• POR ANDREW ROSS SORKIN

Cuando Steve Case, el multimillonario cofundador de AOL, conoció a J.D. Vance, autor del exitoso libro sobre el declive industrial en el Medio Oeste "Hillbilly Elegy", Case le comentó: "En realidad me gusta el libro, pero hay algo que no".

Vance escuchó pacientemente. "Me ayudó a enmarcar el problema, pero no ofrece una solución", le dijo Case. "Bien, qué interesante que me lo menciones", respondió Vance, "porque de eso se va a tratar el siguiente capítulo".

Durante los últimos meses, se ha desatado una tormenta de la prensa sobre la forma en que han hecho equipo Case y Vance para intentar revivir el espíritu emprendedor en una zona del país que las élites suelen llamar de forma burlona los "estados que se deben sobrevolar". Como mi colega Steve Lohr escribió hace poco tiempo, Case y Vance han recorrido varias ciudades de zonas rurales en un autobús pintado para realizar competencias empresariales como si fueran políticos durante una campaña.

¿Cómo podrán estos dos hombres cambiar de forma significativa la dinámica de los inversionistas importantes de la costa para reorientar su atención hacia ciudades del "cinturón del óxido" y otras partes, muchas de las cuales sufren de la erosión de la manufactura?

Resulta que, mientras públicamente fueron de aquí para allá en Estados Unidos, también estuvieron sosteniendo reuniones en privado con algunas de las personas y las familias más acaudaladas del país, para instarlas no solo a invertir en un nuevo fondo, sino a volverse socias de algunas de las empresas que se beneficiarán de este.

Recientemente, se dieron a conocer los inversionistas del fondo llamado Rise of the Rest, entre los que se encuentran: Jeff Bezos, fundador de Amazon y el hombre más rico del mundo en la actualidad; Eric Schmidt, presidente de la empresa matriz de Google, Alphabet; Howard Schultz, presidente de Starbucks; Tory Burch, la magnate de la moda; Ray Dalio, fundador del fondo de cobertura Bridgewater Associates; Dan Gilbert, fundador de Quicken Loans y quien ha reconstruido Detroit; Henry Kravis, cofundador de KKR; David Rubenstein, cofundador de Carlyle Group; Michael Milken, financiero y filántropo; John Doerr, capitalista de riesgo; Jim Breyer, uno de los primeros inversionistas en Facebook; así como miembros de tres de las familias más ricas: los Walton, los Koch y los Pritzker.

En la lista también se encuentran nombres como Sean Parker, un ex presidente de Facebook; Sara Blakely, fundadora de Spanx; Ted Leonsis, dueño de equipos deportivos e inversionista; Jeff Vinik, multimillonario de Florida y propietario de franquicias deportivas; Byron Trott, el banquero favorito de Warren Buffett, y Adebayo Ogunlesi, director principal de Goldman Sachs y gran inversionista en infraestructura. Esta iniciativa quizá sea la mayor concentración de poder y riqueza estadounidense que se haya visto en un fondo de inversión.

La idea va mucho más allá del dinero, tan solo 150 millones para empezar –dinero de bolsillo para la mayoría de los inversionistas–, pues se busca reunir un equipo de ensueño y crear un efecto de red empresarial para que los emprendedores del centro del país se alineen con los nombres más importantes en el mundo de los negocios.

El fondo, explicó Vance, tiene como objetivo construir un ecosistema como el que hay en Silicon Valley que brinde apoyo y conexiones a los empresarios de las ciudades pequeñas.

"La gente suele seguir sus redes", señaló Vance, a quien reclutó Case para que participara en la iniciativa. "Aunque la red de Silicon Valley por supuesto que es increíble, también puede tener un efecto excluyente que evita que los inversionistas busquen y encuentren oportunidades fuera de sus redes y de sus geografías".

Case y Vance esperan plantar inversiones en empresas emergentes que se encuentran en ciudades marginadas y después llevar a algunos de sus grandes nombres para que inviertan aún más dinero en ellas. "Seremos los curadores de empresas interesantes", afirmó Case.

En otras palabras, si descubren una empresa emergente pero prometedora de comercio electrónico en Allentown, Pensilvania, no solo invertirán en ella, sino que también podrían ayudar a establecer una relación con uno de los inversionistas del fondo –Bezos, por ejemplo–, quien podría invertir aún más.

Case rápidamente mencionó que la nueva iniciativa no debía considerarse como un fondo de impacto social, un nombre de moda para los inversionistas que buscan hacer el bien. Hay quienes consideran que las inversiones de impacto social son una especie de pseudofilantropía porque las ganancias no siempre son la meta principal.

Case afirmó que solo podría lograr el cambio de mentalidad que tienen los inversionistas respecto del resto del país si puede producir historias significativas de éxito financiero.

"Nos encanta la inversión de impacto", opinó. "Pero en realidad no buscamos que esto sea un fondo de ese tipo. Primero que nada, nuestra meta fue generar ganancias altas".

Schmidt, de Alphabet, señaló que le encantó la idea desde el momento en que oyó hablar de ella por primera vez. "Consideré que no había nada que pensar", mencionó. "Hay un gran surtido de negocios relativamente subestimados en la zona central entre las costas, algunos de los cuales pueden escalar de forma veloz".

Y aunque no es una inversión altruista, Schmidt comentó que pensaba que la iniciativa crea "más trabajos, más riqueza, mejores productos y ayuda a que nuestra sociedad se enfrente a muchos cambios perturbadores a nivel laboral.

Una de las grandes preguntas sobre el capitalismo estadounidense es por qué los grandes inversionistas, quienes siempre están en busca de oportunidades, dedican tan poco esfuerzo a encontrar inversiones en la zona central del país mientras que suelen estar dispuestos a volar al otro lado del mundo para encontrarlas en lugares como China y la India. California, Nueva York y Massachusetts atraen 76% de todo el capital de riesgo, según la Asociación Nacional de Capital de Riesgo.

Una respuesta podría ser que el talento más importante de la nación se va a las costas, pero Breyer señaló que ha visto que la situación ha ido cambiando.

"Los emprendedores están creando empresas nuevas en muchos lugares", afirmó. Para los empresarios que están afuera de los centros como Silicon Valley, "la confluencia de las tecnologías de las redes sociales y los servicios de la nube hacen que desarrollar y llevar nuevas tecnologías al mercado sea más fácil y más barato que nunca".

Un ejemplo de empresa que podría ser un modelo para el fondo es una en la que ya invirtió Case: 75f, ubicada en Burnsville, Minnesota, la cual se dedica a hacer que los edificios comerciales sean más cómodos y más eficientes en el consumo de energía.

Los críticos de la iniciativa podrían argumentar que el fondo es un ejercicio de mercado para que las élites intenten arreglar un problema que ellas mismas han creado, y puede haber algo de razón en ello. Sin embargo, como la mayoría de los grandes empresarios, estos inversionistas tienen un interés genuino en encontrar el siguiente Facebook o Google, y les emociona la posibilidad de descubrir una aguja en el pajar de empresas emergentes.

"Al final, no hay que pensar que Silicon Valley es un conjunto de códigos postales de California", escribió Doerr en un correo electrónico. "Es un estado mental que puede estar en cualquier parte, para quien sea. Cada vez más, para todo el resto de nosotros".