Es extraño que Corea del Norte cause tantos problemas. No es exactamente una superpotencia. La economía de su primo capitalista democrático, Corea del Sur, es 50 veces más grande. Los estadounidenses gastan el doble del total de su PIB en sus mascotas.

Aun así, la atrasada dictadura de Kim Jong Un ha atraído la atención del mundo entero, e incluso del presidente de Estados Unidos, con su riesgosa política nuclear. El 28 de julio probó un misil balístico intercontinental que podría llegar a Los Ángeles. En poco tiempo será capaz de montar ojivas nucleares en tales misiles, como ya puede hacerlo en los dirigidos a Corea del Sur y Japón.

A cargo de este arsenal aterrador está un hombre que fue educado como un semidiós y no se preocupa por la vida humana (basta ver a los inocentes que han sido golpeados hasta la muerte con martillos en su gigantesco gulag). El Ministerio de Relaciones Exteriores juró que, si se amenaza la "dignidad suprema" del régimen, "aniquilará preventivamente" a los países que la amenacen, con todos los medios, "incluidos los nucleares".

Solo un tonto podría no alarmarse.

El peligro más grave, sin embargo, no es que un lado de pronto intente devastar al otro. Es que ambos lados calculen mal, y que una escalada conduzca a una catástrofe que nadie quiere.

Las posibles consecuencias de una guerra nuclear entre Estados Unidos y Corea del Norte incluirían, para este último país, la destrucción de su régimen y la muerte de cientos de miles de personas. Para Corea del Sur, los costos implicarían la destrucción de Seúl, una ciudad de diez millones de habitantes, que se encuentra a poca distancia de las miles de piezas de artillería convencional que tiene el norte. Para Estados Unidos existe la posibilidad de un ataque nuclear contra una de sus plazas en el este de Asia, o incluso en una ciudad de su territorio continental. Tampoco debemos olvidar el peligro de un enfrentamiento armado entre Estados Unidos y China, el vecino y aliado a regañadientes de Pyongyang. Parece desagradable mencionar los efectos económicos de otra guerra de Corea pero, por supuesto, también serían atroces.

El presidente Donald Trump ha prometido impedir que Corea del Norte perfeccione una ojiva nuclear que podría amenazar el continente americano, tuiteando: "¡No va a suceder!". Algunos expertos han sugerido derribar futuros misiles de prueba en la plataforma de lanzamiento o, de manera improbable, en el aire. Otros sugieren usar la fuerza para derrocar al régimen o llevar a cabo ataques preventivos para destruir el arsenal nuclear de Kim antes de que tenga la oportunidad de usarlo.

Sin embargo, es precisamente este tipo de acción militar la que aumenta el riesgo de una escalada desastrosa. Las bombas de Kim y sus lanza misiles están esparcidos y bien ocultos. Pese a todo su poder, las fuerzas armadas de Estados Unidos no pueden neutralizar de manera fiable la amenaza nuclear norcoreana antes de que Kim tenga la oportunidad de tomar represalias.

La tarea sería difícil incluso si el Pentágono tuviera un buen servicio de espionaje sobre Corea del Norte, pero no lo tiene. La única justificación para un ataque preventivo sería adelantarse a un ataque nuclear inminente contra Estados Unidos o alguno de sus aliados.

¿Se puede engatusar o sobornar a Kim para que abandone sus ambiciones nucleares? Vale la pena intentarlo, pero las posibilidades de éxito son pocas. En 1994, el presidente Bill Clinton consiguió un acuerdo mediante el cual Kim Jong Il, padre del déspota actual, acordó dejar de producir la materia prima para bombas nucleares a cambio de una enorme inyección de ayuda. Kim tomó el dinero y la ayuda técnica, e inmediatamente empezó a hacer trampa. Otro acuerdo fracasó en el 2005, por la misma razón.

El Kim más joven, como su padre, ve las armas nucleares como la única manera de garantizar la supervivencia de su régimen. Es difícil imaginar las circunstancias en las que voluntariamente renunciaría a lo que llama su "arma preciada de la justicia".

Si la acción militar es imprudente y la diplomacia insuficiente, la única opción que queda es disuadir y contener a Kim. Trump debe dejar claro (en un discurso redactado, no en un tuit ni por medio de su secretario de estado) que Estados Unidos no está a punto de iniciar una guerra, nuclear o convencional. Sin embargo, debe reafirmar que un ataque nuclear de Corea del Norte a Estados Unidos o a alguno de sus aliados sería igualado de forma inmediata.

Kim se preocupa por él mismo. Goza de la vida de una deidad disoluta, viviendo en un palacio con el poder de matar o de acostarse con cualquiera de sus súbditos. Si soltara un arma nuclear, perdería sus lujos y su vida. Sus compinches también. Eso significa que pueden ser disuadidos.

Para contener a Kim, Estados Unidos y sus aliados deben aplicar una presión que no pueda ser interpretada erróneamente como una declaración de guerra. Deben poner en marcha las sanciones económicas no solo contra el régimen norcoreano, sino también contra las compañías chinas que comercian con él o manejan su dinero.

Estados Unidos también debe extender formalmente su garantía nuclear a Corea del Sur y Japón, e impulsar los escudos de misiles que protejan a ambos países. Esto ayudaría a asegurar que no construyan sus propias armas nucleares. Estados Unidos debe convencer a los surcoreanos, que sufrirían mucho si la guerra estalla, de que no actuará sin antes consultarlos.

China está harta del régimen de Kim, pero teme que, si se derrumbara, una Corea reunificada significaría tropas estadounidenses en la frontera de China. El equipo de Trump debe garantizar que esto no suceda y tratar de persuadir a China de que, a largo plazo, es mejor estar con un vecino unido y próspero que con uno pobre, violento e impredecible.

Todas las opciones para tratar con el Corea del Norte son malas. Aunque Estados Unidos no debería reconocer a ese país como una potencia nuclear legítima, Washington debe basar su política en la realidad de que ya lo es, de manera ilegítima. Kim puede apostar a que sus armas nucleares le dan la libertad de comportarse de manera todavía más provocativa, tal vez patrocinando el terrorismo en el sur. También puede vender armas a otros regímenes crueles o grupos terroristas. El mundo debe hacer lo que pueda para frustrar tales complots, aunque algunos sin duda tendrán éxito.

Vale la pena recordar que Estados Unidos ya ha pasado por esto. Cuando Stalin y Mao construyeron sus primeras bombas atómicas, algunos en Occidente instaron a los ataques preventivos para detenerlos. Afortunadamente, las mentes más mesuradas prevalecieron. Desde entonces, la lógica de la disuasión ha asegurado que estas terribles armas nunca hayan sido utilizadas.

Algún día, quizás por golpe o levantamiento popular, los norcoreanos se librarán de su repulsivo líder y la península se reunirá como una democracia, como hizo Alemania. Hasta entonces, sin embargo, el mundo debe mantener la calma y contener a Kim.