Como dice la sabiduría popular, no hay mal que por bien no venga o, viceversa, no hay bien que por mal no venga. Viene a cuento la confusión del enunciado que es reversible, es decir, que se puede dar vuelta… voltearnos. Es lo que estamos viendo con el caso de Cataluña: tras la euforia del populismo callejero de la independencia y las manifestaciones más ruidosas que reflexivas, de eufórica declaración de independencia, es decir, de retornar del mundo global, de la aldea global, a la aldeana sociedad microcósmica.
Es un fenómeno que se está dando en distintas sociedades ante la incapacidad de los dirigentes de mirar hacia el futuro y no tener otra perspectiva de cambio o de proceso que mirar por el retrovisor; el más claro y más fuerte, por el peso de la nación, política y económicamente hablando es la de Estados Unidos convertido en aldea en la política de Trump y proponiendo muros irreales e imbéciles, por su inutilidad, que ya inventaron hace siglos los chinos para dejar un monumento para el turismo; el anterior, en vías de derrape por la pendiente de la catástrofe política, es el del Brexit, que está llevando al KO técnico, físico y político al actual gobierno británico.
Es como si los políticos ignoraran los procesos sociales y sus proyecciones.
Cuando MacLuham dijo que el mundo se había convertido en una aldea, lo que expresó clara y dialécticamente era exactamente lo contrario, que las aldeas se habían convertido en mundo, inevitablemente. ¿Los medios de comunicación habían achicado el planeta? No, al contrario, habían agrandado e integrado las aldeas. Y estaba mirando solo el principio.
Las nuevas tecnologías, las redes, los satélites, los teléfonos de comunicación múltiple y multiplicadora, en fin, los nuevos tiempos. Los viejos se van quedando atrás y desaparecen, como los dinosaurios tragados por la inadaptación a las nuevas circunstancias, como Cromañón, como los Neardental… Ni Hitler con su poderío militar y su capacidad de generar delirio bélico pudo mantener el delirio; la Unión Soviética se derrumbó anclada en el pasado, sin ser capaz de generar más bienestar para su gente; la mala alimentación de los malos discursos emborracha un poco en el delirio, pero se derrumba frente a la contundente e inapelable realidad del hambre, de las posibilidades y las necesidades que el mundo moderno, en vez de aplacar, renueva cada día.

Valga recordar la maravillosa escena de Charles Chaplin, cuando El Gran Dictador da vuelta al Mapamundi que controla entre sus manos como una pelota que puede dominar. En la realidad, no pudo ni mucho menos. No creó un nuevo mundo; simplemente, empapó de sangre el que había y hubo que recuperarlo con sudor y lágrimas.

Como contraste, ahí está la China de hoy, floreciente y cada día con más peso en el mundo.
En fin, es lo que los catalanes están encontrando después de la farra… la butifarra… indigesta. No van a ser más ricos, como les prometieron, sino que las principales empresas preparan las valijas para mudarse. No han hecho un análisis ni una propuesta política y, mucho menos, económica para el futuro inmediato… ¡Ni qué decir para los plazos más largos!
Para colmo, están solos. Una minoría de una sociedad en que la mayoría no participa de la decisión ni de la euforia ni del deseo de independizarse.
¿Quiénes los apoyan? Los partidos de extrema derecha y de extrema izquierda, lo mismo que igual, que hasta el momento siguen siendo minoritarios. Los dictadores que pretenden su propia ínsula Barataria, como la que le vendieron al pobre Sancho y a su pollino, de paso, no tuvieron ni tienen futuro, en un mundo en que la comunicación es la clave y no el bochinche vociferante de las barras bravas. Ni el fútbol se gana con violencia. Cada día pesan más la técnica y la estrategia.
Valga recordar la maravillosa escena de Charles Chaplin, cuando El Gran Dictador da vuelta al Mapamundi que controla entre sus manos como una pelota que puede dominar. En la realidad, no pudo ni mucho menos. No creó un nuevo mundo; simplemente, empapó de sangre el que había y hubo que recuperarlo con sudor y lágrimas.
No estamos hablando de política internacional; aquí en Paraguay tenemos cada día más políticos que solo juegan a la violencia y la vociferación, en vez de hacerle propuestas al país. Discursos incendiarios y propuestas cero. Vale la pena tenerlo en cuenta. Hay que pensar en el futuro y no en el pasado.