Inaugurada en 2006 en la zona portuaria de Rio, la “Ciudad del Samba” acoge los talleres donde las 12 grandes escuelas de samba producen las delicadísimas fantasías que vestirán a decenas de miles de desfilantes y las faraónicas decoraciones de los vehículos alegóricos.
“Somos una fábrica de carnaval”, explica Alexandre Louzada, director artístico del desfile de la escuela Beija-Flor, a la AFP.
Cada escuela tiene su taller, inmensos edificios en la Ciudad del Samba, que ocupa 130.000 m2 y que cada año emplea e miles de costureras y artesanos de las zonas pobres donde nacieron las escuelas de samba.
Apenas la escuela Beija-Flor tendrá 3.800 desfilantes, músicos y bailarines, y la carrera para terminar los vehículos y sus ropas es un frenesí contra-reloj.
La mayoría sin camiseta, con una temperatura de más de 35ºC, los artesanos trabajan sin tregua. En el taller de 19 metros de altura (las alegorías llegan a medir 16 metros) hay portacargas, un espacio para carpintería, otro para las filigranas y aún uno para pintura, mientras en otro nivel las costureras dan los últimos retoques a los elaborados disfraces.
Los responsables de las escuelas de samba son unánimes en que los talleres de la Ciudad del Samba son más cómodos, frescos y seguros que las antiguas barracas dispersas por toda la ciudad, que a menudo sufrían incendios o inundaciones.
La inversión que requiere el carnaval es tan grande como sus fenomenales alegorías. Solo Beija-Flor reconoce haber gastado 4 millones de dólares este año, de los cuales 1,5 donados por la ciudad de Brasilia.
Después de los años 90, con la explosión de costos debido al lujo de los desfiles, las escuelas de samba han recurrido cada vez más al patrocinio de empresas privadas o públicas, y no apenas a los “bicheiros”, jefes del juego ilegal, muy popular en los barrios pobres.