El 8 de diciembre es la fiesta litúr­gica de la Inmaculada Concepción de María, la madre de Cristo, de acuerdo con el calendario de la Igle­sia Católica, a cuya fe pertenecen la mayoría de los paraguayos. La Inmaculada Concepción de María es un dogma, que declara que la madre de Cristo nació con una gracia especial y que fue concebida sin pecado original, a diferencia del resto de los mortales. El dogma fue decla­rado como creencia necesaria para los católi­cos el 8 de diciembre de 1854 por la bula Ineffa­bilis Deus del papa Pío IX y desde entonces es un artículo de fe obligatorio para los creyentes católicos.

Por esta razón en el calendario de la Iglesia es fiesta de guardar, es decir, feriado religioso que implica la cesación de todo tipo de tra­bajo para que el creyente se dedique a obser­var el día participando de las celebraciones litúrgicas y devociones conexas. Debido a que por mucho tiempo la fe católica fue la religión oficial del Estado paraguayo es que la mencio­nada fecha fue declarada también feriado civil de inspiración religiosa, como la Navidad, el Jueves Santo y Viernes Santo, además del 15 de Agosto, día de la fundación de la capital en la festividad litúrgica de la Asunción de María.

Pero en Paraguay la festividad del 8 de diciem­bre es más que eso. Es una fecha de extraor­dinaria importancia en el calendario nacio­nal porque se celebra la mayor fiesta popular, con fortísimo arraigo social, que provoca la más importante concentración de personas que cualquier otro acontecimiento de la índole que fuere en el Paraguay. Su gran impacto en la sociedad nacional trasciende largamente los límites de la religiosidad popular y se convierte en un fenómeno sociológico y político de increí­bles alcances. Tanto es así que el que piense que es solo un acto religioso se olvida de contabili­zar el peso de la manifestación popular como un acto de sensibilidad patriótica de una consi­derable porción del pueblo paraguayo.

Por ello no es casualidad que el 7 de noviembre pasado, en los jardines vaticanos el Gobierno paraguayo haya instalado un mosaico de la Vir­gen de Caacupé y se hayan plantado dos arboli­tos de lapacho nacional, como representación de la República del Paraguay en uno de los luga­res más emblemáticos del Estado Vaticano.

Ese sentimiento es una de las causas por las cuales miles de personas de los más dife­rentes puntos del país peregrinan desde sus pagos hasta Caacupé, sea cumpliendo prome­sas a la Virgen, pidiendo dones milagrosos o por el simple afán de acercarse al lugar en que casi todos los suyos vienen para compartir el camino común por la tradición de visitar jun­tos la capital cordillerana.

Sea por la fe religiosa o simple costumbre fol­clórica, o por ambas cosas, la Virgen de Caa­cupé como parte de la arraigada cultura para­guaya es de indiscutible importancia, pues acaso no haya otra figura que convoque a tan­tos paraguayos en nuestro país y el exterior en esta y cualquier otra fecha. Se puede decir que constituye de ese modo uno de los modos del sentirse paraguayo de miles de personas, más allá de los colores políticos y diferenciaciones sociales y económicas.

Por todo ello, la celebración de Caacupé, más allá del legítimo sentimiento de la fe, debe ser una oportunidad para que los habitantes del país celebren la posibilidad de construir un proyecto común de fraternidad.

Las fiestas con fuerte arraigo popular, al igual que los momentos de grandes catástrofes, sue­len unir a todos los habitantes de una comu­nidad más allá de las diferencias y posturas encontradas que pueden tener los individuos y grupos sociales. Y por ello son siempre la oca­sión propicia para las coincidencias y la elabo­ración de los proyectos comunes.

Por todo ello, el 8 de diciembre puede conside­rarse más que una simple festividad religiosa popular, pues constituye también un magní­fico motivo para que los paraguayos podamos pensar y trabajar por la aspiración del bienes­tar de nuestra gente.