• Por Marcelo A. Pedroza
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Al conservar lo más preciado, todo lo demás es posible. Hay que cultivar la tenencia de uno mismo. El hecho de tenerse plenamente, de saberse único, con virtudes y mucho por aprender, de estar presente y de pertenecer a los diferentes entornos por donde habita la singular existencia. El hecho de tenerse es trascendente, es el suceso vital de cada instante, es la máxima expresión que habita en la vida de cada ser humano. Mantenerse parado de manera firme y sin perder el equilibrio expresa un diccionario acerca del significado de tenerse. Al tenernos ampliamos esa posición corporal y nos sumergimos en el extenso contenido de su acepción, desde donde surgen notables ramificaciones interpretativas. Y en las cuales tanto la firmeza como el equilibrio tienen un espacio prevalente.

Es inagotable el caudal por explorar que yace en cada vida. Su tenencia no tiene caducidad, no pierde vigencia, no tiene una fecha límite para ser desarrollada, al contrario, se tiene incondicionalmente y de forma permanente, se posee para siempre. El tema es qué valor le otorga cada uno a su propia tenencia. Me tengo a mí mismo, puede decirse, ocasionando ante dicha expresión la descripción del mayor de los reconocimientos y permitiendo el nacimiento de incontables preguntas, que con el paso del tiempo se transformarán en respuestas a través de los caminos personales.

Se podría decir que entre sus sinónimos el tenerse es poseerse, y vaya posesión preponderante y exclusiva si la hay. Estas dos características deben ser tenidas en cuenta durante todo el trayecto existencial. Reconocerse a uno mismo como un ser importante y especial es fundante para la construcción de la autoestima y para poder entender y comprender la estima de los demás, para reconocer al otro; para dimensionar lo que uno es y para dimensionar lo que es el prójimo o el próximo, o lo que constituyen los que están al lado o lo que representa el conjunto de seres que cohabitan en un lugar. Por lo tanto, si bien la tenencia es individual sus efectos tienen impacto en la comunidad. Es relevante indicar que el equilibrio de las apreciaciones particulares acerca de la propia vida se erige en un desafío constante, por lo que no se puede confundir descubrirse, conocerse, quererse y valorarse con manifestaciones conductuales egoístas y soberbias. No hay que subestimarse ni sobreestimarse, ni hay que subestimar ni sobreestimar a nadie.

Cada cual se tiene a sí mismo, pero paradójicamente esa condición natural lejos está de ser excluyente, más es incluyente porque desde la propia concepción requiere de otros, así como para crecer en cada etapa de la vida; por consiguiente, también se desarrolla, se sostiene y se realiza junto a los demás.