La aventura por el Cerro Akatí y los desafíos del Salto Suizo en esta crónica que viaja a los mejores paisajes de la segunda ciudad más poblada de Guairá.

Por: Micaela Cattáneo

Fotos: Fernando Riveros

Lo que siempre me habían comentado de Colonia Independencia es que es un distrito con una fuerte influencia de la cultura alemana. Y aunque esté escrito en libros o guías de turismo, a pocos kilómetros del letrero que da la bienvenida a la ciudad, es fácil darse cuenta de ello. "Se vende cerveza negra germany", escriben los pobladores con negocios dedicados a la gastronomía y en tonos rojos y amarillos, para que no quepa duda de tal influencia.

En el abecé de los viajeros, buscar el mapa del destino elegido es casi tan imprescindible como asegurarse de llevar un buen playlist para el camino. Colonia Independencia se encuentra en Guairá, departamento que alberga a una de las ciudades más antiguas del país, Villarrica; mismo que comparte con Caazapá los territorios que conforman La Reserva de Recursos Manejados del Ybytyryzú.

En contadas ocasiones escuché decir a mis amigos: "¡Cómo quiero ir a ese cerro que en la cima tiene un banquito de madera". Y con Google a mano, resolver esa incógnita dura lo que el lector en cuestión se toma para terminar estas líneas. Los resultados de la búsqueda: el Cerro Akatí, la primera parada de esta gran aventura por la recordada Capital del vino.

Eran las 6 AM de un domingo y la voz familiar que dirige Maps interrumpía una canción de Kita Pena para indicar que a doscientos metros había que girar a la izquierda por la calle Cerro Akatí. "17 kilómetros para el cerro", describía el cartel de entrada y la Volkswagen Fox se adentraba a un mundo de piedras histéricas y arenas inquietas.

Como aún no amanecía, los paisajes de una de las principales áreas de conservación de la región oriental todavía tomaban forma y, a medida que contaba árboles secos por el camino, la señal de internet se enfrentaba a una condición casi nula. Por momentos, detrás de la ventanilla del auto, el panorama se volvía una auténtica escena de una granja de película de los 80.

A la par que los kilómetros se convierten en cuadras (lo que hacés para que el trayecto suene más ligero), aparecen los protagonistas de esa infinita gama de verdes: caballos comiendo pasto, gallinas correteando de un lado a otro, crías alimentándose de las vacas madres y hasta un burro que evidencia no se movió de su lugar en toda la noche. No es sorpresa encontrarse con unas vacas a mitad de camino. Eso sí, son bastante amables, basta un pequeño movimiento del móvil para que cedan el paso.

Sabés que la aventura por el Cerro Akatí comienza cuando hay una fila de autos faltando tres kilómetros para llegar al mirador. Y es que esa zona se vuelve insubible para vehículos que no sean 4×4; ya que las pendientes son cada vez más pronunciadas. La mala noticia: que sólo caminando (o si te animás en bici) podrás subir esos 3km; la buena: que arriba te espera una increíble vista de Guairá.

Motivada por lo segundo, cargué con un termo de agua en manos y recorrí la serranía rincón por rincón. Hay dos puntos de referencia que tomé para saber cuán cerca estaba de la cima; ya que como en toda senda campestre, los bosques y la tierra son una constante interminable. La primera, el árbol de limones naranjas que se encuentra en los primeros 1500 metros y, la segunda, la señalización del desvío hacia Itá Letra -el sendero que lleva a las cavernas con inscripciones consideradas pre-guaraníticas-, que indica el último trecho hacia el mirador.

En el cartel de bienvenida se deja ver el nombre del descubridor del lugar: el Coronel Roberto Cubas Barboza. Y en un review mental de los paisajes vistos, una escuela con el mismo nombre aparece en uno de esos primeros 17 kilómetros. Los portones de acceso se abren desde las 07:00 hasta las 18:00 y la entrada por persona es de G. 20.000. Por un instante pensé que aquel lugar era un pequeño pueblo ubicado a 670 metros de altura, pero las cabañas y los campings sólo terminaron por confirmarme el éxito turístico que representa este espacio natural.

Frente al popular "banquito", el cuadro es inmejorable. Y no hay rincón de ese paisaje que se resista a una buena fotografía. Desde esa parte del mirador se pueden observar las serranías de la Reserva del Ybytyryzú, pero a metros de esa área se visualiza un sendero corto que lleva a los turistas a un mirador'i -como lo llama Roberto Cubas hijo, dueño del lugar-, desde donde Villarrica puede ser vista desde otra perspectiva.

"El regreso será fácil", piensa uno, pero los nuevamente tres kilómetros de bajada resultan toda una odisea, donde resbalarse parece casi obligatorio y la escena humorística del día para quienes te ven patinar por las finas y amontonadas piedras del camino. No menos importante: el cambio brusco de temperatura que se experimenta en los distintos niveles del cerro y que te obliga a ponerte y sacarte el abrigo todo el tiempo. Por eso, mejor si no te cargás con tanto equipaje.

Salto Suizo: más allá de la caída

Todavía recuerdo con gracia el comentario viral en Facebook de un turista que visitó el Salto Suizo y quedó decepcionado: "Un chorrito de tres gotas que cae en un pocito de agua estancada", escribía y los memes no tardarían en salir. Seis meses después de aquella polémica pero divertida publicación (y con las palabras de este en la mente), la travesía por una de las caídas más visitadas de Colonia Independencia, resulta más interesante de lo que uno cree.

Las indicaciones de los pobladores señalan los siete kilómetros de camino que hay que hacer por las calles Tilinski, en primera instancia, y Wolfgang Greissel, en una segunda, para llegar. Pero entre curvas y rocas apiladas por el camino, los siete kilómetros en vehículo se vuelven seis, sobre todo, para los que no viajan en una todoterreno.

Los 1000 metros restantes hay que hacerlos caminando, aunque no se descarta la idea de transportarse en una cuasi; ya que por el sendero es común cruzarse con lugareños que la usan. Sobre la posibilidad de perderse: es casi imposible, porque el trayecto cuenta con carteles y banderines lilas, como si se trataran de postas, que dirigen a la propiedad privada donde se ubica el salto (Por eso el acceso tiene un costo de G. 10.000).

Una pila de troncos de madera permite el paso a los visitantes, quienes, guiados por el sonido del cauce natural del Salto, buscan curiosos sus 60 metros de altura. Sobre una robusta roca, encontré el paisaje que desde arriba me daría la instantánea que quería. Pero la verdadera prueba de resistencia está en los escalones de piedra formados a un costado -que llevan a ver el recurso hídrico desde abajo-, por lo que es necesario sostenerse de las ramas de los árboles y pisar con fuerza para evitar ser el blooper del paseo.

Si bien el Salto Suizo ofrece funciones extraordinarias cuando llueve, en días de más de 20ºC, la fuerza de la caída es espontánea y ligera, de esas que acompañan una buena ronda de tereré, el final de tu libro preferido o un picnic fresco y sin desperdicios. La idea es que a partir de este relato, descubras tu propia experiencia, porque las mejores historias siempre son las que se viven en primera persona.