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Las corrientes del comercio, acepta el presidente Donald Trump, subirán y bajarán.

"En ocasiones ellos pueden estar arriba y en ocasiones nosotros podemos estar arriba", dijo en una entrevista con The Economist el 4 de mayo.

Para él, sin embargo, un déficit comercial a largo plazo –como el que hay entre Estados Unidos y México, el cual ascendió a 56.000 millones de dólares en el 2016– es malo porque demuestra que se ha alcanzado un acuerdo comercial mediocre y malo porque se está malgastando el dinero. Lograr un comercio más equilibrado, dicen Trump y su equipo, junto con recortar impuestos y alentar más inversión empresarial, creará empleos y estimulará el crecimiento.

Desafortunadamente, los tres propuestos pilares de esta nueva prosperidad son incompatibles. Cuando los estadounidenses importan más de lo que venden en el extranjero, los extranjeros acumulan dólares. En vez de sentarse sobre ese efectivo, lo invierten en activos denominados en dólares. Es como si los barcos de contenedores llegaran a los puertos estadounidenses para entregar muebles, computadoras y autos, y partieran llenos de acciones y bonos estadounidenses. Con el tiempo, esos activos producen rendimientos en forma de intereses, dividendos y ganancias de capital: por ejemplo, los contribuyentes estadounidenses deben pagar intereses a los tenedores japoneses de bonos de la Tesorería.

En la medida en que los déficit comerciales representan lo que se pide prestado al extranjero, hay algo de cierto en la idea de que pudieran erosionar la riqueza estadounidense. Sin embargo, eso es ignorar un punto crucial sobre la deuda incurrida: es barata. Estados Unidos ha registrado déficits de cuenta corriente, que son sustancialmente impulsados por la balanza del comercio, casi cada año desde 1982. Como resultado, los extranjeros poseen activos estadounidenses con valor de 8,1 billones de dólares más de los activos que los estadounidenses poseen en el exterior, una diferencia equivalente a 43 por ciento del PIB de Estados Unidos.

Pese a esto, Estados Unidos aun recibe más ingresos por sus inversiones en el extranjero de lo que paga. En el 2016, el balance totalizó 1 por ciento del PIB. Esta utilidad improbable resulta en parte del "exorbitante privilegio" que conlleva emitir el dólar, la principal moneda de reserva del mundo. Los extranjeros, particularmente los bancos y los gobiernos, tienen un gran apetito por los activos denominados en dólares; quieren que esos barcos de contenedores regresen llenos. Eso, a su vez, hace que sea más barato para los estadounidenses recaudar fondos.

Ver el déficit comercial como un endeudamiento barato expone la tensión en el corazón de la Trumponomía. Si desean operar sin el capital extranjero que actualmente importan, cerrando así el déficit comercial, los estadounidenses deben ahorrar más. En vez de guardar su dinero, sin embargo, Trump quiere que el sector privado emprenda un frenesí de gasto e inversión, alentado por recortes en impuestos financiados por déficit.

"Tenemos que estimular", dijo de manera bastante keynesiana.

De ninguna manera es seguro que el estímulo ofrezca un crecimiento a la escala que él quiere. Sin embargo, la historia ilustra el probable efecto sobre el déficit comercial. En 1981, los recortes de impuestos del presidente Ronald Reagan hicieron aumentar el déficit del gobierno federal, de 2,5 por ciento del PIB en 1981 a 4,9 por ciento en 1986. La cuenta corriente se tambaleó hacia el déficit casi simultáneamente. Tras esta experiencia, la noción de los "déficits gemelos" –en el endeudamiento del gobierno y en el comercio– se volvió popular.

La siguiente década demostró que había un tercer factor que considerar: las empresas y las familias también importan. A medida que la economía crecía rápidamente a fines de los años 90, el presupuesto del gobierno se acercó al equilibrio, pero el déficit de cuenta corriente aumentó. Esta vez, fue el sector privado, cautivado por el rápido crecimiento y un mercado accionario en auge, el que acumuló deudas. En el 2000, el endeudamiento neto de las empresas alcanzó casi el 5 por ciento del PIB, mientras que los hogares apenas ahorraron algo.

El endeudamiento neto total del gobierno, las empresas y los consumidores determinarán la cuenta corriente durante la presidencia de Trump. Si el gobierno aumenta el déficit presupuestario o detona más inversión privada –como el gasto de un billón de dólares en infraestructura que espera liberar–, el déficit comercial casi seguramente aumentará.

Quién le presta a quién no importa mucho para el crecimiento económico a largo plazo. Es mucho más importante que los fondos se inviertan productivamente. Con ese fin, el gobierno quiere aceitar el lado ofertista de la economía, incrementando por tanto la tasa del crecimiento de la productividad, que ha sido lento desde mediados de la década del 2000. Esta es la motivación detrás de la agenda desregulatoria de Trump.

El crecimiento económico del 3 por ciento buscado por el secretario del Tesoro, Steve Mnuchin, sería ambicioso bajo cualquier circunstancia. Lo es particularmente ahora porque debe lograrse mientras la población envejece y mientras el crecimiento de la fuerza laboral se desacelera. Entre el 2014 y el 2024, la población adulta crecerá en casi 9 por ciento, pero las filas de los ciudadanos mayores aumentarán en casi 38 por ciento.

Hay un posible escape del trilema de Trump. Las empresas estadounidenses tienen unos 2,5 billones de dólares de efectivo depositados en el extranjero, dinero que el presidente quiere que traigan al país para invertirlo. Un sondeo del 2011 encontró que 54 por ciento de este efectivo era mantenido en divisas extranjeras. Repatriarlo probablemente causaría que aumentara el dólar, empeorando el déficit comercial.

Sin embargo, si el presidente eliminara el incentivo latente para registrar las utilidades en el extranjero en primer lugar –la alta tasa del impuesto corporativo de Estados Unidos–, el déficit podría parecer mejorar. Las empresas ya no tratarían de hacer parecer como si la producción sucediera en el extranjero a través de trucos como trasladar la propiedad intelectual. Con impuestos más bajos en Estados Unidos, los contadores podrían trasladar la "producción" de nuevo a casa, mejorando la balanza comercial. Economistas del Bank of America Merrill Lynch han calculado que esto pudiera mejorar el reportado déficit comercial en hasta la mitad. Esa mejora, sin embargo, sería principalmente cosmética.

La economía mundial tiene interminables partes móviles, muchas de las cuales pudieran conspirar para hacer parecer a la Trumponomía como un éxito o un fracaso. Sin embargo, la lógica económica y la experiencia pasada dictan que los déficits gubernamentales y los auges de inversión elevan los déficit comerciales. Tarde o temprano, Trump debe enfrentar este hecho.