos modos.

Por un lado, es fácil exagerar la capacidad de China para tomar represalias; especialmente si Occidente actúa como uno solo. La economía china depende del comercio. Incluso para la pequeña Noruega, el impacto económico de la discusión fue limitado.

Por otro, expresarse refuta a Xi en su creencia de que encarcelar a los disidentes pacíficos es normal. El silencio solo lo alienta a encerrar a más activistas. Recordemos que, para quienes ponen en riesgo todo en busca de la democracia, el conocimiento de que tiene el apoyo occidental es un estímulo enorme, aun cuando no asegure su liberación o mejore su suerte.

También está en juego un principio vital. En los últimos años, ha habido mucho debate en China sobre si los valores son universales o culturalmente específicos. Mantenerse callado sobre Liu indicó que Occidente tácitamente está de acuerdo con Xi; que no hay valores globales y que, por tanto, Occidente no tiene derecho a hacer comentarios sobre los de China o cómo se aplican.

Este mensaje no solo socava la causa de los liberales en China, sino también ayuda a Xi a encubrir una falla en su argumento. China, como los países occidentales, es firmante de la Declaración Universal de Naciones Unidas, la cual señala: "Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos". Si Occidente es demasiado egoísta y cínico para no dar ninguna importancia a los valores universales cuando son ignorados en China, corre el riesgo de erosionarlos en todo el mundo y, finalmente, también en casa.

Occidente debería haberse expresado a favor de Liu. Representaba el mejor tipo de disensión en China. El proyecto para la democracia, conocido como Carta 08, que lo hizo caer en prisión fue claro en sus demandas: el fin del régimen unipartidista y libertades genuinas. La intención de Liu no fue desencadenar una agitación, sino alentar una discusión pacifica. Tuvo éxito brevemente: cientos de personas, incluidos intelectuales prominentes, habían firmado la carta para cuando Liu fue recluido en su celda.

Desde entonces, los censores y matones del Partido Comunista han reprimido el debate. Occidente debe dejar de hacerles el trabajo. El trabajo de Liu, tristemente, ha terminado.