En pleno siglo XIX los avances tecnológicos estaban ligados al transporte, la construcción y la comunicación. Motores a vapor para embarcaciones y ferrocarriles, telégrafos e industrias siderúrgicas estaban en pleno desarrollo. Paraguay se hallaba entre las pocas naciones que estaban incorporando estos adelantos tecnológicos. Se destacaba además por su autarquía y autosuficiencia en alimentos y materias primas, aspectos con los cuales marcaba la diferencia del resto del continente.

Para 1860 y los años siguientes, Asunción lucía incluso más atractiva. Algunos viajeros ofrecen descripciones positivas de la ciudad, destacando sus calles anchas y rectas, casas grandes y bien construidas, importantes edificios públicos como la Catedral, el Palacio de López, el Teatro casi terminado, cuarteles, el Hospital Militar, el Arsenal, la Estación del Ferrocarril y un gran Mercado Permanente en el centro. El Puerto estaba equipado con un muelle amplio para cargar y descargar mercaderías. Todo esto fue fruto de la gestión de los López, padre e hijo.

La agricultura seguía orientada a la autosuficiencia en la mayoría de los hogares campesinos, cultivando básicamente los mismos productos de la época colonial. El productor contaba además con un grupo pequeño de animales: Un par de vacas lecheras, una yunta de bueyes, algunas gallinas. No faltaban madera, leña y yerba que recolectaban en pequeñas cantidades para su consumo.

En el campo, lo usual era el trueque de productos. La exportación se daba de acuerdo a los excedentes de ciertos productos como por ejemplo tabaco, azúcar, miel, caña y algodón. Pero un rubro que se destacó fue la producción de naranjas. Estos árboles se plantaban en casi todas las viviendas según instrucciones dadas por Carlos Antonio López.

Se consumían localmente, pero los poblados cercanos al Río Paraguay exportaban la fruta. Carretas llenas de naranjas llegaban a los puertos de San Antonio y Villeta para un creciente mercado en el Plata, que las prefería por ser más dulces que las de origen brasileño.

Mujeres jóvenes y adultas conocidas como las naranjeras se encargaban de cargar los frutos en las embarcaciones. Se estimó que 10 millones estos frutos de distintas calidad eran exportados por año. Se habla también de una exportación récord en 1866 de 32.462.500 frutas.

El mercado interno no requería de demasiados productos para ser abastecido. Esto probablemente impidió un mayor desarrollo de la actividad agrícola, ya que solo los agricultores que vivían cerca de Asunción podrían aprovechar el mercado urbano vendiendo sus frutas y vegetales.

Tampoco había suficiente mano de obra para manejar grandes áreas de cultivo. La fuerza laboral en el campo la constituía la propia familia, y en mucho hogares la mujer era la cabeza de la familia, teniendo en cuenta que los hombres estaban fuera cumpliendo el servicio militar, en la guerra, o bien en los yerbales. Aunque había papel dinero metálico en circulación, la práctica del trueque seguía a la orden del día entre los productores y en el mercado.

Las estancias ganaderas del Estado, fueron las que realizaron importantes aportes al Tesoro Nacional. Las misiones de Francisco Solano López y las becas en el exterior fueron costeadas con esos recursos, al igual que la modernización del país.

Estas estancias alcanzaron su mayor prosperidad antes de la guerra contra la Triple Alianza. Según un informe del 3 de enero de 1864 había un total de 82 estancias con un total de 370.000 animales de ganado vacuno, caballos, mulas y ovejas. La producción estaba orientada a cueros y carne, se procesaba en simples mataderos. Se consumía parte de la carne fresca y se guardaba el resto en forma de charque (Salada y secada al aire libre).

Durante la guerra contra la Triple Alianza toda la industria ganadera fue puesta al servicio de la defensa. El ejército necesitaba grandes cantidades de carne fresca y seca, cuero y otros productos de origen animal. Conforme disminuyó la cantidad de ganado del Estado los productores particulares ayudaron a la causa nacional. Hacia el final de la guerra la situación fue crítica por el escaso ganado. Hacia 1870 las cabezas de ganado apenas llegaban a 15.000.

Durante la guerra, la producción y exportación se vieron perturbadas por bloqueos, la escasez de mano de obra y las circunstancias especiales que generó la contienda. Los productores debían abastecer al mercado doméstico y al ejército. López esperaba poder financiar parte de la guerra con la exportación de yerba. Esto fue posible entre 1864 y 1865, pero se volvió imposible desde 1867 por la caída de la producción. La yerba se exportaba por Itapúa y Pilar a Corrientes, Rosario y Santa Fe, pero el principal mercado era Buenos Aires, donde el producto también era destinado a Santiago de Chile, Bolivia, Perú e incluso Quito.

 

(Fuentes consultadas: Apuntes de historia económica del Paraguay de Luis Campos Doria; Paraguay 1515-1870 de Johan Kleinpenning)