Cuando se estudian las propuestas que tiene para la reforma constitucional, se observa fácilmente que el único cambio real que propone el oficialismo es el referido a la prohibición de la reelección.
Tomemos como ejemplo las declaraciones del senador Blas Llano (ABC, 7 de enero pasado), en las que, hablando del Poder Legislativo, propone modificar la cantidad de legisladores, seguramente para disimular que no quiere que se toque el sistema de representación proporcional, las listas sábana, que es lo que verdaderamente hay que cambiar allí.
Como si las listas sábana pudieran mejorar la calidad de la representación porque fueran unos centímetros más cortas.
Es notable, y sintomático, que el oficialismo, que es tan creativo para simular reformas que no cambian las cosas, no haya podido explicarle al país cuáles son los beneficios que la reelección presidencial traerá al país.
El oficialismo tal vez no es tan temerario aún para decir que con la reelección se come, se cura, se educa. Pues si la comida, la salud y la educación dependen de un hombre solamente, entonces no estamos en una república, sino en una monarquía. Y si no dependen de un hombre solamente, sino del buen funcionamiento del Estado, entonces no hace falta la reelección.
El argumento más fuerte del oficialismo a favor de la reelección es que el pueblo tiene derecho a prolongar la gestión de alguien que le parece apropiado en el gobierno. Derecho totalmente democrático, dicen, pues es voluntad popular pura.
El soberano tiene, ciertamente, la plenitud de los derechos: En Atenas, por ejemplo, votó por abolir la democracia (a propuesta de Pisandro en 412 antes de la Era Cristiana) y en Alemania, dando a Hitler la mayoría parlamentaria, el 6 de noviembre de 1932, que pronto lo convertiría en canciller.
Esa es la razón por la que al concepto “democracia” se agrega siempre el de “república”, que mantiene siempre los derechos del soberano dentro de los límites requeridos para evitar que los ejerza de un modo tiránico.
El oficialismo dice que ese riesgo no existe, como lo demuestra, según él, el hecho de que la figura existe en Brasil, Argentina y Estados Unidos; aunque extrañamente no menciona a Venezuela, cuyo sistema institucional evoluciona rápidamente, con la reelección, hacia la Francia de los días de Luis XIV.
No es un accidente que el 5 de diciembre de 2009, la presidenta del Poder Judicial venezolano, Luisa Estella Morales, haya propuesto abolir la división de poderes que justamente surgió como respuesta al mencionado tirano francés, pues Chávez puede decir ya que, como el Rey Sol, el Estado es él.
Y es que esa es precisamente la consecuencia última de la reelección, confundir el Estado con una persona. Ahí está el caso de Robert Mugabe, presidente de Zimbabwe.
En todos los países, incluidos Brasil y Estados Unidos, la figura de la reelección ha causado problemas institucionales graves. La de Fernando Henrique Cardoso minada por escándalos de corrupción en el Congreso; la de Álvaro Uribe en Colombia, peor; las de William Clinton y George W. Bush se caracterizaron por el anquilosamiento de sus segundas administraciones.
En Estados Unidos la reelección fue consentida para satisfacer las apetencias de grupos abiertamente monárquicos que alentaban la permanencia indefinida del general George Washington en la presidencia de la Unión y no por alguna consideración de tipo republicano.
Franklin Roosevelt demostró hasta qué punto era mala la idea, con sus cuatro elecciones consecutivas (1932, 1936, 1940, 1944), priorizando sus aspiraciones personales a moldear el mundo antes que el interés real de su país, al que perjudicó gravemente en la Conferencia de Yalta, a la que asistió ya completamente incapacitado.
El oficialismo, finalmente, impulsando la reelección, pretende que olvidemos el tema más importante con respecto a ella, y es la experiencia paraguaya sobre la misma, que ha sido dramática y que ha confirmado como pocas en el mundo todos los peores elementos que ella contiene, desde Gaspar Rodríguez de Francia, reelecto en el Congreso de 1816, hasta Alfredo Stroessner, elegido ocho veces consecutivas (1954, 1958, 1963, 1968, 1973, 1978, 1983, 1988) presidente de la República.
El oficialismo quiere que se olvide eso y, si se agregan a su pretensión reeleccionista las ideas de Miguel Ángel López Perito sobre la necesidad de fortalecer al Poder Ejecutivo, se infiere fácilmente que pretende repetirlo.
El oficialismo solamente quiere más poder. Es una fuerza retardataria que como Nicanor Duarte Frutos (recordemos el año 2006) quiere quedarse más tiempo pero no quiere cambiar lo que hay que cambiar.
Publicado el 20.01.10 04:33:00 PM
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