Nadie como ella para entender el comportamiento humano. Para describir la vida doméstica puertas adentro. Para esconder en medio de un relato de quién se casa con quién, la complejidad de sus personajes y la ironía de que sus obras sean consideras “rosa”.

Por: Jazmín Gómez Fleitas

Fotogafía y edición digital: Manuel Meza

Producción: Juan Ángel Monzón

Estilismo: Matías Irala

Lectores fieles, fans que se reúnen a través de foros, blogs y vídeos en internet; películas, series, nuevas ediciones impresas, billetes de diez libras esterlinas con su rostro a partir de septiembre, tours que recorren los lugares donde vivió. Jane Austen (1775-1817) es toda una rockstar literaria aún 200 años después de haber partido.

Jane, quien era la séptima de ocho hermanos que nació en el pueblo Steventon, condado de Hampshire, y vivió en lo que se conoce como la Inglaterra de la Regencia (transición entre el período georgiano y victoriano), nunca se casó. Y a excepción de visitas a parientes, pasar cincos años en Bath y tres en Southampton, no viajó mucho. Tenía una sólo hermana, Cassandra, a la cual era muy apegada y le dejó todo lo poco que tenía cuando murió a los 41 años.

Escribió seis novelas: Orgullo y prejuicio, Sentido y sensibilidad, Mansfield Park, Emma, Persuasión, La abadía de Northanger y una corta titulada Lady Susan; sin soñar que sus historias serían disfrutadas por millones de personas y leídas en diferentes idiomas. Las escribió para sus hermanos, y las primeras cuatro fueron publicadas en vida. De hecho, accedió a publicarlas porque ellos le insistieron y se sorprendió de que a la gente les gustase.

Más difícil aún siquiera imaginarse que las mismas servirían de guión para llevarlas a la pantalla -grande o chica- en series de la BBC o películas de Hollywood. La adaptación de Orgullo y prejuicio (2005) con la actuación de Keira Knightley como Elizabeth Bennet y Matthew Macfadyen como Mr. Darcy, no sólo se convirtió en un clásico, también logró desbancar a Colin Firth de su podio de insuperable MrDarcy conseguido en la serie de 1995 de la BBC.

Tampoco podemos olvidar Sentido y sensibilidad (1995) con el elenco inmejorable que nos regaló: Emma Thompson como Elinor Dahswood, Kate Winslet como Marianne Dashwood, Alan Rickman como el coronel Brandon, Hugh Grant como Edward Ferras y Greg Wise como John Willoughby. O a Emma (1996), interpretada por Gwyneth Paltrow, o su versión no-literal que quedó en cultura pop: Clueless (1995), con una adolescente Alicia Silverstone como Cher Horowitz.

El peligro está en que si solamente hemos visto las películas o escuchado acerca de ellas pero sin haber leído sus libros, sería fácil caer en la idea de que las novelas de Austen son simplemente sobre cómo la protagonista termina casándose al final; cuando su fina prosa era el arma que utilizaba para desnudar lo absurdo de la época, como la descripción que hace Miss Bingley en Orgullo y prejuicio: “Una mujer debe tener cabal conocimiento de la música, el canto, el dibujo, el baile y las lenguas modernas para merecer ser llamada instruida. Y además de todo esto, poseer algo indecible en su aire, en su manera de andar, en el tono de su voz, en su trato y modo de expresarse; de lo contrario, la calificación la merecerá a medias”.

Sus personajes, su legado
Sus historias hablan de un entorno que Jane conocía muy bien: de la vida diaria de ese entonces, las maneras en la que se esperaba que una jovencita se comportase, las expectativas para su vida. Aunque su mamá era ilustrada y escribía poesía, y en la casa tenían una biblioteca que Jane asaltaba desde temprana edad, las mujeres no tenían más lugar al cual aspirar para desarrollarse que una casa propia.
A reunir esos “talentos” descritos anteriormente por Miss Bingley, antes que dar valor a la inteligencia, al autoconocimiento o a la autoestima; por eso sus libros criticaban esto mismo en su fino estilo. Y sus historias no endulzaban las relaciones amorosas, sino que describían los obstáculos que afrontar, la escasez económica, los prejuicios, la insensatez. Mostraban cómo sus protagonistas tenían que aprender a conocerse a sí mismas para tomar sus decisiones en base a ello. Hasta mencionaba a la esclavitud o al abuso sexual.

Me gusta pensar que la confirmación a esa crítica tan elegante y cómica que Austen realiza es el hecho de que ella no se haya casado -por conveniencia-. Como Lizzie Bennet, que sólo lo hizo porque se enamoró siendo consciente de las virtudes y defectos de su amado, y no como un escape a los problemas económicos para así conseguir “una vida acomodada”. Aunque nunca lo sabremos, sólo podemos especular. Sólo se conoce a un pretendiente de Jane gracias a la correspondencia que mantenían las hermanas (historia que se usó para una adaptación de su vida en Becoming Jane) que no pudo ser por escasez económica, pero después parece que hubo otros dos, uno que falleció y otro que rechazó. Es precisamente este el motivo por el cual Robert Dryden, uno de los escritores de Global Jane Austen, cree que se vive pendiente de noticias suyas, porque hay muchos espacios en blanco respecto a cómo vivió su vida.

Además, claro, está el debate sobre cómo debe darse la lectura de su obra. Ya se quejaba el crítico literario Henry James en 1905: “¿Hay otros escritores que sean amados por tanta gente por los motivos equivocados?”. Porque Jane Austen pasó de ser el ejemplo de los parlamentarios para defender las tradiciones, como también el de defensora por las mujeres sufragistas. En lo que sí se puede acordar es en algo que la escritora Helena Kelly de Jane Austen, The Secret Radical recomienda: la necesidad de ir más allá de los vestidos o los bailes en sus historias y hacer una lectura más profunda de sus textos.

La historiadora paraguaya Ana Barreto nos dice: “En 1917 en el Paraguay, las familias de élite buscaban un potable marido para sus hijas. Capaz para asegurarle la permanencia en ese grupo social y a la vez, manejar la propia dote que recibiría como adelanto de herencia de la novia. En esos años, las revistas potenciaban las cuestiones absolutamente banales con lo que se identificaban a lo ‘femenino’: el color y la forma de llevar la pluma del sombrero, el tiempo dedicado al toilette y la disposición en un salón de baile para cazar un posible marido. Cien años después de la muerte de Jane Austen, la sociedad parecía representarse a sí misma en la crítica que marcó su trabajo: el orden de la sociedad con respecto a ser ‘una señorita de bien’, mayormente ignorante”.

Y agrega: “De 1917 también data el primer certamen para elegir a la ‘bella’ de la sociedad paraguaya. También marca un tiempo donde las mujeres escritoras -al estilo Austen- escribían versos sueltos, poemas o cuentos cortos bajo pseudónimos, pues ¿qué señorita de bien escribía? A 200 años de Austen considero que existe aún un modelo de banalidad femenina que lucha por no desaparecer, pero también que sus personajes femeninos -especialmente Marianne Dashwood, mi preferida- hoy pueden escribir, narrar y transformar su propia vida a título de sí mismas”.

Lejos del rosa con el que se presiona por enmarcar a Austen, sus obras invitan a ejercitar una perspicacia que nos permita descubrir lo que oculta detrás de los pliegues de los vestidos dispuestos para ir al baile.