Cristino Bogado


El razonamiento artiodáctilo de los mamíferos viste sus dedos con cuerno redondeado. El canguro se mueve con los saltos de su lógica (…) . Es decir, la ciencia es una nueva habladuría, adulta, que actualiza las mentiras de las fábulas, infantiles, para el poeta ruso víctima de esa fábula moderna o kafkiana llamada estalinismo.

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¡Aja, Kafka! Vale recordar en este hilo retrospectivo su “Una pequeña fábula”. Gato come a ratón según narra el propio ratón. Fábula negra, masoquista. La víctima tiene la potestad de dirigir el relato que está estructurado como un laberinto que sin embargo lo conduce leibnizianamente a las fauces del gato. Narrar es contar que morimos. Que nos están comiendo. Era la famosa hacha (la verdadera literatura es un arma contundente) del judío checo. En Kent la fábula no es negra como en Kafka, ni solo para adultos como lo adoctrina el “Emilio” de Rousseau ni sugiere anticipaciones de la ciencia futura como en Mandelstam.

Sus fábulas son, en su mayor parte, como dice su nombre en inglés, fables, fables afables. Aunque no nos dejemos embaucar tan fácilmente. A veces, pasando por el didactismo oriental, el género catequístico y dialógico de los koan, terminan revelando una filosofía del como si. Como en la fábula florida de “Como hacer una flor”. Como lo gritaba a los cuatro vientos Nietzsche, el mundo en manos de Kent puede terminar en fábula. Otras veces da la vuelta al orden del mundo como una media. Perpetra una imaginación fabulosa que nos permite vislumbrar topologías inimaginables. Ver que lo extraordinario no son solo los seres imaginarios, las hadas, los centauros, sino también los objetos banales de nuestra realidad cotidiana, su permanencia e invariancia tozuda los acredita a esa dignidad. Ahora vamos entendiendo el proyecto del autor, afirmar la visión de la fábula si es posible ya sin recurrir a la moraleja ni al argumento.

El animal fabuloso es, bajo su advocación, un paraguas no ya solo la zorra y el cuervo de La Fontaine. Los objetos también son fabulosos nos dice machaconamente el fabulador. Fábulas sin animales ni moralejas. O mejor, donde los objetos concretos y abstractos son los seres fabulosos hora que han sustituido a los animales y las figuras animadas (La Ambición, La Codicia, etc.), y la moraleja es mellada por un leve didactismo sapiencial, de origen oriental, con el aroma de esos libros de Gibran Jalil Gibran que hojeábamos sin leer en nuestra adolescencia inquieta, hormonal, granujienta, inútil.

Si la arquitectura pudiese ser fábula, hacer ver lo que queremos decir cuando decimos fábula kentiana, sería acaso una obra zen-calvinista de Tadao Ando: Una simple cruz latina practicada en el lienzo de la pared detrás del altar desnudo por donde el atardecer hace chorrear su luz seminal y agathónica sobre la unción de los feligreses.

Hemos escherizado la fábula tradicional al introducir una nueva dimensión a su geometría plana y tradicional, si siguiéramos por esa senda, la conclusión lógica de toda esta peregrinación sería kentificar a (las fábulas multidimensionales de) Kent (…).


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