Por: Javier Barbero

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Fracasar es la mejor manera de aprender. Y, en contra de lo que se pueda pensar, es mejor todavía tropezar dos veces con la misma piedra: no recomiendo hacerlo a propósito, pero cuando ocurre suele dejar una sensación de enojo que funciona muy bien para reforzar el aprendizaje.

Lo normal es que si todo sale bien, sea porque estamos repitiendo lo que ya tenemos dominado. La única forma de evolucionar y aprender es intentar hacer nuevas cosas, que unas veces saldrán bien y otras veces saldrán mal. Cuando conseguimos algo a la primera, no le damos muchas vueltas, pero cuando fracasamos nos vemos forzados a analizar el por qué y a buscar caminos alternativos.

Así que deberíamos desterrar las connotaciones negativas del fracaso. No digo que debamos ser unos inconscientes y embarcarnos en viajes a ninguna parte y sin ningún tipo de sentido común; hay que elegir bien los retos y combinar energía, "cabeza" y determinación para alcanzar nuestros objetivos. Pero es casi inevitable que, por el camino nos encontremos con unos cuantos fracasos; el aprendizaje de esos fracasos será, probablemente, una pieza clave de los éxitos futuros.

Tener éxito es relativamente fácil, ya sea porque disponemos de los recursos suficientes para fabricarnos el éxito o porque hemos tenido suerte en un momento o en una situación determinada o por cualquier otro motivo circunstancial podremos "triunfar".

Para crecer y evolucionar hemos de entender que el desarrollo nunca es lineal, no es ni debe de ser plano, pues es esa dificultad, es ese factor sorpresa, ese factor respuesta o reacción, ese factor aprendizaje el que nos conforma y forma día a día, el que nos configura y completa con el paso del tiempo, el que hace que nos sintamos orgullosos y participes de nuestra obra.