El viernes pasado, 12 de febrero, Occidente celebró el 200 aniversario del nacimiento de uno de sus mayores glorias científicas, Charles Darwin, víctima también él, como Galileo o Hypathia, de la intolerancia religiosa y, como otros científicos cuyos descubrimientos intentaron ocultar o impedir los creyentes, triunfante debido al peso de las evidencias.
Hay que decir que, en el caso de Darwin, no fue el catolicismo el victimario, pues la Iglesia Católica aceptó pronto las evidencias que validaban las teorías del científico inglés, sino otras denominaciones cristianas, entre ellas la Iglesia Anglicana (o Episcopal, como se la conoce en Estados Unidos), que, en setiembre del 2008, pidió públicas disculpas por “no haber comprendido a Darwin, por haber mantenido una primera reacción equivocada que alentó a otros a no comprenderlo”.
Darwin comprendió y demostró que todas las especies vivas evolucionan de un ancestro común mediante un proceso que denominó “selección natural”. Su teoría es la base de la actual teoría unificada de la biología, que provee explicación lógica para la diversidad de la vida en el planeta.
Su libro El Origen de las Especies de 1859 explicó, en efecto, la diversidad de formas de vida y el posible proceso evolutivo de muchas de ellas. Escribió prolíficamente sobre el tema muchos otros libros no tan difundidos.
Los creyentes se oponen a Darwin hasta hoy porque el concepto de selección natural, que se define por la supervivencia y procreación de los mejor adaptados, elimina por completo la necesidad de un diseño para explicar la vida y, por tanto, la de un Diseñador. Darwin fue lo bastante incisivo como para señalar que él no podía ver el trabajo de ningún Dios Omnipotente en el dolor y el sufrimiento que deben causar la mayoría de las especies para mantener con vida a sus descendientes.
Las teorías de Darwin se complementaron perfectamente con las de otro gran científico, Gregor Mendel, el iniciador de la genética, y el conjunto de sus obras forman los que se conoce como la “síntesis evolucionaría moderna”, que es aceptada por la mayoría de los biólogos actuales.
Hoy día hay suficiente evidencia para afirmar que las especies vivas evolucionan constantemente como consecuencia de la acción de fuerzas naturales sobre los genes, produciendo alteraciones que logran, o no, sobrevivir y reproducirse a lo largo de la historia.
Aunque hay discusiones científicas muy duras acerca de cuáles son esas fuerzas naturales, desde quienes sostienen que son moléculas bombardeadas desde el espacio hasta quienes hablan de la acción de bacterias, los únicos que discuten aún los lineamientos generales del proceso evolutivo son los fundamentalistas cristianos que sostienen que el Libro del Génesis de la Biblia es la explicación única de la vida.
Esta síntesis resuelve la mayor parte de las dificultades que encontraron los biólogos de principios del siglo XX para explicar fenómenos poblacionales y hoy reúne a especializaciones tales como la genética, la citología, la botánica, la morfología, la ecología y la paleontología, entre otras.
El bicentenario del nacimiento de Darwin empezó, pues, a celebrarse en Occidente a partir del 2006, tanta es la demanda que de sus obras y objetos existe, y durará hasta julio de este año en varios institutos ingleses.
El Origen de las Especies
El título verdadero de la más célebre obra de Darwin, Sobre el Origen de las Especies por Medio de la Selección Natural o la Preservación de los Más Favorecidos en la Lucha por la Vida es demasiado largo para ser usado con fines prácticos, aunque con él salió a la venta el 24 de noviembre de 1859, constituyendo pronto un hito en la historia de la ciencia biológica. Es una recopilación de evidencias obtenidas en un viaje alrededor del mundo, realizado en los años de la década de 1830 y que duró más de dos años en el buque “Beagle”.
Publicado el 25.02.09 02:46:00 AM
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