- Por Mike Silvero
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- Gerente de Contenidos GEN
Iba a arrancar el segundo tiempo del clásico del fútbol paraguayo, Cerro va 1 a 0 arriba en el marcador y el director técnico de Olimpia, Aldo Bobadilla, se dispone a apostar al ataque con el ingreso de William Mendieta para dar vuelta la historia. Pasa lo lógico. El 10 me y nos hace sufrir, termina el partido 1-2. "Qué jugadorazo el Willy", reconoce una voz azulgrana. La mayoría asiente.
El hecho es que ser aficionado, hincha o fanático de un club en particular, en el deporte no le impide a uno (salvo que esté completamente invidente) valorar lo que hace un rival de turno. Es común que uno quiera, anhele, sueñe con tener a un jugador contrario en su equipo. Es habitual.
Toda esta lógica sencilla pero detallada se puede y se aplica al fútbol, pero no por ejemplo a la política o peor aún, a las posiciones políticas. Es así que, obviamente, candidato de partido A nunca ve con buenos ojos propuesta alguna que pueda partir de candidato de partido B, incluso estando de acuerdo internamente o con su trayectoria. Algo está errado, el fondo, la forma, la manera de presentar, su cara, su cutis, algo.
"La propuesta principal del político es la invalidación del otro", decía Luis Ramírez, fundador del Centro de Desarrollo para la Inteligencia, en un episodio de "Hoja de Ruta" esta semana por GEN. Y añadía una carga complicada al desarrollo de la idea, analizando al electorado: "Y lo peor es que con eso es suficiente".
Me resulta imposible no coincidir con el educador. La política a la que estamos acostumbrados los que trabajamos en comunicación es esa de asesores que recomiendan jamás hablar bien de un contendiente, porque de esa manera no podría marcar diferencias. La de: Defectos>Virtudes.
A un par de meses de elecciones que marcarán el destino de un país durante cinco años, resulta más frecuente escuchar a un político asegurar que lo que el otro candidato propone es irrealizable, antes que verlo formular una propuesta. Una propuesta concreta, nada aéreo como "mejor educación", sino cómo lograrían lo que ofrecen al elector.
La cultura del desacuerdo es eso. Nunca coincidir, ni si nadie nos está viendo. Somos enemigos acérrimos, distanciados por un océano de diferencias. Agua y aceite, blanco y negro, siempre que estén las cámaras prendidas y los micrófonos grabando, lógico.
Esa cultura impide el desarrollo, nos reduce el debate con frecuencia a aseveraciones y consideraciones personales, antes que profesionales o doctrinarias, y por supuesto que también hipoteca esperanzas.
Todo esto no es nuevo, son situaciones que se dan en sociedades que no logran adaptarse a nuevas exigencias generacionales. Esto tampoco implica que en la política deban dejar de existir debates, al contrario, se deberían promover. Pero tienen que tener un objetivo, acordar algo previamente, compromisos que sean inquebrantables independientemente a quién gane la elección. Pequeños gestos.
La generación que decida exigirle eso a sus políticos es la que tiene más chances de salir de este clima de resignación y desesperanza, de "le voté al menos peor", que con sus actitudes promueven nuestros repetidos políticos autóctonos.
Eso nomás quería decir.

