Lo hace en circunstancias muy difíciles, con una crisis mundial causada por las falencias del sistema económico norteamericano que, en consecuencia, está en completa revisión, desde sus bases filosóficas hasta políticas sobre las tasas de interés.
Desde el gobierno de Ronald Reagan (1981-1989), Estados Unidos ha sido uno de los principales impulsores de la apertura de la economía mundial, del libre comercio.
El crecimiento del Producto Interno Bruto global confirma que esas políticas favorecieron la reducción de la pobreza en amplias zonas, pero al costo de generar ajustes en la localización de la producción competitiva que tiene un costo en la generación de puestos de trabajo en algunas regiones, ricas, del planeta.
La crítica a la globalización y, en consecuencia, a su principal producto económico, la liberalización del comercio, ha sido sostenida principalmente por los sindicatos de las sociedades desarrolladas del Primer Mundo.
Estos sindicatos han apoyado la candidatura del ahora presidente electo, Barack Obama.
El partido Demócrata del nuevo mandatario tiene posiciones programáticas tradicionalmente proteccionistas (proteccionismo: Defensa de la producción nacional mediante barreras arancelarias o no que limitan la competencia de productos extranjeros).
Hay lugares de Estados Unidos que sufrieron, con la globalización, agudos procesos de desindustrialización, tales como Ohio. Los jefes demócratas de Ohio no perdonan a Bill Clinton, por ejemplo, su apoyo al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés).
Por razones parecidas a las esgrimidas en Ohio, el propio Obama se opuso en el Senado norteamericano a la aprobación de los tratados de libre comercio con América Central, Perú, Colombia y Corea del Sur.
La posición del presidente entrante, surgida de la de los sindicatos, es que el libre comercio alentó un proceso de crecimiento de la desigualdad casi sin precedentes debido a que no se controló la influencia de las grandes corporaciones empresariales en el diseño de estos acuerdos que, según la crítica, buscan la reducción de costos a expensas de la mano de obra no calificada de Estados Unidos.
Obama acusa a quienes encabezaron el sistema de la Reserva Federal norteamericana de haber empujado a las tasas de interés a niveles tan bajos que se eliminaron las diferencias de costo de capital entre Estados Unidos y los países emergentes, deprimiendo los salarios norteamericanos y facilitando la mudanza de empresas.
En síntesis, muchos observadores esperan que la administración de Barack Obama sea la más proteccionista de la historia de Estados Unidos desde los días finales de Herbert Hoover, el presidente de la Gran Depresión de 1929, que creyó que el proteccionismo ayudaría a salir de la crisis.
Algunos, sin embargo, sostienen que, independientemente de su propia voluntad, Obama no tiene mucho margen de maniobra para abandonar radicalmente el libre comercio.
Estos observadores apuntan a que, en efecto, la mayoría demócrata en el Congreso nunca fue tan disciplinada como la antigua mayoría republicana y que en el partido del presidente electo conviven muchos puntos de vista sobre la economía.
Obama puede esperar pleno apoyo en cuestiones ambientales, en el multilateralismo, pero no tan decidido respaldo en asuntos económicos.
Otro elemento de restricción a la tentación proteccionista del nuevo presidente es su compromiso de cooperación con las principales economías europeas, Alemania, Gran Bretaña y Francia, comprometidas con diversas gradaciones de libre comercio.
Hay coincidencias con que es necesario restar protagonismo a las grandes corporaciones y aumentar las regulaciones sobre el sistema financiero, pero no sobre que haya que restringir el comercio.
Y aún otro elemento es la fortaleza de las grandes economías emergentes, China, Brasil, India y México, que plantean una permanente necesidad de mantener la competitividad al máximo para mantener el poder de consumo.
Finalmente, la memoria histórica pesa mucho. La Ley Smoot-Hawley de tarifas de los tiempos de Hoover es vista no solamente como la principal causa de haber prolongado y agravado la recesión en 1929 y años subsiguientes, sino que los historiadores coinciden en que la misma desató una ola proteccionista mundial que produjo rivalidades comerciales que terminaron por precipitar al mundo en la II Guerra Mundial.